Posts Tagged ‘New York Knicks

14
Nov
16

Willy, no dejes de tender tu mano


Bruno calza coletilla de torero y pelo remojado. Calcado al padre en tamaño reducido y con pinta de pícaro granujilla. La ilusión del primer partido rebosando en una sonrisa reluciente de benjamín. El árbitro pita ‘uno’ y todos van al banquillo. Repasan las normas. Cada uno defiende a un jugador del otro equipo, con la pelota vamos hacia el aro, sin la pelota nos movemos para estar solos para que nos la pasen… y las dos más importantes: en el banquillo se anima y en la cancha se ayuda al niño que se cae. “¿Y sí es del otro equipo?”, cuestiona Bruno. “Con más razón”, se afana a contestar su entrenador. Lección aprendida.

san_fermin_ayudaEn el CB San Fermín tenemos estos dos mandamientos sagrados. Es como nuestra firma. Hombre al suelo, mano para socorrerle. No es algo casual. Incluso tenemos ejercicios concretos para entrenar este ‘give me five’ de deportividad. Los peques lo entienden a la primera. Lo importante es la persona y no la canasta a la que renuncio, incluso aunque con ello se aprovechen para anotar. Y el mensaje se queda grabado desde ese primer partido hasta categorías superiores. Os aseguro que no falla. Uno de los mayores logros es ver que, tras varios aplausos sonoros como premio del banquillo y de la grada, los jugadores del otro equipo empiezan también a imitar un gesto que mola. Haber perdido varios partidos por ello ante rivales que se han querido ‘aprovechar’ de esta norma lo considero un verdadero orgullo, al igual que no son pocas las veces que padres, madres, entrenadores o árbitros se han acercado a nuestros educadores para agradecer esta exhibición de valores.

¿Es realmente tan importante enseñar a un niño a parar el juego cuando ve a un compañero caído en el suelo? No si se queda en un acto meramente estético o de márketing educativo. Es un símbolo como puede ser otro y que reconocemos en otros deportes: tirar la pelota fuera de banda cuando hay un lesionado en fútbol o muestras de auténtico compromiso por el compañerismo exhibidas en los últimos Juegos y premiadas por la organización. Pero como detrás de todas estas señales se esconde un mensaje de mayor calado, lo realmente importante: el resultado no es el fin último en la formación de nuestros pequeñajos.

Para mí hay otros componentes por los que me parece esencial en la educación de los menores. Hacerlo, al igual que animar, democratiza la función de todos los niños, los que aún no tienen habilidades para tener un protagonismo en la pista, como los que sí la tienen, pero no deben olvidar estos conceptos como primordiales. Ayudar al otro lo pueden y deben hacer todos desde el primer día y eso genera una sensación de utilidad, que no debe quedarse sólo en eso. Evidentemente estas enseñanzas no chocan con el ánimo de intentar ser mejores jugadores o desarrollar lo aprendido en un partido, que es la definición de ‘bien competir’. Pero sí puede ser adquirida en un futuro cuando nos encontremos con personas en dificultades. Me niego a pensar que mostrar empatía o solidaridad no pueda ser malo. Por ejemplo, interponerse ante una agresión sexista, unirse a una reclamación laboral, atender a un accidentado, auxiliar a una persona olvidada en la acera quizá sean extremos muy lejanos a los de un símbolo deportivo, pero a los que nos referimos para describir a nuestros héroes de la vida cotidiana.

La mano de Hernangómez

La semana pasada Willy Hernangómez fue recriminado por un compañero de los Knicks, Brandon Jennings, por pararse a ayudar a un rival caído. Cuando el pívot madrileño tendió la mano de buena voluntad para levantar a Hollis-Jefferson, su compañero le tiró del otro brazo para impedirlo. Sólo faltaban 32 segundos para la conclusión del encuentro ya decidido ante los Nets de Brooklyn.

Willy comentó ante la prensa el incidente en la zona mixta del Madison y se comprometió a no repetir este gesto. “‘Willy, esto es una guerra, así que no puedes ayudar a nadie del otro equipo en la pista. Después del partido puedes ir a cenar con tu amigo o lo que sea, pero durante el partido no puedes hacer nada con el rival’. He aprendido eso. Nunca ayudaré otra vez al contrario en la pista”, declaró Hernangómez al portal Newsday.com. La estrella de los Knicks, Carmelo Anthony, también ahondó en este sentido y dirigió sus palabras como una lección que el rookie español debe aprender para no fraguarse una imagen de blando en la NBA. “Simplemente Willy estaba siendo un español amistoso, lo que es, un big baby, y Brandon no quería eso, especialmente en ese momento en el que toca luchar”, dijo Anthony.

Un partido de baloncesto nunca puede ser una guerra que esté por encima de los mejores valores de humanidad. El ansia de ganar o ‘mal competir’ no puede conjugarse como antónimo de estos símbolos saludables socialmente y que trascienden por encima del mero deporte. Entiendo el mensaje en un lenguaje de chico malo, pero no justifica esa falta de comprensión, más cuando hablamos de jugadores profesionales que son idolatrados por muchos enanos en todo el mundo, capaces de imitar cada uno de sus movimientos, looks o tics. He ahí de la equivocación de negar el auxilio al jugador caído, pero peor que Willy, entendible dentro de los códigos que gobiernan la Liga y el vestuario más para un novato, decida renunciar a un valor tan saludable para no ser un bicho raro.

La buena educación no debe estar reñida con la competición y tampoco con la imagen de ‘ghetto’, de tío duro. Justamente todo lo contrario. Cuando te pegan esa etiqueta de marginal una forma de quitártela es mostrando el lado adverso de los prejuicios que contienen la mirada del otro. Y en ese sentido, esos ligeros gestos, querido Brandon Jennings, hacen mucho más de lo que piensan. Asi que, por favor, Willy, no dejes de tender tu mano nunca.

willy_jennings

27
Jun
15

El primer partido de Porzingis en España


Es lo que tienen las mañanas ociosas, puedes tirarte a los brazos de quehaceres por el puro placer de disfrutar. Y una ciudad como Málaga da para mucho en el arte del dejarse llevar y disfrutar de la vida. Aunque quizá para aquellos que no sean ‘basket lovers’ lo que voy a contar ahora no tenga mucho sentido.

Unos cientos de metros avenida arriba de mi casa estaba el centro deportivo de Carranque. Sus dos pabellones permitían acoplar el programa entero del Campeonato de Andalucía de categoría cadete. Esa temporada (2010/11) había sido invitado por Chiqui Gil a seguir desde dentro los entrenamientos del Unicaja de aquella generación, dándose la circunstancia que el equipo ‘B’ (Domantas Sabonis y Fran Alonso) había apeado al supuestamente superior ‘A’ (Rubén Guerrero). En fin, no tenía excusa para ausentarme.

Al llegar al viejo pabellón de Carranque me recibieron los gritos de ánimo de una decena de aficionados. Eran de San Fernando y fácilmente se les identificaba como los padres y las madres de los jugadores del equipo gaditano a los que dirigían su algarabía. Jugaban con el Cajasol. La diferencia en corpulencia o en el diseño de las camisetas hablaba por si misma de la distancia abismal entre ambos contendientes. El campeón de Sevilla arrasó con un marcador de 41-134 en un preámbulo de lo que fue su dominio en todo el torneo: vencieron la final al Jaén, verdugo del Unicaja de primer año, por 94-75 y, menos en ese, anotaron más de 100 puntos en todos sus encuentros.

En Carranque me encontré por primera vez con Juan Lasso. El canario trabajaba entonces con la agencia que acababa de traer a España un espigado letón: Kristaps Porzingis. “Este va a llegar lejos”, recuerdo que me decía de aquel tallo lechoso de una delgadez casi extrema. Apenas llevaba unos días en el país tras ser reclutado por el ojeador Salva Méndez y se notaba que no estaba adaptado aún al equipo. Hablaba poco con sus compañeros y en la pista iba algo por libre. Llamaba la atención su aspecto, con el mismo pelo ‘marine’ que calza ahora y una estatura (unos 2.04) y una envergadura tremendas que convertían en pitufines a todos los que se le cruzaban. Pese a poder dominar cerca del aro, Porzingis se veía más cómodo tirando de tres, intentando jugar de cara al aro y disponía de una visión de juego bastante eminente en una plantilla donde destacaban Guillermo Corrales, Adrián Carrión y Carlos García. Era un jugador coordinado pese a la fragilidad de su imagen y de pariencia tímida. Juan me comentó que una anemia castigaba su filamentosa estructura y ese hándicap no le permitía aumentar sus minutos en la rotación. Pocas semanas después, en el consiguiente campeonato de España, pese a persistir con el problema, fue el sexto mejor valorado de la competición celebrada en Zaragoza.

Porzingis, con el Cajasol cadete, en la temporada 2010/11 en el Cº andaluz

Porzingis, con el Cajasol cadete, en la temporada 2010/11 en el Cº andaluz

Cuatro años después, Porzingis ha sido elegido en el cuarto puesto del ‘draft’ por los Knicks, un ‘premio’ que quizá ninguno que estábamos en Carranque podríamos pronosticar. La elección ha sorprendido en Estados Unidos por ‘desconocer’ a un jugador que no ha dominado en Europa y sobre el que recaen comparaciones odiosas de otros ‘pick’ internacionales malogrados, pese a sus indudables condiciones atléticas y su enorme rango de mejora. Sólo el tiempo y la paciencia, habitos poco consumidos en la Gran Manzana, confirmarán o no el acierto en la elección.

Revisando hoy los nombres de los jóvenes estrellas que relucieron en ese torneo nacional, sólo encontramos algunos que hayan debutado casi de forma residual en la ACB (Alberto Martín, Alberto Abalde, Agustí Sans, Ander Martínez, Ilimane Diop, Mohamed Barro y Joaquín Martín Portugués…), otros que siguen luchando en categorías LEB, emigrado a la NCAA y bastantes que han desaparecido del primer plano. Esto habla de lo complicado del recorrido de ascenso hacia la élite y de que quizá no es oro todo lo que reluce en las categorías formativas.

Pero también habla muy bien de cómo ha afrontado el trayecto Porzingis y su entorno y cómo se le ha cuidado desde el CB Sevilla, marcando los pasos con cautela en un club que ha metido a tres jugadores en el último draft (Willy Hernangomez y Nikola Radicevic). Y creo que ahí está el secreto del éxito: la apuesta que en Sevilla se ha hecho de la juventud. El fichaje de elementos con proyección que se ha hecho en los últimos años en el club de San Pablo es un ejemplo a seguir en otras latitudes, pero también contando con entrenadores que mantienen esta filosofía (¿En cuántos NBA han saltado desde España está detrás la confianza de Aíto? Navarro, Gasol, Ricky, Rudy, Porzingis…), pese a los apuros deportivos y económicos, que ahora podrá paliar con el pago de la cláusula de salida que deberán desembolsar los Knicks. Quizá éste puede ser el mejor regalo que el letón pueda dejar a orilla del Guadalquivir y el agradecimiento a la confianza prestada: salvar al CB Sevilla de su desaparición.

Porzingis en la gala del draft 2015 en Nueva York

Porzingis en la gala del draft 2015 en Nueva York

13
Mar
12

Wat Misaka, mi querido enemigo (y 2)


Este reportaje viene de una primera parte que puedes leer aquí

No hubo desfiles para Wataru a su vuelta a Estados Unidos. No los necesitaba ni los quería. Nunca se había sentido un héroe. Simplemente, sus pies seguían recorriendo la senda con paciencia, paso a paso, fuera sorteando borrachos en la calle 25 de Ogden, defensores en el Madison Square Garden o miradas heridas entre la destrucción de Hiroshima. Él se limitaba a caminar hacia su destino, fuera cual fuera. Quizá por eso su llegada a Utah no fue nada traumática porque reingresaba en un pasado que la guerra no había destruído y sólo tenía que continuar hacia delante desde el mismo punto de partida. Ese mismo que quedó esperándole en las aulas donde quería terminar su ingeniería y en la pista donde la aguardaba la camiseta roja de los ‘Running Utes’.

Las dos campañas sin ‘Little Wat’ no habían sido tan exitosas para los muchachos de Vadal Peterson. Solo alcanzarían como campeones el torneo nacional en 1945 con un récord de 17-2, pero perdieron en primera ronda con la Oklahoma A&T del mítico entrenador Hank Iba y el interminable Bob Kurland –considerado primer jugador de 7 pies de la historia–, que a la postre firmaría el primer bienio triunfal en la NCAA.

La siguiente temporada mantenía a los Utes en un segundo plano pero con opciones de recuperar con Misaka los laureles que aún no habían marchitado. Contaba Vadal Peterson con dos all-American como Ernie Ferrin y Vern Gardner y el veterano Dick Smuin como único superviviente, junto a Misaka y Ferrin, del título de 1944. Las condiciones de entrenamiento habían mejorado tras la retirada de los militares del centro de prácticas y la normalización académica de la competición. La liga regular transcurrió sin muchos sustos y la plantilla fue calentando motores para el momento clave de los cruces. Un balance positivo de 16-5 permitía al grupo de Vadal Peterson obtener la invitación para volver al NIT y al Madison Square Garden, aunque no era suficiente para colarse en la lucha por el entorchado nacional, entonces limitada a ocho participantes.

El caprichoso destino hacía que Wat Misaka volviera a Nueva York. Su regreso no pasaría desapercibido para los medios de la Gran Manzana. ‘KiloWatt’, como lo apodó un periodísta por su electrizante aparición en pista, seguía siendo un ídolo pese a sus dos años de servicio por la patria. Sufriendo ante Duquesne (45-44) y West Virginia (64-62), los Utes se plantaron con muchas penurias en la final ante, de nuevo, la poderosísima Kentucky. Los ‘azules’ de Lexington querían revalidar su título en el NIT y por ello mantenían bien alto el cártel de favoritos que sostenían Ralph Beard, considerado como el mejor base de todo el país, y Alex Groza.

La gran expectación generada, más de 15.000 ‘newyorkers’ llenaron las gradas, en torno a Misaka por los devotos locales no quedó decepcionada y su relación de amor se amplificaría tras esa noche. Su defensa asfixiante y pegajosa como una tarde de agosto, negando el contacto con el cuero a Ralph Beard, desnortó la táctica de Adolph Rupp. “Dejó a Beard en un solo punto. Y porque cometió una falta sobre él”, relata Ferrin. Los ‘Big Blue’ de Kentucky perecieron entre la maraña de trampas de los Utes que tuvieron a un pequeño japonés como mejor guerrillero. “El pequeño Wat Misaka, nacido en Estados Unidos pero de ascendencia japonesa, fue el mejor de sus compañeros al no parar de interceptar pases haciendo que la noche para Kentucky fuera desesperante”, escribió el redactor del New York Times en la crónica del partido. El bajo marcador de 49-45 propició que la universidad del estado mormón levantara el prestigioso NIT, convirtiéndose en el primer centro en aglutinar los tres principales torneos académicos (NCAA, NIT y AAU). Pese a la exhibición defensiva de Wat, su compañero Vern Gardner sería proclamado MVP de la final, asignación que fue abucheada desde los abarrotados graderíos del MSG. La epopeya de los chicos de Peterson se agrandaría poco después como la dimensión del rival abatido. Los Wildcats lograrían un bicampeonato universitario pasando a la historia como el ‘Fab Five’ original. “Nos sentimos como si fuéramos campeones del Mundo”, rememora Wat.

Era un final ‘made in USA’ con un ‘japo’ como protagonista. Ni en Hollywood podían escribir un mejor ‘happy end’ para la carrera de Wat. Levantando su segundo título en dos años, protagonista de la final tras volver de la guerra y siendo ovacionado por el mejor y más grande ‘teatro’ de baloncesto del Mundo. La gloria nunca imaginada para un chico criado entre prostíbulos y marginado por el color de su piel. Pero se equivocaba. Otro pequeño paso del destino le llevaría de regreso a ese lugar en el que retumbaba su nombre. De repente sonó el telefono de la barbería de la calle 23. Al habla el entrenador. Vadal Peterson le citaba en el Hotel Utah, un céntrico y lujoso edificio de Salt Lake City. Debía ir bien vestido.

Cuando Wat estrechó la mano de Ned Irish no podía creérselo. Había viajado hasta la puerta de su casa para hacerle una oferta que no podría rechazar: ser un Knick. El presidente del equipo más famoso del planeta ‘drafteaba’ en el puesto 60 a un nisei llevado por el ‘boom’ que en la ciudad había originado su presencia en el NIT y que ahora se repite sin trabas raciales, más bien todo lo contrario, con Jeremy Lin como ‘cenicienta’ del cuento. Con un contrato garantizado de 3.000 dólares por temporada, toda una pequeña fortuna, Misaka tenía una camiseta azul con el número 15 esperándole en el Garden.

En octubre de 1947, con 24 años, Misaka tomó un tren y se plantó en mitad de la pretemporada de un equipo profesional. Joe Lapchick sería su entrenador en un vestuario repleto de jugadores que habían triunfado en centros escolares de Nueva York. El ambiente ya no era igual de fraternal que en las clases de Utah y tuvo que soportar las típicas novatadas. No todos le recibieron con los brazos abiertos. Era un paleto en medio de una gran metrópoli. Para suavizar el abismo de todos los cambios que debía afrontar, le emparejarían con otro novato local como cicerone.  Su compañero de habitación del Hotel Belvedere sería otro rookie que compatibilizaba el baloncesto y el béisbol profesional, Carl Braun. Pronto se hicieron inseparables en sus paseos, donde Wat era frecuentemente parado por desconocidos para halagar su juego en el NIT. Juntos iban a los entrenamientos y a los partidos de preparación durante esas tres semanas, pero también a los combates de boxeo, a las salas de fiestas, a los estrenos de Broadway, al estadio de los Yankees, incluso no era extraño que Braun invitase a cenar a Wat en su casa familiar de Long Island… Era feliz y sin saberlo estaba haciendo historia. Wat se estaba convirtiendo en el primer ‘no blanco’ en jugar en la ABB, liga nacida cara utilizar los pabellones los días libres que dejaba el hockey hielo y que dos años después se convertiría en la NBA. Ese mismo año Jackie Robinson rasgaría las mismas barreras de la discriminación siendo el primer negro en participar en las Grandes Ligas de béisbol con los Brooklyn Dodgers.

La afición de los Knicks acogió con júbilo a su exótico ídolo, pero los directivos del club no las tenían todas consigo, nerviosos ante los posibles incidentes que la presencia de Wataru podría producir en los desplazamientos, pese a que en la competición solo había equipos del progresista Este. De repente, después de haber sido por primera vez titular en un partido ante los Steam Roller de Providence, sin aviso previo, Misaka volvió a encontrarse en una oficina del MSG frente al semblante del señor Irish. La sonrisa que amanecía en Utah era ahora un línea recta de seriedad en el rostro del presidente. Los Knicks habían decidido tras tres partidos (anotó 7 puntos) ‘cortar’ al chico de Ogden. La prensa justificó la decisión por su debilidad física, pero el trasfondo racista era evidente hasta en el silencio de la época. “Me sorprendió, no me lo esperaba”, recuerda ‘Kilowatt’. “Me dijeron que era decisión del entrenador, que los directivos no querían echarme pero no tenían opción. Ahora me gustaría poder volver a ese momento y preguntarle por qué”. Tras jugar un año en una liga local solo para japoneses, se retiraría y nunca más volvería a jugar al baloncesto.

Otro paso más al puerto de partida. Misaka regresaría, dónde si no, a Utah para formar una familia (se casaría en 1952 con su novia Katie y tiene dos hijos) y desarrollar su carrera como ingeniero mecánico. Antes recibiría otra llamada. En una parada de su viaje a Ogden, en Chicago, tendría un sorpresivo ofrecimiento que podría haberle cambiado la vida. Abe Saperstein, fundador y entrenador de los Harlem Globertrotters le reclamaban como aliado y le ofrecía un contrato por unirse a sus filas. Wat rehusó su intento con amabilidad y se perdió en el anonimato. Al menos esa llamada le sirvió para considerarse apreciado como jugador de baloncesto.

La sociedad americana cambio al mismo ritmo con el que el destino jugaba con Wat. Paso a paso, los derechos de las minorías fueron reclamados y adquiridos en una lucha que hoy no ha cesado. El deporte fue un agente normalizador de muchas causas y en el baloncesto la comunidad afroamericana encontró un campo donde reivindicar sus derechos, pero los logros eran esquivos en el recuerdo de un pionero como Wataru Misaka, solo reconocido entre la comunidad asiática. “La mitad de los que vivíamos en los campos teníamos 18 años, por lo que puedes imaginar qué significaba él para los adolescentes. Fue un héroe, toda una inspiración, y, tal vez, la esperanza de que a pesar de que en la Costa Oeste fuésemos tratados como ciudadanos de segunda clase en otras partes de los Estados Unidos no fuéramos tratados como enemigos”, comentó en una entrevista Marielle Tsukamoto, presidente de la Liga de ciudadanos americano-japoneses. El silencio sobre su figura fue quebrado en 2009, cuando dos directores de cine, Bruce Alan Johnson y Christine Toy Johnson, se interesaron por su existencia y rescataron su vivencia en un documental llamado Trascending: La Historia de Wat Misaka.

La difusión de la película, premiada en varios festivales, despertó reconocimientos de urgencia dormidos durante décadas en el olvido. La ceremonial y políticamente correcta NBA no podía dejar pasar esta oportunidad para lavar su imagen ante el emergente mercado asiático y las malas connotaciones en sus intereses presentes que tenía el histórico olvido. En medio del escaparate del All Star de Phoenix en febrero del 2009, el propio David Stern reconoció su valentía y su ejemplo para romper barreras. No fue la única restitución del legado de Misaka. En agosto del mismo año, Wat volvería por primera vez a Nueva York desde su agria despedida. Invitado por los Knicks, el jugador pisó el simbólico parqué en el que un día rebotó su nombre coreado. Apellido, no obstante, que no aparecía entre la lista de integrantes en el espacio dedicado al equipo de la temporada 1947-48 dentro del estadio neoyorquino. Su número, el 15, colgaba del techo, pero no en su honor, sino rememorando a Earl Monroe y Dick McGuire. Demasiadas ausencias accidentales. Meses más tarde, el 20 de diciembre, durante un partido contra los Bobcats, todos estos agravios serían resueltos cuando los Knicks invitaron a Wat para ser recibido con una enorme ovación en mitad de la pista. Merecido homenaje.

Tampoco en el Salón de la Fama había un hueco para él en el apartado de ‘diversidad’ hasta la promoción del documental, cuando curiosamente y como si fuera un mal chiste su nombre sí figuraba dentro de los mejores  jugadores de bolos del Estado de Utah desde 1996. La renconciliación con su leyenda le llevó hasta la misma Casa Blanca. En un acto con la comunidad asiática, en octubre del 2010, Barack Obama le invitó y remarcó su ejemplo integrador desde su “espíritu competitivo como atleta”.

La irrupción de Jeremy Lin ha vuelto a limpiar el polvo de las hemerotecas para rescatar de la tranquilidad a Wat. Sus historias encuentran trayectorias paralelas en dos mundos contrapuestos, donde la libertad se descompone en múltiples colores y ya no en blanco y negro. Misaka no tiene una palabra de discordia para su pasado, ni un llanto o reclamación, quita peso a la trascendencia de su historia y luce una sonrisa en cada una de las fotografías que de él se encuentran. Contesta desde la distancia cuando le preguntan sobre el fenómeno de ‘Linsanity’, no acepta las comparaciones por humildad, rechaza parentescos, pero sí desvela una conexión que acrecienta su humanidad. Una anécdota que retrata a Wat. Cuando Lin no jugaba en los Warriors, Misaka decidió mandarle una carta a las oficinas de Oakland para animarle a no abandonar su aventura y para motivarle a reunir fuerzas para como él, continuar hacia su detino paso a paso. Lin, en una entrevista reciente, reconoció que recibió la misiva y que fue una inspiración conocer la historia de Wataru. “Él es más alto que yo y juega muy bien el pick’n’roll, jugada que en mi época era considerada falta”, reconoce Misaka en un reportaje de George Vecsey (NY Times), que reconoce que la sociedad ha cambiado en su relación racial y que la NBA es una organización internacional inimaginable en los años 40.

Con 88 años y jubilado desde 1981, Wat Misaka sigue viviendo en Utah junto a su mujer. No va a ver a los Jazz ni a los Utes, aunque los sigue desde la televisión mientras cuida a sus tres nietos. Ha cambiado los bolos por el golf, porque la pelota pesa menos. En breve volverá a reunirse con sus compañeros de los equipos de 1944 y 1947 para celebrar el 65 aniversario del triunfo en el NIT, la mejor “noche de mi vida”, como él afirma.

En la reunión no estará Masateru Tatsudo, el otro nisei al que le apartaron de la gloria porque dos japoneses en el mismo equipo “eran demasiados” y que vivía encerrado en el campamento de concentración de Topaz. En las imágenes de Trascending se recoge la grabación con una cámara de 8mm que hizo el hermano de Masateru, Dave, que recuerdan el único día que Wat Misaka cruzó la alambrada del campo. Cuando regresaron de  Nueva York tras vencer la final de la NCAA en 1944 y antes de enrolarse en el ejército, Misaka fue a casa de su amigo para entregarle la manta conmemorativa que habían recibido todos los compañeros del equipo de Utah por vencer la NCAA. “Fue la primera y única vez que estuve en el campamento, y fue un verdadero shock para mí. Había oído historias y visto fotos, pero comprobar el ambiente del desierto sombrío fue muy deprimente. Sonreí mucho en esa película, pero sentía dentro de mí toda la injusticia de todo esto”, recuerda Wat Misaka. La tela granate, descosida por el tiempo, el olvido y la rabia, durmió bien guardada por Tut hasta su muerte en 1997.

La familia Misaka al completo

21
Feb
12

Wat Misaka, mi querido enemigo (1)


Las calles eran polvo. Todo era polvo. Arriba el sol y abajo las piedras, el mismo desierto infinito en el que los conquistadores españoles buscaron la imaginaria ciudad dorada de Cíbola. Allí no hay más que la nada. La única riqueza la reflectaba el brillo sílice de la cúspide del Topaz, cuya lejana sombra era un alivio que no cruzaba el perímetro de la alambrada. Cerca del espino no hacia mucho había muerto abatido por las balas James Wakasa. Tras el incidente las medidas de seguridad se habían suavizado para calmar los ánimos y los internos podían salir a trabajar o ir a la universidad fuera del ‘campo de relocalización’. En el último recuento eran más de 8.000, la quinta población más grande del estado de Utah en esa primavera del 1943. Wat Misaka sólo cruzó una vez los controles para ver a su amigo Masateru ‘Tut’ Tatsuno, interno con su familia tras ser obligados a malvender su casa en San Francisco. Ambos jugaban al baloncesto en el equipo de la universidad estatal, pero en raras ocasiones lo hacían juntos. Si alinear a uno ya resultaba conflictivo, tener dos nisei (americanos de origen japonés) en el mismo equipo podría resultar una provocación intolerable para cualquier aficionado. El entrenador Vadal Peterson no quería arriesgarse. Todos tenían un familiar, un vecino, un amigo en la Guerra. Todos habían llorado por Pearl Harbor. Por eso cuando en 1944 los ‘Utes’ fueron al Madison Square Garden a jugar el Torneo de la NCAA, ‘Tut’ se quedó en casa, en un campo de piedras, en medio desierto rodeado por la alambrada. La gloria aguardaba a Wat en New York.

Porque 68 años antes de que Jeremy Lin iluminara el cubo de la 7ª Avenida otro pequeño base de ojos rasgados escuchó el aplauso desbordado de los neoyorquinos. La actual explosión en el juego del estadounidense de origen taiwanés y la onda expansiva que ha originado en medios y redes sociales tuvo su chispazo en este menudo base japonés. Una pequeña llama que rompió las barreras de la segregación y el racismo convirtiéndose en el primer jugador no caucásico en competir en la NBA en un tiempo en el que más de 110.000 japoneses o americano-japoneses fueron desplazados por miedo al sabotaje de la costa Oeste y encerrados en campos de concentración en plena Segunda Guerra Mundial. Un periodo de batalla en el que Wat y los suyos eran ‘japos’, ‘amarillos’, el enemigo. Pero esta historia empieza mucho antes y un lugar lejano de escalofriante recuerdo: una pequeña granja cerca de Hiroshima.

Funeral de James Wakasa, abatido en el campo de Topaz

Huyendo de la dureza de la tierra, huérfano, Fusaichi ‘Ben’ Misaka tomó un barco hacia Estados Unidos para trabajar en la construcción del ferrocarril en 1902. Tenía 19 años. Al poco tiempo se instaló en Ogden (Utah) y abrió una peluquería junto a su mujer, Tatsuyo, con la que se había casado en 1922 en un breve retorno a su país. Poco después, en la semana previa a la Navidad de 1923, nació su primogénito, al que llamaron Wat. La calle 25 de Ogden no era el mejor sitio para criar a un niño. Hasta once prostíbulos se alineaban entre fumaderos de opio y tabernas de mala fama, centros de delincuencia, violencia y asesinato en un área donde se agolpaba la población inmigrante discriminada por los barrios pudientes de mayoría blanca y mormona. Los Misaka sabían que siempre serían los últimos en ser atendidos en una tienda o que en el cine deberían ocupar los peores asientos. Pero Wat vivió ajeno a esa realidad. Era buen estudiante, sociable y echaba una mano en el negocio familiar sino estaba practicando atletismo o béisbol, siempre en las ligas exclusivas para japoneses. “Mientras hiciera mis tareas, me quedase fuera de problemas e hiciera mis deberes, todo estaba bien”, recordaba a una entrevista de un diario de Salt Lake City. Él, simplemente, era feliz. Esa calle era su patria.

Cuando Ben murió en 1939, Tatsuyo se vio acorralada sin trabajo y con una familia que mantener. Volver a Hiroshima era una alternativa para escapar del hambre y el estigma de una mujer sola cuidando de sus tres hijos. Pero Wat, con 15 años, se negó a volver a una tierra de la que su padre había escapado y que no sentía como suya. “Usted puede tomar a mis hermanos e irse. Pero yo me quedo”. Su cabezonería, seguramente, le salvaría de la bomba que pulverizó la ciudad nipona y le permitió cumplir su sueño de estudiar ingeniería en la universidad mientras seguía jugando al baloncesto. Un ‘amigo blanco’ pagó la licencia de la peluquería y la madre aprendió el oficio de su difunto marido, mientras Wat seguía echando una mano mientras acudía al college local de Weber State, donde ya había ganado fama de escurridizo defensor en varios campeonatos y notaba menos los efectos de la xenofobia en un ambiente culto y tolerante. Así, un 7 de diciembre de 1941, mientras barría el suelo de flequillos y melenas cortadas, puso la radio para entretener la rutina. La noticia hizo saltar por los aires la tranquilidad. Cazas japoneses habían atacado Pearl Harbor. La guerra era inminente.

Jóvenes llenaron las oficinas de reclutamiento pidiendo venganza. Voluntarios para una carnicería en Midway, Guadalcanal, Guam, Peleliu o Iwo jima. Las filas de nuevos reclutas vaciaron las aulas y los gimnasios. Con un solo becado, Vadal Peterson, entrenador de la Universidad de Utah, no quería echar a perder la temporada y cancelar el programa de baloncesto como habían hecho otros centros. Se vio obligado a poner un anuncio para completar su plantilla con los pocos alumnos que no habían corrido al frente (los estudiantes de ingeniería y medicina estaban exentos). Wat y Matsudo, interno en Topaz aunque tenía un permiso para ir a las clases, por cuya genética no podían alistarse, respondieron a este otro reclutamiento. Otro ‘paleto’ de Ogden, un fuerte mormón excluido del servicio militar por un problema de rodilla y que nunca se había atrevido a pisar la calle 25, jugaría con ellos. Se llamaba Arnie Ferrin, apellido inscrito en la primera gran dinastía de la NBA: ganaría dos títulos de la NBA con los Lakers de Minneapolis de George Mikan.

Equipo de la Universidad de Utah de la temporada 1943-44 con Misaka (21) y Tatsuno (17)

La temporada fue buena pese a todas las barreras. Su pabellón, el Einar Nielsen Field House, había sido por el ejército como cuartel y debían habilitar el gimnasio femenino para entrenar y jugar en pabellón en Salt Lake City cuyas dimensiones no eran reglamentarias. Peterson se adecuó a lo que tenía dado que todos los jugadores eran de 30 kilómetros a la redonda y los mejores físicos vestirían durante un par de temporadas el uniforme caqui del ejército. Ideó un equipo correoso, pegajoso en defensa y que explotaba las habilidades ofensivas de Arnie Ferrin. Si no eran pocas las dificultades del momento, la hostilidad de las aficiones rivales al ver a un nisei en el rival no ayudaba, por lo que Peterson evitaba ponerlo en el quinteto para ‘suavizar’ su entrada. Japs go home! Los insultos eran constantes e incluso en medio de un partido Misaka fue ‘secuestrado’ durante un ataque por un grupo de hinchas del adversario que lo retuvieron tras la banda. El miedo a estos incidentes llevó hasta a situaciones cómicas, como en la previa de un importante encuentro. Misaka no aparecía y sus compañeros pensaron que habría sufrido alguna represalia racista. Sin embargo, al volver a su habitación lo encontraron plácidamente echando una cabezada. Se había quedado dormido. “Seguramente nunca fuimos conscientes de todas las adversidades que tuvo que pasar en esos días por jugar con nosotros”, se sincera Ferrin en un documental sobre su compañero. “Yo simplemente prefería no escuchar lo que me decían y seguir jugando al baloncesto”, contestaba Misaka en una entrevista.

Con todas las incomodidades en los desplazamientos, solo tres derrotas (18-3), casi todas ante potentes academias militares ‘reforzadas’ por soldados ilustres, les llevaron a obtener la invitación para el prestigiono NIT que se celebraría en Nueva York. Un esguince de tobillo en el partido anterior del pívot y estrella Fred Sheffield permitió a Wat Misaka, especializado como ‘sexto hombre’, jugar más minutos de lo habitual en la primera ronda ante los Wildcats de Kentucky. Sus rasgos orientales y su rapidez, su habilidad defensiva pese a su altura (1.70), iniciaron un idilio con la afición del MSG y la prensa de la Gran Manzana que fraguaría su destino. “Su juego espectacular provocó rugidos de aprobación. Viéndole uno se pregunta cuál sería la reacción de una multitud de Tokio en un evento deportivo en este momento, si uno de los jugadores se llamara Kelly o Doolittle”, se preguntaba Wilbur Wood en el New York Sun, según recogía un artículo de ESPN. Pero su presentación en NY no fue suficiente, así como el informe técnico que Vadal Peterson había comprado por 25$ a un ‘experto’ y que había resultado ser un engaño, y los Utes perdieron ante el imponente quinteto de Adolph Rupp (46-38).

Wat lucha un balón ante Kentucky

Tras unos días  asistiendo al Copacabana, tocando el cielo desde el Empire State Building o paseando por los muelles repletos de barcos de guerra (“Te imaginas que subo corriendo gritando Banzai”, bromeaba Wat con Arnie Ferrin), con las maletas hechas para volver a casa, el infortunio ajeno les abrió una puerta inesperada para convertirse en la primera “Cenicienta” de la NCAA. Un mortal accidente de tráfico de la expedición de Arkansas (un directivo muerto y dos titulares gravemente heridos) provocó su abandono prematuro del cuadro final del torneo universitario y la organización decidió cubrir su baja con los chicos de Utah. Tres largas jornadas de viajes desde New York les llevarían a Kansas City para disputar la fase regional. Ni el cansancio pudo con el espíritu de un equipo que logró derrotar a Missouri (45-35) y a Iowa (40-31) para volver a la Capital del Mundo como campeón del Oeste y disputarse el título nacional con Dartmouth, nutrida por estrellas universitarias reclutadas por los Marines que deberían volver a filas al terminar el partido fuese cual fuese el resultado.

El 28 de marzo de 1944, el cosmopolita Madison estaba a reventar. Unos 15.000 espectadores, récord hasta entonces en el deporte universitario, aguardaban entusiasmados a los ‘granjeros’ de Utah y, sobre todo, a su japonés (algunos periódicos lo ‘camuflaron’ como hawaiano inducidos por el propio Vadal Paterson para apaciguar los ánimos). Las apuestas eran 7-1 en su contra. El juego alegre y veloz, intenso en defensa, volteó los pronósticos y llevó por primera vez a una final universitaria a la prórroga en medio de la nube de humo que envolvía la pista. La bruma del tabaco casi impidió ver cómo el último tiro entraba en el aro y los Utes se proclamaban campeones de una nación en Guerra con un ‘enemigo’ como aliado. Era la victoria de “los niños abandonados de la postemporada”, como escribiría Irving Marsh en el New York Herald Tribune. Con 22 puntos Arnie Ferrin sería proclamado MVP del torneo y el equipo pasaría a la historia como “The Whiz Kids”.

Dos días después volverían a un Garden entregado para disputar el partido de la Cruz Roja, promovido para recaudar fondos para la Guerra (40.000$ esa noche), y ganar ante los locales de St.John’s, campeones del NIT. Y Misaka volvería a ser ovacionado pese a que el rival jugaba en casa. “Fuese real o no, sentí menos prejuicios contra mí en Nueva York que en otros sitios. Los neoyorquinos son grandes fans de los oprimidos y realmente sentí su apoyo, incluso en el partido ante St.John’s”, contaba Wat Misaka en NBA.com.

En el viaje de vuelta a Utah el responsable de los ferrocarriles acomodó a la expedición en un lujoso coche cama y agasajó a los héroes con fresas y carne, manjares difíciles de hallar en la carestía de los tiempos bélicos. En una parada del trayecto, ‘Coach Peterson’ llamó a Masateru Tatsuno para que se pusiera su mejor traje y se incorporase al desfile en coches descapotables que serviría de celebración a su llegada a Salt Lake City. Nada más pisar el andén, Wat Misaka se encontró a su madre con una carta sellada con el membrete del ejército. Wat debía incorporarse en un mes al servicio militar para ser enviado donde años atrás no quiso ir. El ‘Tío Sam’ veía el final de la Batalla del Pacífico tras sus avances en Filipinas y necesitaba traductores japoneses para recabar toda la información posible de los capturados antes del desembarco final. Ya no importaba tanto el color de la piel y los nisei eran expuestos ahora como un símbolo de la libertad americana (dos regimientos de nisei habían liberado cerca de Munich el campo de concentración de Dachau). Durante una larga instrucción en Minneapolis y Alabama demostró su buena puntería y conoció la caída de Berlín cuando viajaban hacia California para ser embarcados hacia su primer destino: Manila. En mitad de la eterna travesía en barco, Misaka y su batallón fueron informados de la explosión de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki. El 14 de agosto del 1945 se firmaba la rendición incondicional en medio de la algarabía que se formó en la cubierta del buque. Su misión sería en tiempo de paz.

Nada más llegar fueron internados en un circuito de carreras. Toda una paradoja. “Era muy parecido a los campos de internarnamientos en los que vivían los nisei en Estados Unidos”, ironizaba en una entrevista a una radio de Utah. El soldado Misaka fue asignado a un campo de prisioneros gracias a la mediación de otro ‘nip’ de Ogden (unos 3.000 vivían en el Norte de Utah). Allí realizando labores de traducción en los interrogatorios, juicios y otras actividades para el servicio de inteligencia, que utilizó a más de 3.000 nisei durante la contienda. En la enorme prisión de Luzón (unos 150.000 prisioneros) entabló relación con alguno de los altos mandos del Ejército y Marina Imperial japonés, de los que guarda palabras de admiración. Quedó impresionado con el orgullo marcial de los generales Homma y Yamashita, hombres cultos que entregaban todas sus pertenencias a soldados de menor rango sabedores de que morir fusilados era la única opción honorable antes de la vergüenza de volver a Japón como perdedores. Wat cuenta que guarda con cariño una carta que Homma le escribió de su puño y letra agradeciéndole el trato recibido en su cautiverio. Fue fusilado el 3 de abril de 1946.

Pero también conoció la otra cara de la moneda, a chicos como él, nacidos en Estados Unidos que habían emigrado a Japón antes de Pearl Harbor y habían sido alistados voluntariamente o a la fuerza para defender las posesiones del Emperador Hirohito. A uno de ellos, que conocía porque su padre era el encargado de comerciar con productos nipones en Ogden y tenía nacionalidad estadounidense, lograron incluso ‘salvarle’ la vida al corroborar su origen ante las autoridades.

Unos meses después fue enviado a Japón. Allí permanecería nueve meses. En un principio se encargó de comprobar que las ediciones de los periódicos en japonés no se saltasen los límites de la censura, pero pronto recibió otra misión que le acercó a la realidad. Debería formar parte del destacamento de interrogadores que redactaban informes sobre el efecto moral de los bombardeos en los civiles. Wat fue trasladado a diferentes partes de la isla principal, incluído Hiroshima en la provincia natal de su familia. “Solo se mantenían en pie los esqueletos de los árboles carbonizados”, relataba Misaka. Comprobó en primera personal la devastación nuclear y felizmente como su tozudez adolescente de quedarse en Estados Unidos seguramente había salvado la vida a toda su familia. Lo verificó al visitar la casa de un tío detrás de una colina. Allí comió ostras, desconociendo los efectos de la radiacción en ese momento, y almuerzo al que más tarde culparía de que no pudiera tener hijos hasta doce años después de su matrimonio. Fue una de sus pocas excursiones fuera de su tarea militar porque cuando pisaba la calle notaba en las miradas que allí, otra vez, sus rasgos le condenaban. “No importa donde mirase, yo era un traidor a los ojos de la gente […] Era un hombre sin país, porque los japoneses me veían como un traidor y los americanos no confiaban en mí porque veían a un japonés”.

Licenciado del ejército, volvió a Estados Unidos donde su historia de superación a las barreras del racismo y la discriminación no había hecho más que comenzar, sin saber que volvería pronto al Garden y que una camiseta de los Knicks le aguardaba con su nombre, el nombre del enemigo que era coreado por los neoyorquinos. “Yo no intentaba hacer nada fuera de lo normal, ignoraba cualquier discriminación y evitaba la confrontación. Todos en el equipo eran blancos y simplemente actuaba como uno de ellos, como si no hubiera diferencia”.

Continuará…

07
Abr
11

Como pasar de la NCAA a la NBA hecho un campeón


Pregunta de Trivial. ¿Qué tienen en común Bill Russell, Henry Bibby, Magic Johnson y Billy Thompson? Pensar, pensar…

Seguro que algunos lo habéis acertado y los que no tengáis ni idea no os preocupéis que para algo está este post. Los cuatro nombres propios de ahí arriba confluyen en una anécdota. Ambos se podrían haber retirado tan panchos con veintipocos tras lograr en un ‘plis plas’ (siempre me gustó esa expresión) la doble corona del básket americano. Este cuarteto es el único que ha logrado de forma consecutiva el título de la NCAA y el de la NBA. Habrá que esperar a la próxima temporada para saber si se podrá alargar el club, dado que ningún miembro de Duke, campeones en el 2010, está en ningún roster profesional de la NBA (ni Brian Zoubek ni Jon Scheyer completaron el salto). ¿Lo lograrán si no hay lockout y pasan el draft Kemba Walker, Alex Oriakhi o Jeremy Lamb?

Volvamos al principio. Y eso, como en muchas otras cosas, es referirse a Bill Russell. Romper barreras era la especialidad de este chico criado en el racismo de Luisiana y que irrumpió en el baloncesto para cambiar el orden de las cosas, algunas reglas de la NCAA incluídas. Antes de que Red Auerbach logrará una jugada maestra y unirlo a los Celtics en el 1956, el miembro del Hall of Fame había logrado dos títulos consecutivos de la NCAA con promedios que superaban la veintena en puntos y rebotes con la Universidad de San Francisco (ver vídeo de Russell en SFU) junto a un tal KC Jones. Para colmo, ese verano se colgó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Montreal antes de obtener el primer de sus once anillos como miembro estelar de los Orgullosos Verdes (ver archivo de NBA.com). Como rookie promedió 14.7 puntos y 19.6 rebotes.

El testigo de Russell lo tomó otro apellido reconocible: Henry Bibby, actual entrenador asistente de Lionel Hollins en los Grizzlies (antes Sparks, USC…) y padre de Mike, base de los Heat. Antes de obtener estos dos ‘titulos’, Henry fue el base titular del para muchos mejor conjunto que ha pisado un parqué en la NCAA. John Wooden condujo a los Bruins de UCLA a diez títulos universitarios entre 1963 y 1975, siendo Bibby el base titular en tres de estas conquistas (1970-1972) y ejecutando el conocido sistema UCLA con los bloqueos de Bill Walton. Tras licenciarse como senior y ser drafteado tanto en la NBA como en la ACB en segunda ronda, el base de North Carolina terminó ingresando en otro equipo mítico, el que llevó al anillo a los Knicks. Bibby fue el guardaespaldas de Walt Frazier y Earl Monroe (4.2 puntos en 8.2 minutos) en el último campeonato que se celebró en el Madison (1973) antres de emigrar por otros equipos y terminar en la CBA, Liga que también ganó (ver estadísticas en NBA).

Y qué decir de Magic Johnson, un hombre nacido colgando de una sonrisa. La historia de este chico de Lansing está cargada de galardones, pero quizá sea el transcurso de esta anécdota la que marca gran parte de su exitosa carrera. Aquella recordada final de la NCAA de 1979 entre los Spartans de Michigan State y los granjeros de Indiana State es uno de los partidos que los buenos aficionados guardan en su videoteca y supuso el nacimiento de una de las rivalidades que elevó la NBA a categoría internacional: Magic vs Bird. Johnson se llevaría esa batalla (ver el desenlace de la Final) y se uniría al nuevo proyecto de los Lakers de su nuevo propietario: Jerry Buss. El Showtime nació de la punta de sus dedos (18.7 puntos y 7.6 asistencias en su primer año, pese a ello el ROY fuera para Bird) y tuvo un remate de temporada sólo aplicable a los ídolos y que es una de las anécdotas que más se recuerdan en su biografía. En el sexto partido de las Finales ante los Sixers, con Kareem lesionado, Paul Westhead decidió que el rookie entrase como pívot titular. Magic repitió todas las rutinas que su ídolo de juventud seguía en todos los partidos y en la pista se comportó como lo que era, una gran estrella (42 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias, ver vídeo). Historia del básket (ver estadísticas de Magic en la NBA).

Billy Thompson (55)

El último en conseguir este ‘doblete’ es quizá el nombre menos estelar, pero igual se merece un recordatorio. Billy Thompson era un alero de 2.00 criado en New Jersey y que llamó la atención desde la época de la high school, participando en el prestigioso Torneo McDonalds. Reclutado por la Universidad de Louisville, con los Cardinals completó todo el periplo universitario, venciendo a Duke en la Final Nacional de 1986, siendo el máximo anotador de ese equipo (ver ficha de los Cardinals). Ese verano se presentó al draft (nº 19), siendo elegido por los Hawks, que lo traspasarían junto a Ron Kellogg a los Lakers a cambio de los servicios de Mike McGee y Ken Barlow. Thompson se integró en el ‘showtime’ como suplente de Worthy y jugando 12 minutos (5,6 puntos) por encuentro (ver estadísticas NBA). Fue integrante de los Lakers que lograron los campeonatos de 1987 y 1988, aunque este año una lesión le privó de una progresión mayor y formó parte del draft de expansión con destino a Miami, donde firmaría dos temporadas por encima de los diez puntos en los recién creados Heat. Terminó su carrera en el Hapoel de Jerusalen y se retiró jugando en el Peñarol de Mar del Plata argentino.

24
Feb
11

Top 5: Los mejores traspasos a mitad de temporada de la NBA


Los traspasos de Carmelo Anthony a New York y de Deron Williams a Nueva Jersey han reorganizado la balanza de poderes en varias plantillas y apuntan a unos derbis calenturientos por hacerse con la Gran Manzana. El ‘trade line’ se aproxima antes del March Madness como un carrusel de rumores que pocas veces se hacen realidad. No ha sido así en esta ocasión. Pero la expectación que crean estas mudanzas están todavía por fructificar en triunfos y anillos. Hay otros de los que ya conocemos sus efectos satisfactorios. Aquí os dejo mi top 5 sobre los mejores traspasos en mitad de plena temporada. Si no estáis de acuerdo u os acordáis de alguno nuevo, la hoja de reclamaciones en este blog se llama ‘comentario’.

1. Wilt Chamberlain (de San Francisco a Philadelphia)

El 15 de enero de 1965, Philadelphia recuperó su ‘orgullo’. A la ciudad volvía el hijo pródigo, el jugador más impactante que había pisado la NBA en décadas. El destierro de los Warriors a San Francisco había alejado a ‘the Big Dipper’ de los suyos, pero el traslado no duraría mucho más de dos temporadas. Wilt Chamberlain regresaba a la costa Este en un intercambio con un All Star (Lee Schaffer) que no volvería a jugar por una lesión, y dos jugadores de rango medio (Connie Dierking y Paul Neumann). La llegada de los Syracuse Nationals a Philly en el verano de 1963 abrió las puertas para que Wilt deshiciera el camino. Y los 76ers se convirtieron en una potencia, pasando de rondar el 50% de victorias-derrotas a coquetear o superar la barrera de los 60 triunfos. Wilt tomó con sus dominadoras estadísticas las riendas de una franquicia a la que le dio el título en 1966-67 rompiendo la dinastía de los Celtics (4-1 en la final de conferencia) con un récord de 68-13 en la regular season y superando en la Final a los propios Warriors. Bien secundado por Hal Greer y Billy Cunningham, en sus tres cursos completos con los 76ers, Chamberlain logró ser el MVP de la competición, aunque el cruce con Bill Russell y los ‘verdes’ le llevó finalmente a trasladar su residencia a LA y vestirse de púrpura para lograr un segundo anillo y el MVP de las Finales.

2. Pau Gasol (de Memphis a Los Ángeles)

El ciclo de Pau Gasol en Memphis estaba agonizando. La franquicia en el 2008 ya se había echado en brazos de Rudy Gay y el español anhelaba un traspaso que ni la presencia de su amigo Juan Carlos Navarro pudo evitar. Lo que pocos esperaban es que el 2 de febrero se comunicase que el barbudo pasaría a integrar parte de la franquicia más glamurosa de la NBA. ¿Ha cambio de qué? Lo que entonces parecía una broma: Kwame Brown, Javaris Crittenton, los derechos sobre Marc Gasol y dos primeras rondas. Mitch Kupchak se sacó un as de la manga en una operación llevada con sigilo y bajo el más escrupuloso de los secretos. Al saberse, muchas fueron las reacciones que lamentaban la decisión de los Grizzlies y hasta se habló de cómo se había adulterado la competición. Lo que pasó después todos los sabemos. Tres Finales consecutivas y dos anillos para el mejor jugador español de la historia.

3. Moses Malone (de Buffalo a Houston)

Dos partidos. Seis minutos. Eso es lo que jugó Moses Malone con los Buffalo Braves. Nada más comenzar la competición, sin tiempo para poder formar una pareja de aúpa com Bob McAdoo y quizá un formidable trío con el rookie Adrian Dantley, la entidad de Nueva York transfirió a Big Mo por dos rondas del draft. Su rumbo, Houston. Sería su tercer equipo de la NBA en apenas unos meses, después de la desaparición de la ABA. Seleccionado en el draft especial de los jugadores de la ‘Liga funky’, los Trail Blazers lo mandaron a Buffalo, que prescindió rápidamente de sus servicios. Malone desarrolló una carrera de MVP (dos títulos en 1979 y 1982) en los Rockets junto a Rudy Tomjanovich, Mike Dunleavy, Robert Reid o Calvin Murphy. Los mejores años numéricos del pívot de Petersburg los vivieron en The Summit, además de jugar con la camiseta roja su primera final en 1981, después de terminar 6º en el Oeste y superar todas las rondas menos las Finales (4-2 antes Celtics) con el factor pista en contra. El impacto de Moses en los Rockets fue total, ya que pasaron de ser un equipo ramplón a estar en cinco de sus seis temporadas dentro del playoff (la única ausencia fue motivada en gran medida por sus problemas físicos). Cuando Malone partió para Philly a ganar el anillo con el Doctor J, los Rockets volvieron a las sombras hasta que otro gran pívot les sacó de ellas.

4. Clide Drexler (De Portland a Houston)

Michael Jordan es el culpable de que muchos grandes jugadores de su misma generación vean sus dedos desnudos. Pero hubo uno que supo moverse a tiempo para engarzar su joya. El 14 de febrero, el Día de los Enamorados, de 1995, The Glide recuperó un antiguo amor de juventud. A mitad de temporada, Clide Drexler hizo las maletas junto a Tracy Murray hacia Houston (a cambio del ‘segundo espada’ Otis Thorpe, los derechos de Marcelo Nicola y una ronda de draft) para unirse a Hakeem Olajuwon, el mismo que un año antes le había apartado del camino de las Finales en el primer año de Jordan dándole a los bates. La unión de los dos excompañeros de universidad elevaron de forma conjunta el trofeo Larry O’Brien antes de que Air volviera a alzar el vuelo con sus Bulls.  Drexler lograba lo que no pudo con Portland y aquello que no lograron ni Ewing, ni Karl Malone, ni Stockton, ni Barkley. Él supo pdeir el cambio a tiempo.

5. Alex English (de Indiana a Denver)

Esa camiseta. Solo esa camiseta merece que este señor este en esta lista. La silueta de rascacielos de cristal cuadriculados tras el perfil de las montañas y con un arco iris lleno de colorines de los Nuggets es, en mi modesta opinión, la equipación más freak que se ha visto por las pistas de la NBA. Y el ‘2’ de Alex English era el dorsal más mítico de esa mítica camiseta de las ‘pepitas’. Pero The Blade llegó a Nevada en febrero de 1980 después de un traspaso en mitad de una temporada. Fue en su tercer temporada en la liga profesional cuando el alero de South Carolina salió de Indiana a cambio de George McGinnis, un ala-pívot Housier que ya había jugado su mejor baloncesto entre la ABA y la NBA. Los Pacers se darían de cabezazos cuando ese alero prometedor se convirtió en poco tiempo en uno de los anotadores más excelsos de la década de los 80. Entre sus méritos, además de ‘residir’ en el Hall of Fame, se encuentran ocho presencias seguidas en el All Star o estar entre los elegidos que han logrado pasar de la barrera de los 25.000 puntos en su carrera. Es el 13º máximo anotador de la historia de la NBA. Solo la elevada competencia en esos tiempos evitó que alcanzara alguna Final… Y esa camiseta.

10
Feb
11

Récord en la NBA: 56 cervezas en un minuto


El veloz fichaje de los Wizards

No, no hablo de otro capítulo del Melodrama. Ni mucho menos de un intercambio entre Artest y Hinrich. No, no, tampoco es una referencia a John Wall. El fichaje hipersónico de los Wizards es… un expendedor de cervezas. Sí, Ted Leonsis ha anunciado que la entidad de Capital City ha adquirido esta increíble máquina capaz de servir 56 pintas en un minuto. ¿Quién quiere tener a una superestrella en tu equipo si puedes disfrutar de esta maravilla del universo? ¿No se lo creen? Pasen y vean el vídeo. ¿Quién quiere una?

Fuente Washington Post

El lado más espiritual de la NBA

No nos referimos al Maestro Zen. En un reportaje de Slam, Kyle Stack relataba cómo la disciplina oriental del yoga ha entrado desde hace años como método de trabajo en varios equipos de la NBA. Concretamente, los Clippers tienen contratado un profesional que ayuda a sus jugadores a prepararse física y mentalmente gracias a sus estiramientos (como veis en la foto). Hawks, Knicks o Mavs son otras de las entidades que tienen de forma más esporádica, casi todos en pretemporada, a instructores de yoga en sus nóminas. Muchos jugadores, de forma individual, como el mismo LeBron James, acuden a esta práctica para mejorar su condición, concentrarse mejor o aumentar su flexibilidad. “Si usted puede encontrar una disciplina que le mantiene centrado, tanto mental como físicamente, esto le puede ayudar a mejorar su juego hasta el próximo nivel”, explica Baron Davis. El reportaje es muy amplio y se centra en la figura de Kent Katich, que trabaja con los Clippers y viaja con ellos en sus partidos. La información entra en cuestiones como el machismo y la dificultad que se ha encontrado la monitora que trabaja con los Hawks para realizar ciertos ejercicios delante de ‘hombres de 25 años’. También hay reacciones, como la de Marion o Terry, no muy positivas con respecto al yoga. “No me gusta dolor. ¿Por qué haría algo que duele?”, dice Terry. Merece un vistazo, al menos por la repercusión que ha tenido.

Los Clippers, en clase de yoga

Fuente Slam

Y otros se lo toman a cachondeos

El tema del yoga en la NBA ha tenido otras reacciones más satisfactorias para los que les guste sacar el lado divertido a la noticia. La web Tauntr es especialista en humor gráfico y suele dar una visión diferente de la actualidad del básket de los Estados Unidos. Esta vez han aprovechado el tema del yoga para evolucionar una serie de posturas acordes con las noticias que se han producido en los últimos tiempos: el Melodrama, la presencia de Ginóbili en el All Star, la racha de los Cavs… Sublime.

Fuente Tauntr

La fragancia de Lamar y Khloe

Y para terminar un vídeo que ya lleva varios días circulando por la red. Pese a que los Lakers no están en su mejor momento, viven envueltos en rumores sobre posibles traspasos y afrontan una gira por el Este donde puede perder más crédito ante la reválida de su título, Lamar Odom aparece así de feliz y despreocupado en el anuncio de la fragancia que apadrina con su mujer, la televisiva Khloe Kardashian. ‘Unbreakable’, la combinación perfecta de músculo y feminidad, o eso dice el anuncio. En fin.




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