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20
Ene
16

‘Hoop Dreams’, sueños rotos


Hay descubrimientos mínimos que pueden revalorizar una simple jornada abocada al tedio. Días lluviosos en mitad de las vacaciones sin mucho que hacer, condenados a la protección del techo. Los aparatos multimedia son los aliados o enemigos, quién sabe, para ahuyentar al aburrimiento. En mitad de un buceo por Netflix, driblando películas románticas, comedias sin gracia y dramones de lagrima fácil, abrí la carpeta de documentales desesperado por probar fortuna. Y allí estaba. Un viejo amigo. Pero no trasnochado, ni pasado de moda: Hoop Dreams.

Gracias a la lluvia pude visionar de nuevo hace unos días, seguramente, el mejor documental de baloncesto que se ha hecho. La cinta dirigida por Steve James tiene ya más de veinte años, pero no ha perdido ni un ápice de vigencia. Editada en 1994 y grabada a través de los cuatro años anteriores, cuenta el periplo de dos adolescentes afroamericanos de los suburbios más pobres de Chicago, William Gates y Arthur Agee, con el destino de firmar una beca para jugar al baloncesto en una universidad. El punto de partida es similar al que pueden tener muchas estrellas actuales de la NBA, un playground cercano a una esquina donde se vende y compra droga. Desde allí se desenreda un hilo que teje una realidad desalentadora, de un entorno violento y un hogar desestructurado en el que los menores son tratados, de forma muy políticamente correcta, como contenedores de las ambiciones de éxito de sus entrenadores, agentes, guías espirituales, familiares y amigos.

Reclutados por un cazatalentos, son ‘fichados’ por una rica y católica ‘high school’ de las afueras de Chicago, cuyo reclamo es ser la cantera de origen de Isaiah Thomas. No voy a hacer aquí un ‘spoiler’, pero la cosa no termina tan bien como les venden. Lo único que os digo, si no la habéis visto aún, es que las tres horas de metraje se quedan cortas y el afán curioso por continuar acompañándoles por sus vidas se acrecienta con el fundido a negro final. A mi me dio por investigar ese más allá de este ‘to be continued’ y el resultado fue que sus vivencias vuelven a estar llenas de claridad y oscuridad. ‘Hoop Dreams’, galardonada en el Festival de Sundance y con más de 11 millones de recaudación, sirvió para que Gates y Agee encontraran otro camino. William terminó siendo pastor en el mismo barrio en el que se crió y Arthur levantó una fundación desde la que apoya a la infancia y proporciona becas deportivas en los entornos más pobres de Chicago. Sin embargo, sus dos mentores, aquellos que les alentaban desde el cariño para hacerse All Star, el hermano de Gates y el padre de Agee, murieron por disparos de bala.

La secuela de este largometraje podría haber sido fácilmente otro documental de obligado visionado: ‘Rebotes’. De producción chilena, narra la supervivencia de Tim Jones y Derrick Miller, otros dos americanos negros, por alargar sus carreras profesionales en la Liga de este estado suramericano. Jones y Miller bien podrían ser Gates y Agee más mayores o otros centenares de profesionales del baloncesto en un plano menos fastuoso del que estamos acostumbrados. Sin estudios y maltratando sus cuerpos, buscan los dólares con los que mantener a sus familias. Su futuro más allá de la pista no pinta nada alentador, mientras son tratados como cromos por los clubs de una parte a otra del planeta.

Recientemente la cadena norteamericana ESPN, dentro de su programa ’30 for 30′ volvió a emitir un largo reportaje titulado ‘Broke’. En él se difundía la trágica situación a la que se enfrentaban los profesionales de los deportes americanos tras su retiro. La falta de una formación académica, la adulación perpetua, el derroche, las malas inversiones y la ausencia de toda previsión hace que el 60% de los jugadores de la NBA estén en bancarrota solamente cinco años después de abandonar el juego.  Delante de las cámaras se coloca Jamal Mashburn dando su testimonio del frenético ritmo de vida que se mantienen entre las plantillas de las franquicias. Este camino desde la codicia a la perdición se aborda en la serie ‘Ballers’, protagonizada por Dwayne Johnson. En España, con la extrema diferencia de salarios mucho menores, se acometió idéntico problema hace unos meses en el extraordinario reportaje de Curro Aguilera, ‘Del podio al olvido’, del que ya os hablé por aquí.

Quizá estas secuencias circulaban en mi cabeza cuando charlando con un amigo periodista, joven e ilusionado, comencé un diálogo sobre la idoneidad o no de difundir vídeos de ‘highlights’ de tiernas promesas. “Es lo que a la gente le gusta”, fue la respuesta de otro interlocutor de corrillo. Posiblemente o no. No es incierto que existe un ánimo generalizado de todos aquellos que nos apasionamos por el deporte de ser los descubridores de los futuros talentos para poder llegar a decir un día ‘ya lo decia yo’. Alimentar nuestros egos con conocimiento anticipado, ser pitonisos para demostrar cuanto sabemos de tal o cual. Todos, y me incluyo, hemos jugado esa partida de visionarios. Este juego, nada malvado más allá de esa vanidad, es solo un puntito más de ese engranaje que va triturando poco a poco esos sueños que cuenta Hoop Dreams.

El deporte profesional ha caído desde hace décadas, un siglo quizá, en los mismos cánones que toda la sociedad, los mismos que imperan en un gobierno o empresa, donde la ley del más fuerte se cuenta en beneficios y pérdidas. Y en el que pocos triunfan. Incluso ese triunfo, como cuenta ‘Rebotes’ o ‘Broken’ es efímero. Sin embargo nos olvidamos que detrás hay menores vulnerables, con sueños que todos queremos cumplir con ellos porque a nosotros se nos pasó la oportunidad. Detrás de esas ambiciones, hay pequeñas personas que en su mayoría se encontrarán futuros más reales y menos brillantes ante el que les tenemos que preparar entre todos, sin perder los sueños, pero sin perder la cabeza.

13
Mar
12

Wat Misaka, mi querido enemigo (y 2)


Este reportaje viene de una primera parte que puedes leer aquí

No hubo desfiles para Wataru a su vuelta a Estados Unidos. No los necesitaba ni los quería. Nunca se había sentido un héroe. Simplemente, sus pies seguían recorriendo la senda con paciencia, paso a paso, fuera sorteando borrachos en la calle 25 de Ogden, defensores en el Madison Square Garden o miradas heridas entre la destrucción de Hiroshima. Él se limitaba a caminar hacia su destino, fuera cual fuera. Quizá por eso su llegada a Utah no fue nada traumática porque reingresaba en un pasado que la guerra no había destruído y sólo tenía que continuar hacia delante desde el mismo punto de partida. Ese mismo que quedó esperándole en las aulas donde quería terminar su ingeniería y en la pista donde la aguardaba la camiseta roja de los ‘Running Utes’.

Las dos campañas sin ‘Little Wat’ no habían sido tan exitosas para los muchachos de Vadal Peterson. Solo alcanzarían como campeones el torneo nacional en 1945 con un récord de 17-2, pero perdieron en primera ronda con la Oklahoma A&T del mítico entrenador Hank Iba y el interminable Bob Kurland –considerado primer jugador de 7 pies de la historia–, que a la postre firmaría el primer bienio triunfal en la NCAA.

La siguiente temporada mantenía a los Utes en un segundo plano pero con opciones de recuperar con Misaka los laureles que aún no habían marchitado. Contaba Vadal Peterson con dos all-American como Ernie Ferrin y Vern Gardner y el veterano Dick Smuin como único superviviente, junto a Misaka y Ferrin, del título de 1944. Las condiciones de entrenamiento habían mejorado tras la retirada de los militares del centro de prácticas y la normalización académica de la competición. La liga regular transcurrió sin muchos sustos y la plantilla fue calentando motores para el momento clave de los cruces. Un balance positivo de 16-5 permitía al grupo de Vadal Peterson obtener la invitación para volver al NIT y al Madison Square Garden, aunque no era suficiente para colarse en la lucha por el entorchado nacional, entonces limitada a ocho participantes.

El caprichoso destino hacía que Wat Misaka volviera a Nueva York. Su regreso no pasaría desapercibido para los medios de la Gran Manzana. ‘KiloWatt’, como lo apodó un periodísta por su electrizante aparición en pista, seguía siendo un ídolo pese a sus dos años de servicio por la patria. Sufriendo ante Duquesne (45-44) y West Virginia (64-62), los Utes se plantaron con muchas penurias en la final ante, de nuevo, la poderosísima Kentucky. Los ‘azules’ de Lexington querían revalidar su título en el NIT y por ello mantenían bien alto el cártel de favoritos que sostenían Ralph Beard, considerado como el mejor base de todo el país, y Alex Groza.

La gran expectación generada, más de 15.000 ‘newyorkers’ llenaron las gradas, en torno a Misaka por los devotos locales no quedó decepcionada y su relación de amor se amplificaría tras esa noche. Su defensa asfixiante y pegajosa como una tarde de agosto, negando el contacto con el cuero a Ralph Beard, desnortó la táctica de Adolph Rupp. “Dejó a Beard en un solo punto. Y porque cometió una falta sobre él”, relata Ferrin. Los ‘Big Blue’ de Kentucky perecieron entre la maraña de trampas de los Utes que tuvieron a un pequeño japonés como mejor guerrillero. “El pequeño Wat Misaka, nacido en Estados Unidos pero de ascendencia japonesa, fue el mejor de sus compañeros al no parar de interceptar pases haciendo que la noche para Kentucky fuera desesperante”, escribió el redactor del New York Times en la crónica del partido. El bajo marcador de 49-45 propició que la universidad del estado mormón levantara el prestigioso NIT, convirtiéndose en el primer centro en aglutinar los tres principales torneos académicos (NCAA, NIT y AAU). Pese a la exhibición defensiva de Wat, su compañero Vern Gardner sería proclamado MVP de la final, asignación que fue abucheada desde los abarrotados graderíos del MSG. La epopeya de los chicos de Peterson se agrandaría poco después como la dimensión del rival abatido. Los Wildcats lograrían un bicampeonato universitario pasando a la historia como el ‘Fab Five’ original. “Nos sentimos como si fuéramos campeones del Mundo”, rememora Wat.

Era un final ‘made in USA’ con un ‘japo’ como protagonista. Ni en Hollywood podían escribir un mejor ‘happy end’ para la carrera de Wat. Levantando su segundo título en dos años, protagonista de la final tras volver de la guerra y siendo ovacionado por el mejor y más grande ‘teatro’ de baloncesto del Mundo. La gloria nunca imaginada para un chico criado entre prostíbulos y marginado por el color de su piel. Pero se equivocaba. Otro pequeño paso del destino le llevaría de regreso a ese lugar en el que retumbaba su nombre. De repente sonó el telefono de la barbería de la calle 23. Al habla el entrenador. Vadal Peterson le citaba en el Hotel Utah, un céntrico y lujoso edificio de Salt Lake City. Debía ir bien vestido.

Cuando Wat estrechó la mano de Ned Irish no podía creérselo. Había viajado hasta la puerta de su casa para hacerle una oferta que no podría rechazar: ser un Knick. El presidente del equipo más famoso del planeta ‘drafteaba’ en el puesto 60 a un nisei llevado por el ‘boom’ que en la ciudad había originado su presencia en el NIT y que ahora se repite sin trabas raciales, más bien todo lo contrario, con Jeremy Lin como ‘cenicienta’ del cuento. Con un contrato garantizado de 3.000 dólares por temporada, toda una pequeña fortuna, Misaka tenía una camiseta azul con el número 15 esperándole en el Garden.

En octubre de 1947, con 24 años, Misaka tomó un tren y se plantó en mitad de la pretemporada de un equipo profesional. Joe Lapchick sería su entrenador en un vestuario repleto de jugadores que habían triunfado en centros escolares de Nueva York. El ambiente ya no era igual de fraternal que en las clases de Utah y tuvo que soportar las típicas novatadas. No todos le recibieron con los brazos abiertos. Era un paleto en medio de una gran metrópoli. Para suavizar el abismo de todos los cambios que debía afrontar, le emparejarían con otro novato local como cicerone.  Su compañero de habitación del Hotel Belvedere sería otro rookie que compatibilizaba el baloncesto y el béisbol profesional, Carl Braun. Pronto se hicieron inseparables en sus paseos, donde Wat era frecuentemente parado por desconocidos para halagar su juego en el NIT. Juntos iban a los entrenamientos y a los partidos de preparación durante esas tres semanas, pero también a los combates de boxeo, a las salas de fiestas, a los estrenos de Broadway, al estadio de los Yankees, incluso no era extraño que Braun invitase a cenar a Wat en su casa familiar de Long Island… Era feliz y sin saberlo estaba haciendo historia. Wat se estaba convirtiendo en el primer ‘no blanco’ en jugar en la ABB, liga nacida cara utilizar los pabellones los días libres que dejaba el hockey hielo y que dos años después se convertiría en la NBA. Ese mismo año Jackie Robinson rasgaría las mismas barreras de la discriminación siendo el primer negro en participar en las Grandes Ligas de béisbol con los Brooklyn Dodgers.

La afición de los Knicks acogió con júbilo a su exótico ídolo, pero los directivos del club no las tenían todas consigo, nerviosos ante los posibles incidentes que la presencia de Wataru podría producir en los desplazamientos, pese a que en la competición solo había equipos del progresista Este. De repente, después de haber sido por primera vez titular en un partido ante los Steam Roller de Providence, sin aviso previo, Misaka volvió a encontrarse en una oficina del MSG frente al semblante del señor Irish. La sonrisa que amanecía en Utah era ahora un línea recta de seriedad en el rostro del presidente. Los Knicks habían decidido tras tres partidos (anotó 7 puntos) ‘cortar’ al chico de Ogden. La prensa justificó la decisión por su debilidad física, pero el trasfondo racista era evidente hasta en el silencio de la época. “Me sorprendió, no me lo esperaba”, recuerda ‘Kilowatt’. “Me dijeron que era decisión del entrenador, que los directivos no querían echarme pero no tenían opción. Ahora me gustaría poder volver a ese momento y preguntarle por qué”. Tras jugar un año en una liga local solo para japoneses, se retiraría y nunca más volvería a jugar al baloncesto.

Otro paso más al puerto de partida. Misaka regresaría, dónde si no, a Utah para formar una familia (se casaría en 1952 con su novia Katie y tiene dos hijos) y desarrollar su carrera como ingeniero mecánico. Antes recibiría otra llamada. En una parada de su viaje a Ogden, en Chicago, tendría un sorpresivo ofrecimiento que podría haberle cambiado la vida. Abe Saperstein, fundador y entrenador de los Harlem Globertrotters le reclamaban como aliado y le ofrecía un contrato por unirse a sus filas. Wat rehusó su intento con amabilidad y se perdió en el anonimato. Al menos esa llamada le sirvió para considerarse apreciado como jugador de baloncesto.

La sociedad americana cambio al mismo ritmo con el que el destino jugaba con Wat. Paso a paso, los derechos de las minorías fueron reclamados y adquiridos en una lucha que hoy no ha cesado. El deporte fue un agente normalizador de muchas causas y en el baloncesto la comunidad afroamericana encontró un campo donde reivindicar sus derechos, pero los logros eran esquivos en el recuerdo de un pionero como Wataru Misaka, solo reconocido entre la comunidad asiática. “La mitad de los que vivíamos en los campos teníamos 18 años, por lo que puedes imaginar qué significaba él para los adolescentes. Fue un héroe, toda una inspiración, y, tal vez, la esperanza de que a pesar de que en la Costa Oeste fuésemos tratados como ciudadanos de segunda clase en otras partes de los Estados Unidos no fuéramos tratados como enemigos”, comentó en una entrevista Marielle Tsukamoto, presidente de la Liga de ciudadanos americano-japoneses. El silencio sobre su figura fue quebrado en 2009, cuando dos directores de cine, Bruce Alan Johnson y Christine Toy Johnson, se interesaron por su existencia y rescataron su vivencia en un documental llamado Trascending: La Historia de Wat Misaka.

La difusión de la película, premiada en varios festivales, despertó reconocimientos de urgencia dormidos durante décadas en el olvido. La ceremonial y políticamente correcta NBA no podía dejar pasar esta oportunidad para lavar su imagen ante el emergente mercado asiático y las malas connotaciones en sus intereses presentes que tenía el histórico olvido. En medio del escaparate del All Star de Phoenix en febrero del 2009, el propio David Stern reconoció su valentía y su ejemplo para romper barreras. No fue la única restitución del legado de Misaka. En agosto del mismo año, Wat volvería por primera vez a Nueva York desde su agria despedida. Invitado por los Knicks, el jugador pisó el simbólico parqué en el que un día rebotó su nombre coreado. Apellido, no obstante, que no aparecía entre la lista de integrantes en el espacio dedicado al equipo de la temporada 1947-48 dentro del estadio neoyorquino. Su número, el 15, colgaba del techo, pero no en su honor, sino rememorando a Earl Monroe y Dick McGuire. Demasiadas ausencias accidentales. Meses más tarde, el 20 de diciembre, durante un partido contra los Bobcats, todos estos agravios serían resueltos cuando los Knicks invitaron a Wat para ser recibido con una enorme ovación en mitad de la pista. Merecido homenaje.

Tampoco en el Salón de la Fama había un hueco para él en el apartado de ‘diversidad’ hasta la promoción del documental, cuando curiosamente y como si fuera un mal chiste su nombre sí figuraba dentro de los mejores  jugadores de bolos del Estado de Utah desde 1996. La renconciliación con su leyenda le llevó hasta la misma Casa Blanca. En un acto con la comunidad asiática, en octubre del 2010, Barack Obama le invitó y remarcó su ejemplo integrador desde su “espíritu competitivo como atleta”.

La irrupción de Jeremy Lin ha vuelto a limpiar el polvo de las hemerotecas para rescatar de la tranquilidad a Wat. Sus historias encuentran trayectorias paralelas en dos mundos contrapuestos, donde la libertad se descompone en múltiples colores y ya no en blanco y negro. Misaka no tiene una palabra de discordia para su pasado, ni un llanto o reclamación, quita peso a la trascendencia de su historia y luce una sonrisa en cada una de las fotografías que de él se encuentran. Contesta desde la distancia cuando le preguntan sobre el fenómeno de ‘Linsanity’, no acepta las comparaciones por humildad, rechaza parentescos, pero sí desvela una conexión que acrecienta su humanidad. Una anécdota que retrata a Wat. Cuando Lin no jugaba en los Warriors, Misaka decidió mandarle una carta a las oficinas de Oakland para animarle a no abandonar su aventura y para motivarle a reunir fuerzas para como él, continuar hacia su detino paso a paso. Lin, en una entrevista reciente, reconoció que recibió la misiva y que fue una inspiración conocer la historia de Wataru. “Él es más alto que yo y juega muy bien el pick’n’roll, jugada que en mi época era considerada falta”, reconoce Misaka en un reportaje de George Vecsey (NY Times), que reconoce que la sociedad ha cambiado en su relación racial y que la NBA es una organización internacional inimaginable en los años 40.

Con 88 años y jubilado desde 1981, Wat Misaka sigue viviendo en Utah junto a su mujer. No va a ver a los Jazz ni a los Utes, aunque los sigue desde la televisión mientras cuida a sus tres nietos. Ha cambiado los bolos por el golf, porque la pelota pesa menos. En breve volverá a reunirse con sus compañeros de los equipos de 1944 y 1947 para celebrar el 65 aniversario del triunfo en el NIT, la mejor “noche de mi vida”, como él afirma.

En la reunión no estará Masateru Tatsudo, el otro nisei al que le apartaron de la gloria porque dos japoneses en el mismo equipo “eran demasiados” y que vivía encerrado en el campamento de concentración de Topaz. En las imágenes de Trascending se recoge la grabación con una cámara de 8mm que hizo el hermano de Masateru, Dave, que recuerdan el único día que Wat Misaka cruzó la alambrada del campo. Cuando regresaron de  Nueva York tras vencer la final de la NCAA en 1944 y antes de enrolarse en el ejército, Misaka fue a casa de su amigo para entregarle la manta conmemorativa que habían recibido todos los compañeros del equipo de Utah por vencer la NCAA. “Fue la primera y única vez que estuve en el campamento, y fue un verdadero shock para mí. Había oído historias y visto fotos, pero comprobar el ambiente del desierto sombrío fue muy deprimente. Sonreí mucho en esa película, pero sentía dentro de mí toda la injusticia de todo esto”, recuerda Wat Misaka. La tela granate, descosida por el tiempo, el olvido y la rabia, durmió bien guardada por Tut hasta su muerte en 1997.

La familia Misaka al completo

21
Feb
12

Wat Misaka, mi querido enemigo (1)


Las calles eran polvo. Todo era polvo. Arriba el sol y abajo las piedras, el mismo desierto infinito en el que los conquistadores españoles buscaron la imaginaria ciudad dorada de Cíbola. Allí no hay más que la nada. La única riqueza la reflectaba el brillo sílice de la cúspide del Topaz, cuya lejana sombra era un alivio que no cruzaba el perímetro de la alambrada. Cerca del espino no hacia mucho había muerto abatido por las balas James Wakasa. Tras el incidente las medidas de seguridad se habían suavizado para calmar los ánimos y los internos podían salir a trabajar o ir a la universidad fuera del ‘campo de relocalización’. En el último recuento eran más de 8.000, la quinta población más grande del estado de Utah en esa primavera del 1943. Wat Misaka sólo cruzó una vez los controles para ver a su amigo Masateru ‘Tut’ Tatsuno, interno con su familia tras ser obligados a malvender su casa en San Francisco. Ambos jugaban al baloncesto en el equipo de la universidad estatal, pero en raras ocasiones lo hacían juntos. Si alinear a uno ya resultaba conflictivo, tener dos nisei (americanos de origen japonés) en el mismo equipo podría resultar una provocación intolerable para cualquier aficionado. El entrenador Vadal Peterson no quería arriesgarse. Todos tenían un familiar, un vecino, un amigo en la Guerra. Todos habían llorado por Pearl Harbor. Por eso cuando en 1944 los ‘Utes’ fueron al Madison Square Garden a jugar el Torneo de la NCAA, ‘Tut’ se quedó en casa, en un campo de piedras, en medio desierto rodeado por la alambrada. La gloria aguardaba a Wat en New York.

Porque 68 años antes de que Jeremy Lin iluminara el cubo de la 7ª Avenida otro pequeño base de ojos rasgados escuchó el aplauso desbordado de los neoyorquinos. La actual explosión en el juego del estadounidense de origen taiwanés y la onda expansiva que ha originado en medios y redes sociales tuvo su chispazo en este menudo base japonés. Una pequeña llama que rompió las barreras de la segregación y el racismo convirtiéndose en el primer jugador no caucásico en competir en la NBA en un tiempo en el que más de 110.000 japoneses o americano-japoneses fueron desplazados por miedo al sabotaje de la costa Oeste y encerrados en campos de concentración en plena Segunda Guerra Mundial. Un periodo de batalla en el que Wat y los suyos eran ‘japos’, ‘amarillos’, el enemigo. Pero esta historia empieza mucho antes y un lugar lejano de escalofriante recuerdo: una pequeña granja cerca de Hiroshima.

Funeral de James Wakasa, abatido en el campo de Topaz

Huyendo de la dureza de la tierra, huérfano, Fusaichi ‘Ben’ Misaka tomó un barco hacia Estados Unidos para trabajar en la construcción del ferrocarril en 1902. Tenía 19 años. Al poco tiempo se instaló en Ogden (Utah) y abrió una peluquería junto a su mujer, Tatsuyo, con la que se había casado en 1922 en un breve retorno a su país. Poco después, en la semana previa a la Navidad de 1923, nació su primogénito, al que llamaron Wat. La calle 25 de Ogden no era el mejor sitio para criar a un niño. Hasta once prostíbulos se alineaban entre fumaderos de opio y tabernas de mala fama, centros de delincuencia, violencia y asesinato en un área donde se agolpaba la población inmigrante discriminada por los barrios pudientes de mayoría blanca y mormona. Los Misaka sabían que siempre serían los últimos en ser atendidos en una tienda o que en el cine deberían ocupar los peores asientos. Pero Wat vivió ajeno a esa realidad. Era buen estudiante, sociable y echaba una mano en el negocio familiar sino estaba practicando atletismo o béisbol, siempre en las ligas exclusivas para japoneses. “Mientras hiciera mis tareas, me quedase fuera de problemas e hiciera mis deberes, todo estaba bien”, recordaba a una entrevista de un diario de Salt Lake City. Él, simplemente, era feliz. Esa calle era su patria.

Cuando Ben murió en 1939, Tatsuyo se vio acorralada sin trabajo y con una familia que mantener. Volver a Hiroshima era una alternativa para escapar del hambre y el estigma de una mujer sola cuidando de sus tres hijos. Pero Wat, con 15 años, se negó a volver a una tierra de la que su padre había escapado y que no sentía como suya. “Usted puede tomar a mis hermanos e irse. Pero yo me quedo”. Su cabezonería, seguramente, le salvaría de la bomba que pulverizó la ciudad nipona y le permitió cumplir su sueño de estudiar ingeniería en la universidad mientras seguía jugando al baloncesto. Un ‘amigo blanco’ pagó la licencia de la peluquería y la madre aprendió el oficio de su difunto marido, mientras Wat seguía echando una mano mientras acudía al college local de Weber State, donde ya había ganado fama de escurridizo defensor en varios campeonatos y notaba menos los efectos de la xenofobia en un ambiente culto y tolerante. Así, un 7 de diciembre de 1941, mientras barría el suelo de flequillos y melenas cortadas, puso la radio para entretener la rutina. La noticia hizo saltar por los aires la tranquilidad. Cazas japoneses habían atacado Pearl Harbor. La guerra era inminente.

Jóvenes llenaron las oficinas de reclutamiento pidiendo venganza. Voluntarios para una carnicería en Midway, Guadalcanal, Guam, Peleliu o Iwo jima. Las filas de nuevos reclutas vaciaron las aulas y los gimnasios. Con un solo becado, Vadal Peterson, entrenador de la Universidad de Utah, no quería echar a perder la temporada y cancelar el programa de baloncesto como habían hecho otros centros. Se vio obligado a poner un anuncio para completar su plantilla con los pocos alumnos que no habían corrido al frente (los estudiantes de ingeniería y medicina estaban exentos). Wat y Matsudo, interno en Topaz aunque tenía un permiso para ir a las clases, por cuya genética no podían alistarse, respondieron a este otro reclutamiento. Otro ‘paleto’ de Ogden, un fuerte mormón excluido del servicio militar por un problema de rodilla y que nunca se había atrevido a pisar la calle 25, jugaría con ellos. Se llamaba Arnie Ferrin, apellido inscrito en la primera gran dinastía de la NBA: ganaría dos títulos de la NBA con los Lakers de Minneapolis de George Mikan.

Equipo de la Universidad de Utah de la temporada 1943-44 con Misaka (21) y Tatsuno (17)

La temporada fue buena pese a todas las barreras. Su pabellón, el Einar Nielsen Field House, había sido por el ejército como cuartel y debían habilitar el gimnasio femenino para entrenar y jugar en pabellón en Salt Lake City cuyas dimensiones no eran reglamentarias. Peterson se adecuó a lo que tenía dado que todos los jugadores eran de 30 kilómetros a la redonda y los mejores físicos vestirían durante un par de temporadas el uniforme caqui del ejército. Ideó un equipo correoso, pegajoso en defensa y que explotaba las habilidades ofensivas de Arnie Ferrin. Si no eran pocas las dificultades del momento, la hostilidad de las aficiones rivales al ver a un nisei en el rival no ayudaba, por lo que Peterson evitaba ponerlo en el quinteto para ‘suavizar’ su entrada. Japs go home! Los insultos eran constantes e incluso en medio de un partido Misaka fue ‘secuestrado’ durante un ataque por un grupo de hinchas del adversario que lo retuvieron tras la banda. El miedo a estos incidentes llevó hasta a situaciones cómicas, como en la previa de un importante encuentro. Misaka no aparecía y sus compañeros pensaron que habría sufrido alguna represalia racista. Sin embargo, al volver a su habitación lo encontraron plácidamente echando una cabezada. Se había quedado dormido. “Seguramente nunca fuimos conscientes de todas las adversidades que tuvo que pasar en esos días por jugar con nosotros”, se sincera Ferrin en un documental sobre su compañero. “Yo simplemente prefería no escuchar lo que me decían y seguir jugando al baloncesto”, contestaba Misaka en una entrevista.

Con todas las incomodidades en los desplazamientos, solo tres derrotas (18-3), casi todas ante potentes academias militares ‘reforzadas’ por soldados ilustres, les llevaron a obtener la invitación para el prestigiono NIT que se celebraría en Nueva York. Un esguince de tobillo en el partido anterior del pívot y estrella Fred Sheffield permitió a Wat Misaka, especializado como ‘sexto hombre’, jugar más minutos de lo habitual en la primera ronda ante los Wildcats de Kentucky. Sus rasgos orientales y su rapidez, su habilidad defensiva pese a su altura (1.70), iniciaron un idilio con la afición del MSG y la prensa de la Gran Manzana que fraguaría su destino. “Su juego espectacular provocó rugidos de aprobación. Viéndole uno se pregunta cuál sería la reacción de una multitud de Tokio en un evento deportivo en este momento, si uno de los jugadores se llamara Kelly o Doolittle”, se preguntaba Wilbur Wood en el New York Sun, según recogía un artículo de ESPN. Pero su presentación en NY no fue suficiente, así como el informe técnico que Vadal Peterson había comprado por 25$ a un ‘experto’ y que había resultado ser un engaño, y los Utes perdieron ante el imponente quinteto de Adolph Rupp (46-38).

Wat lucha un balón ante Kentucky

Tras unos días  asistiendo al Copacabana, tocando el cielo desde el Empire State Building o paseando por los muelles repletos de barcos de guerra (“Te imaginas que subo corriendo gritando Banzai”, bromeaba Wat con Arnie Ferrin), con las maletas hechas para volver a casa, el infortunio ajeno les abrió una puerta inesperada para convertirse en la primera “Cenicienta” de la NCAA. Un mortal accidente de tráfico de la expedición de Arkansas (un directivo muerto y dos titulares gravemente heridos) provocó su abandono prematuro del cuadro final del torneo universitario y la organización decidió cubrir su baja con los chicos de Utah. Tres largas jornadas de viajes desde New York les llevarían a Kansas City para disputar la fase regional. Ni el cansancio pudo con el espíritu de un equipo que logró derrotar a Missouri (45-35) y a Iowa (40-31) para volver a la Capital del Mundo como campeón del Oeste y disputarse el título nacional con Dartmouth, nutrida por estrellas universitarias reclutadas por los Marines que deberían volver a filas al terminar el partido fuese cual fuese el resultado.

El 28 de marzo de 1944, el cosmopolita Madison estaba a reventar. Unos 15.000 espectadores, récord hasta entonces en el deporte universitario, aguardaban entusiasmados a los ‘granjeros’ de Utah y, sobre todo, a su japonés (algunos periódicos lo ‘camuflaron’ como hawaiano inducidos por el propio Vadal Paterson para apaciguar los ánimos). Las apuestas eran 7-1 en su contra. El juego alegre y veloz, intenso en defensa, volteó los pronósticos y llevó por primera vez a una final universitaria a la prórroga en medio de la nube de humo que envolvía la pista. La bruma del tabaco casi impidió ver cómo el último tiro entraba en el aro y los Utes se proclamaban campeones de una nación en Guerra con un ‘enemigo’ como aliado. Era la victoria de “los niños abandonados de la postemporada”, como escribiría Irving Marsh en el New York Herald Tribune. Con 22 puntos Arnie Ferrin sería proclamado MVP del torneo y el equipo pasaría a la historia como “The Whiz Kids”.

Dos días después volverían a un Garden entregado para disputar el partido de la Cruz Roja, promovido para recaudar fondos para la Guerra (40.000$ esa noche), y ganar ante los locales de St.John’s, campeones del NIT. Y Misaka volvería a ser ovacionado pese a que el rival jugaba en casa. “Fuese real o no, sentí menos prejuicios contra mí en Nueva York que en otros sitios. Los neoyorquinos son grandes fans de los oprimidos y realmente sentí su apoyo, incluso en el partido ante St.John’s”, contaba Wat Misaka en NBA.com.

En el viaje de vuelta a Utah el responsable de los ferrocarriles acomodó a la expedición en un lujoso coche cama y agasajó a los héroes con fresas y carne, manjares difíciles de hallar en la carestía de los tiempos bélicos. En una parada del trayecto, ‘Coach Peterson’ llamó a Masateru Tatsuno para que se pusiera su mejor traje y se incorporase al desfile en coches descapotables que serviría de celebración a su llegada a Salt Lake City. Nada más pisar el andén, Wat Misaka se encontró a su madre con una carta sellada con el membrete del ejército. Wat debía incorporarse en un mes al servicio militar para ser enviado donde años atrás no quiso ir. El ‘Tío Sam’ veía el final de la Batalla del Pacífico tras sus avances en Filipinas y necesitaba traductores japoneses para recabar toda la información posible de los capturados antes del desembarco final. Ya no importaba tanto el color de la piel y los nisei eran expuestos ahora como un símbolo de la libertad americana (dos regimientos de nisei habían liberado cerca de Munich el campo de concentración de Dachau). Durante una larga instrucción en Minneapolis y Alabama demostró su buena puntería y conoció la caída de Berlín cuando viajaban hacia California para ser embarcados hacia su primer destino: Manila. En mitad de la eterna travesía en barco, Misaka y su batallón fueron informados de la explosión de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki. El 14 de agosto del 1945 se firmaba la rendición incondicional en medio de la algarabía que se formó en la cubierta del buque. Su misión sería en tiempo de paz.

Nada más llegar fueron internados en un circuito de carreras. Toda una paradoja. “Era muy parecido a los campos de internarnamientos en los que vivían los nisei en Estados Unidos”, ironizaba en una entrevista a una radio de Utah. El soldado Misaka fue asignado a un campo de prisioneros gracias a la mediación de otro ‘nip’ de Ogden (unos 3.000 vivían en el Norte de Utah). Allí realizando labores de traducción en los interrogatorios, juicios y otras actividades para el servicio de inteligencia, que utilizó a más de 3.000 nisei durante la contienda. En la enorme prisión de Luzón (unos 150.000 prisioneros) entabló relación con alguno de los altos mandos del Ejército y Marina Imperial japonés, de los que guarda palabras de admiración. Quedó impresionado con el orgullo marcial de los generales Homma y Yamashita, hombres cultos que entregaban todas sus pertenencias a soldados de menor rango sabedores de que morir fusilados era la única opción honorable antes de la vergüenza de volver a Japón como perdedores. Wat cuenta que guarda con cariño una carta que Homma le escribió de su puño y letra agradeciéndole el trato recibido en su cautiverio. Fue fusilado el 3 de abril de 1946.

Pero también conoció la otra cara de la moneda, a chicos como él, nacidos en Estados Unidos que habían emigrado a Japón antes de Pearl Harbor y habían sido alistados voluntariamente o a la fuerza para defender las posesiones del Emperador Hirohito. A uno de ellos, que conocía porque su padre era el encargado de comerciar con productos nipones en Ogden y tenía nacionalidad estadounidense, lograron incluso ‘salvarle’ la vida al corroborar su origen ante las autoridades.

Unos meses después fue enviado a Japón. Allí permanecería nueve meses. En un principio se encargó de comprobar que las ediciones de los periódicos en japonés no se saltasen los límites de la censura, pero pronto recibió otra misión que le acercó a la realidad. Debería formar parte del destacamento de interrogadores que redactaban informes sobre el efecto moral de los bombardeos en los civiles. Wat fue trasladado a diferentes partes de la isla principal, incluído Hiroshima en la provincia natal de su familia. “Solo se mantenían en pie los esqueletos de los árboles carbonizados”, relataba Misaka. Comprobó en primera personal la devastación nuclear y felizmente como su tozudez adolescente de quedarse en Estados Unidos seguramente había salvado la vida a toda su familia. Lo verificó al visitar la casa de un tío detrás de una colina. Allí comió ostras, desconociendo los efectos de la radiacción en ese momento, y almuerzo al que más tarde culparía de que no pudiera tener hijos hasta doce años después de su matrimonio. Fue una de sus pocas excursiones fuera de su tarea militar porque cuando pisaba la calle notaba en las miradas que allí, otra vez, sus rasgos le condenaban. “No importa donde mirase, yo era un traidor a los ojos de la gente […] Era un hombre sin país, porque los japoneses me veían como un traidor y los americanos no confiaban en mí porque veían a un japonés”.

Licenciado del ejército, volvió a Estados Unidos donde su historia de superación a las barreras del racismo y la discriminación no había hecho más que comenzar, sin saber que volvería pronto al Garden y que una camiseta de los Knicks le aguardaba con su nombre, el nombre del enemigo que era coreado por los neoyorquinos. “Yo no intentaba hacer nada fuera de lo normal, ignoraba cualquier discriminación y evitaba la confrontación. Todos en el equipo eran blancos y simplemente actuaba como uno de ellos, como si no hubiera diferencia”.

Continuará…

08
Feb
12

La medida de Jorge Sanz


Es en ese preciso momento, entre esas ocho estrofas de silencio y respeto, cuando Jorge encuentra su pausa. Entonces su curiosa mano rasca su bolsillo y halla la caricia confidente del tejido. En ese instante, cuando el pabellón escucha callado o canta ‘The Star-Spangled Banner’ es cuando él comprende dónde está, lo que está viviendo. Es ahí cuando entiende que esa vorágine merece la pena plenamente. Agarrado a su bandera, a su inseparable medida de la Virgen del Pilar, en mitad del himno americano, este zaragozano echa la mirada hacia atrás y recuerda ese día que llegó a Boca Raton para cumplir su sueño: ser entrenador en la NCAA.

Juguetona. La pelota que le tiraron sus hermanos Queco y Andrea le rebotaba en la cabeza encerrado en esa oficina. No paraba de despertarle del letargo del trabajo. Debía liberarla. Un día abrió la puerta para que saliera esa naranja traviesa y detrás de ella se lanzó él a perseguirla como si aún estuviera en el patio de Compañía de María o en el recreo de Tiempos Modernos, en la pista del CBZ o en la ribera del Helios. Cuatro años trabajando para una multinacional de cosmetica habían sido suficientes para entender que allí no era feliz y que solo sabía y quería hacer otra cosa. Baloncesto.  Jorge Sanz se cansó de esa vida. Quería, como esa pelota, ser libre. “Lo hablé con mi familia y mi pareja y decidí buscar suerte en Estados Unidos”. Buscó y buscó su lugar en el mundo y siguió buscando hasta que encontró tres palabras. Florida Atlantic University. “Fue casi por casualidad. Busqué por diferentes estados y por motivos de trabajo mi esposa y yo nos centramos en un principio en el área de Nueva York. Luego me dí cuenta de que encontrar trabajo no era tan fácil y busqué la vía de los estudios. Salió la opción de Florida, donde me convalidaban casi toda la carrera y tenía sólo que hacer un año más para obtener el título americano. Y además hay vuelos directos a España desde Miami”, relata Jorge. Así, un 24 de julio hizo las maletas y se plantó en Boca Raton.

Jorge Sanz, segundo por la izquierda y agachado, en su etapa en el Helios de Primera Nacional

No se encerró en las aulas. Como buen base, buscó con inteligencia el camino más claro hacia la canasta. Decidido, se plantó en el pabellón durante un entrenamiento del equipo y dijo que quería ayudar. La acogida fue buena. De discreto ‘voyeur’ pasó a tener un papelito en la obra como ‘student manager’. “Comencé grabando los entrenamientos del equipo, desde lo alto de las gradas. Los ratos que no estaba en clase los pasaba en el pabellón y cada vez fui cogiendo más responsabilidades: intercambio de vídeo con otras universidades, edición de vídeo, acompañé al equipo en varios desplazamientos y acabé haciendo un par de scoutings”. Pese a no cobrar ni un dólar, pero sintiéndose útil, aprovechó este primer curso para ganarse la confianza de todos y completar las asignaturas con las que conseguiría el título americano de su carrera (ESIC).  “¡Estaba viviendo desde dentro cómo trabajaba un equipo de la División I de la NCAA!”.

No era solo eso. Su trabajo no fue baldío. Cuando el asistente Matt McCall se marchó a la vecina y potente Universidad de Florida para ser ayudante de Billy Donovan quedó vacante la plaza de Director de Operaciones. Nadie en la FAU dudó de quién era el mejor para cubrir ese hueco. Jorge Sanz aparecería en la foto oficial de la temporada como un ‘búho’ (Owl) más. Porque a nuevo cargo, nuevas responsabilidades. Jorge se levanta pronto cada mañana, sobre las cinco y cuarto, y una hora más tarde ya está en la oficina, comprobando los mensajes y enviándolos a otros departamentos, charlando con los profesores para ponerse al día sobre las notas y obligaciones de los jugadores (“Si no estudias, no entrenas. Si no entrenas, no juegas. Sin excepciones”) o informándoles de que llegará tarde a una clase porque el entrenamiento se ha extendido un poco, coordinando actividades con los voluntarios, revisando que no haya cambios en los vuelos o en las reservas de hotel, realizando algún scouting o confeccionando un repaso estadístico… Y de 8.00 a las 11.00 se va al entrenamiento. “No tengo responsabilidad directa en aspectos técnicos, pero me gusta tomar notas mentales y plantearme que decisiones tomaria yo si tuviera dicha responsabilidad”, comenta.

La plantilla de Florida Atlantic de la temporada 2011-12 con Jorge Sanz, primero de pie por la izquierda

La plantilla de Florida Atlantic de la temporada 2011-12 con Jorge Sanz, primero de pie por la izquierda

Seattle, Washington, Tampa, Lawrence (Kansas)… La temporada es larga. 16 largos viajes en total de una punta a otra de Estados Unidos. “Me dicen que tengo mucha suerte porque viajo mucho, pero si te digo la verdad los viajes son frenéticos y no se ve nada. De la cancha al hotel y de nuevo al avión”. Aunque intenta tenerlo cerrado todo antes de empezar la temporada, siempre hay detalles sueltos o cambios en el último momento. Jorge es el encargado de que todo salga perfecto, que los jugadores cumplan sus responsabilidades académicas y sólo tengan que centrarse en hacerlo correctamente en la pista. “En cada viaje tenemos horas asignadas para el estudio y tutores que ayudan para que los jugadores no vayan retrasados y pese a los largos desplazamientos no pierdan materia y estén al día. Además se adaptan horarios y calendarios lectivos para que los jugadores puedan cumplimentar sus obligaciones académicas. Se retrasa o adelanta la entrega de un trabajo. El número de horas lectivas es el mismo”. Y durante el partido, siempre atento y predispuesto, siempre echando una mano, es un ojo más para que no se escape nada. Es él quien se encarga de recoger todo aquello que las estadísticas no registran. “Anoto, por ejemplo, las buenas ayudas que realiza un jugador o quién corre o no el contraataque. También marco el nombre de las jugadas del rival, porque, claro, en los vídeos no hay audio y es esencial para poder ajustar rapidamente durante el partido”.

Siempre hay algo que hacer. De todo menos una cosa. Descansar. Echarse en el sofá es una alternativa poco probable para Jorge, aunque al menos la presencia de su mujer Franchesca desde el pasado mes de abril alivia el trajín y aplaca cualquier brote de soledad o nostalgia. “Durante la temporada, cuando tenemos un par de días seguidos en casa es siempre entre semana y debido a que mi mujer trabaja entonces, como mucho me escapo al gimnasio. No hay mucho tiempo libre”. Lo atestigua Puertatrás. Esta entrevista se realizó el Día de Acción de Gracias, en uno de sus escasos días de vacaciones, que pasó “adelantando temas” en su oficina en el pabellón. Y sin pavo.

Verano. Florida. ¡Tiempo de playa! Pregunten a Lebron. Nada de eso. ‘Summertime’ no da tregua para este aragonés con tesón. En junio se encarga de coordinar el Mike Jarvis Team Camp, un torneo donde se disputan 150 partidos en menos de tres días y se reúnen 48 equipos de instituto diferentes. Entonces… será en julio y agosto cuando tendrá un respiro. ¡Qué va! Porque entonces se alarga el tiempo del ‘recruit’ y él debe encargarse de la logística desde su oficina, de que los entrenadores tengan todo solucionado para poder seguir por los rincones de los 50 estados de la nación a los jugadores de instituto que se pretenden engatusar para la causa. “Mayoritariamente, basamos nuestras incorporaciones en jugadores del estado de Florida, pero en la plantilla actual te encuentras otros seis estados y tres nacionalidades diferentes”, explica Jorge.

Un programa global de 140 nacionalidades

Jorge Sanz trabajando desde el banquillo de la FAU

Porque Florida Atlantic no es uno de los principales programas deportivos dentro de la NCAA, lejos de la pompa de Kansas, Kentucky, North Carolina, Duke o UCLA, lejos de las parrillas de las cadenas estatales. “No somos conocidos a nivel nacional”, se lamenta Jorge. Es una universidad pequeña (29.000 estudiantes) peleando en un universo de gigantes. Un dato lo dice todo. Ningún jugador ‘owl’ ha sido drafteado o jugado en la NBA. Pero eso se explica porque su pasado es corto, dado que no entró en el cuadro de baloncesto masculino hasta 1988 y sólo cinco años después logró su ascenso a la Division I universitaria, pasando finalmente en 2006 de la Atlantic Sun Conference a la Sun Belt actual. En todo este tiempo el equipo sólo ha logrado una presencia en el Torneo Nacional de la NCAA, en el 2002, perdiendo en primera ronda con Alabama. Entonces era el entrenador Sidney Green, excompañero de Michael Jordan en los Chicago Bulls y padre de Taurean Green, bicampeón de la NCAA con los Florida Gators, exbase del Gran Canaria y CAI Zaragoza y nativo de Boca Raton. Un vistazo al ‘Hall of Fame’ de FAU aclara otras razones. Allí figuran principalmente estrellas de la natación, el beisbol y el golf y sólo Yolanda Griffith se salta la norma a lo grande. Allí cursó un año la MVP de la WNBA en 1999, MVP de las Finales y campeona en 2005, dos oros olímpicos con USA en Sydney 2000 y Atenas 2004. No es un mal ejemplo a seguir.

Pero la dirección del departamento de deportes de Florida Atlantic quiere cambiar su suerte, entrar en el mapa y para ello contrató hace un par de temporadas a Mike Jarvis, un ‘coach’ de prestigio nacional después de su paso por Boston University, George Washington, St. John’s y la selección nacional U22 (Mundial de 1993 de España con Eddie Jones, Corliss Williamson, Theo Rattlif…) y en cuyo extenso currículo tiene el honor de haber trabajado con técnicos como Jim Calhoun o Tom ‘Satch’ Sanders y entrenado a jugadores como Michael Jordan (Torneo McDonalds para mejores jugadores de high school), Pat Ewing o Ron Artest. “En estas universidades con menor tradición la labor de los técnicos es casi mayor porque no disponemos de jugadores que marquen la diferencia individualmente y el trabajo colectivo debe ser mayor”.

Bajo su mando, la temporada pasada los ‘Owl’ alcanzaron por primera vez el mejor registro (13-3) de su conferencia en la fase regular. Pese a caer pronto en el torneo final (North Texas), lograron una plaza para el Torneo NIT en el que perdieron con Miami (85-62). La única pérdida relevante del alapívot senior Brett Royster, que actualmente juega en los Riders Leicester de la Liga inglesa, presagia que esta temporada puede fortalecer la progresión del ‘roster’ y el asalto al Torneo Nacional. Confeccionando un calendario más exigente, con visitas a tres Top25 (Kansas, Mississippi State y Harvard) y sólo cuatro partidos ‘non-conference’ en el FAU Arena, ‘Coach’ Jarvis y los Owls mantienen un balance negativo de victorias-derrotas en la temporada (9-14) y sólo un 5-5 en sus enfrentamientos de Conferencia a falta de seis partidos para que comience el Torneo final de Sun Belt en Hot Springs (Arkansas).

Entrenamiento de FAU en el Allen Fieldhouse, mítica pista de Kansas

Los buenos resultados han hecho que los estudiantes vuelvan a The Burrow, ‘La Madriguera’, el pabellón de 3.000 localidades que en estas dos últimas temporadas ha roto recórds de asistencia. El magnífico ambiente que contagia cualquier partido de la NCAA empieza a vivirse con pasión en este punto del sureste de Estados Unidos. Y más cuando se enfrentan con Florida International, en lo que se puede llamar el ‘derby estatal de la Sun Belt’. Ese día los PrOWLers, como se hacen llamar los aficionados de FAU, han ideado el ‘Burry the burrow in red’, con lo que se pretende teñir las gradas de rojo, aunque en otras ocasiones especiales se han vestido todos de azul o de blanco, como en la última excitante victoria ante Western Kentucky. La que nunca falla es Hera, la mascota. “En el campus principal sólo viven permanentemente unos 3.000 estudiantes, por lo que llenar un aforo de 3.000 es todo un logro”, afirma Jorge. “Nos ayuda que el equipo de fútbol americano no esté pasando una buena racha…”.

La universidad cuenta con siete campus diseminados por todo el estado, aunque el principal y más grande está situado junto al aeropuerto de Boca Raton. El departamento de castellano es uno de los más prestigiosos a nivel nacional y da una muestra de la apertura internacional de un centro que congrega a 140 nacionalidades. En el mismo equipo de baloncesto masculino hay un argentino (el cordobés Pablo Bertone) y un croata (Dragan Sekelja). Y Jorge, claro. “No he conocido aún a otro extranjero en un cargo similar al mío en la Liga, aunque desde que estoy aquí he recibido varios emails de entrenadores españoles interesados en conocer mi experiencia y saber qué hay que hacer para llegar aquí. No es fácil. Incluso ahora con la crisis hay técnicos del ámbito de la NBA que ven en la NCAA un nuevo horizonte laboral”, dice Jorge, sorprendido al conocer el precedente aragonés que siguen sus pasos sin saberlo. El actual entrenador del CAI Zaragoza, José Luis Abós fue asistente de Dave Odom en los ‘Demon Deacons’ de Wake Forest durante la temporada 1999-2000.

La presencia de ‘inmigrantes’ en plantillas de la NCAA es habitual desde hace décadas, aunque la apertura de la NBA al mercado europeo gracias al éxito de pioneros como Petrovic, Sabonis, Divac, Parker, Nowitzki o Gasol hace que la universitaria ya no sea vista como la puerta exclusiva de entrada al baloncesto profesional estadounidense. Eso no evita que Jorge anime a los jugadores del ‘Viejo Continente’ a probar en América. “Antes el jugador europeo estaba infravalorado y ahora quizás se les exige demasiado pronto competir con los mejores. Todos quieren tener al nuevo Petrovic o al nuevo Nowitzki”. Pero la opinión de Jorge va más allá de la rentabilidad competitiva o del hecho de benficiarse de las modélicas instalaciones o condiciones de trabajo y se adentra en las ventajas académicas y formativas que conjuga la NCAA con la práctica deportiva, un plus que en Europa, aunque circulen paralelas, no está tan potenciado en el sistema de clubs. “Cuando Navarro tenía 18 años ya se sabía que él iba a llegar, pero hay una enorme clase media que debe pensar qué hacer si no alcanza ese nivel o si, desgraciadamente, se lesiona. En ese sentido la NCAA ofrece un colchón, porque además de desarrollarte deportivamente te da la oportunidad de formarte y obtener un titulo universitario. Pero hay que saber elegir el programa adecuado, tanto a nivel deportivo como académico, porque hay una amplia posibilidad de alternativas y hay que decidirse por el más conveniente. Cuando yo veía con mi hermano los partidos en Sportmania nos quedábamos alucinados porque nos parecía un mundo inalcanzable, pero ahora hay mucha más información, lo que lo hace más accesible”, aconseja este zaragozano de 28 años. El caso del propio Rafa Vidaurreta es paradigmático. Tras su retirada ha potenciado las habilidades en comunicación que aprendió en Wake Forest para reconducir su carrera profesional dentro de la infraestructura del Club Estudiantes.

FAU arena o The Burrow

No es tan fácil para un entrenador. Un abismo filosófico separa a las pizarras de cada lado del Atlántico, pese a que el respeto y admiración por el trabajo que se hace en ‘la otra orilla’ es comprobable por el intercambio de conocimientos. Jorge es un ejemplo de ello. Su mentalidad europea del baloncesto es gratamente recibida por Mike Jarvis. Su presencia en los entrenamientos no es para nada testimonial y su punto de vista es bien valorado. “Yo no tomo la iniciativa, en el sentido de que no me meto donde no me llaman, pero cuando me preguntan, opino sinceramente”, aclara. Jorge matiza que la estricta legislación de la NCAA en cuanto a entrenamientos (están reducidos por el número de partidos y largos desplazamientos y limitados al curso escolar, por lo que no se permiten en postemporada) restringe el desarrollo táctico de los jugadores. “El baloncesto europeo está muy bien visto, tanto a nivel de fundamentos defensivos como de técnica individual y, en general, de juego sin balón. El sistema competitivo de Estados Unidos hace que por activa o por pasiva se potencie el uno contra uno. En Europa entramos más en los detalles. Se puede decir que aquí los jugadores tienen quizás mayor talento o, sobre todo, capacidades atléticas, pero tácticamente les cuesta mucho más desarrollarse porque no lo abordan adecuadamente antes de llegar a la Universidad. Por poner un ejemplo, en Europa las rotaciones defensivas son algo natural, mientras que a muchos jugadores aquí hay que hacerles un croquis”, advierte este aragonés con conocimiento de causa porque antes de ir a Florida ya había cursado un año en una high school de Pennsylvania. Desde la experiencia Jorge aclara, para los interesados, que no disponer de la titulación española sobre baloncesto no es un impedimento en Estados Unidos, porque para “entrenar además de saber de baloncesto hay que pasar un test que acredita que conoces el reglamento de la NCAA, sobre todo, en cuanto a la regulación de reclutamiento de jugadores y el sistema amateur de la competición”.

A Jorge le encantaría pasar este verano ese examen. Eso querría decir que ha entrado con todas las credenciales en el staff técnico de Florida Atlantic. Lo que tiene claro es que no es un futuro imposible. “La mayoria de los entrenadores asistentes vienen de abajo, han llevado el agua, pasaron a analizar video, siguieron cogiendo experiencia y han ido aprovechando las oportunidades que salen. Con lo que de momento, voy por el buen camino”. Pese a que echa de menos a la familia y “la comida de mi madre”, sabe que su aventura americana acaba de comenzar. “¿Volver a España? Si acabo de llegar”. Porque él sigue persiguiendo esa pelota juguetona, libre, como debería ser la vida de cada uno de nosotros a pesar de todo. Su libertad le encadena voluntariamente al esfuerzo de convertirse en ‘Coach’ Sanz. Y en ello está. Y encima tiene la suerte de que si algún día se olvida de cuánto le ha costado llegar hasta allí, de lo que ha dejado atrás, sólo tiene que meter su mano en el bolsillo para hallar la medida de su sueño.

*A este reportaje se le añade un artículo de opinión publicado en la Revista de la FAB que podéis leer aquí

12
May
11

El grandullón de la abuela Jessie


A Jessie Mae le gustaba ver a su familia feliz. Disfrutaba viendo corretear a todos sus nietos en el jardín que servía de puerta a su pequeña casa mientras cocinaba sin parar costillas de cerdo. Para la abuela Jessie ese era su particular cielo que cercaba el mal que gobernaba en ese suburbio del Sur de Detroit. En un entorno de droga, delincuencia, coches robados, balas pérdidas, una buena barbacoa de domingo era una bendición. Entre todos los niños, dos hacían brillar los ojos de complaciente grandma. Lewis era el listo, el espabilado, el chico que se iba a comer el mundo con la misma facilidad que su primo Rob, el grandullón, liquidaba una bandeja de costillas de la abuela Jessie.  Robert era seis años menor que Lewis pero nadie lo diría. Su cuerpo, por encima de los dos metros y de los 150 kilos, le hacía destacar a la vista y le había regalado dos cosas: la oportunidad de destacar en el baloncesto en un instituto local (fue al McDonalds junto a Garnett, Carter y Pierce) y un apodo que le acompañó toda su vida, el Tractor Traylor.

Ese mismo cuerpo fue hallado ayer sin vida tendido en el suelo de su dormitorio por el conserje del condominio Mar Bella en el que vivía frente al mar en Isla Verde, una zona residencial de Santurce (Puerto Rico). Sus compañeros de equipo, los Vaqueros de Bayamón, habían intentado sin éxito contactar con el ala-pívot de 34 años después de que su mujer, residente en Chicago junto a sus dos hijos, les avisase después de que se cortase repentinamente la conversación que mantenían por ordenador. Al no encontrarse signos de violencia, la policía determinó que la muerte fue natural y provocada por un fallo cardiáco (infarto de miocardio) que se había producido no más de diez horas antes del mortal hallazgo. El jugador había sido sometido a una delicada operación para corregir un defecto en la arteria Aorta en el 2005. Sin embargo, el cuerpo será sometido a una autopsia antes de ser trasladado a Estados Unidos para su entierro. Traylor se había ausentado esta semana de varios entrenamientos y no había viajado con su equipo a Quebradillas al último desplazamiento alegando que no se encontraba bien, que le costaba respirar, según informó El Vocero citando a un dirigente de los Vaqueros, líder de la BSN puertorriqueña. Traylor estaba inactivo debido a una lesión de talón de la que se estaba recuperando y el lunes había faltado a una sesión de rehabilitación. Los Vaqueros tenían previsto jugar hoy ante los Indios de Mayagüez, pero la BSN decidió aplazarlo en señal de duelo, según informó el Licenciado Carlos Beltrán, presidente del organismo.

Este es el final de la trayectoria de un jugador al que le persiguió su gruesa silueta. Como a Mel Turpin (se suicidó hace menos de un año), Stanley Roberts (la leyenda dice que trabaja de matón en Texas) o Oliver Miller (recientemente detenido por agresión), la historia de Robert Traylor estará marcada por el filo de la aguja de una báscula y de la polémica que terminó por arruinar ese proyecto de jugador que deslumbró al mundo cuando rompió el tablero en un partido ante Ball State (ver vídeo). Esos fueron sus mejores momentos, como jugador de Michigan, heredero Wolverine del fabuloso Fab-Five y compañero de vestuario de Maceo Baston o Louis Bullock. Posteriormente hasta esta etapa de gloria fue manchada por la controversia, al estar su nombre incluido en la lista de cuatro jugadores (Chris Webber, Maurice Taylor y el propio Sweet Lou) que aceptaron dinero del benefactor Ed Martin (unos 160.000 dólares en el caso de Traylor) para alistarse en la universidad de Michigan, algo que incumplía las normas amateur de la NCAA. Debido a este affaire, los registros estadísticos de sus tres temporadas como Wolverine fueron borrados oficialmente, así como sus MVP (NIT y Big Ten).

El trastorno del escándalo no evitó que ocupase el sexto puesto en el draft ’98 elegido por los Mavs, que rápidamente lo traspasaron a Bucks por Pat Garrity y los derechos de Dirk Nowitzki. Traylor nunca se aposentó entre los profesionales debido a sus continuos problemas de sobrepeso. 438 partidos en siete temporada entre tres franquicias (Milwakee, Cleveland, Charlotte y New Orleans). El reloj profesional se paró cuando se le diagnosticó un problema coronario que tuvo que ser corregido en el quirófano. Era 2005 e iba a firmar con los Nets, pero ya nunca más volvería a vestirse una camiseta de una franquicia de la NBA (4.8 puntos y 3.7 rebotes). Traylor concluyó su periplo en Cleveland (jugó la Liga de Verano con ellos en 2008 en un último intento por reengancharse a la NBA), donde coincidió con un joven Lebron James, que ayer, tras sentenciar a los Celtics con una racha soberbia en los minutos finales, se arrodilló sobre el parqué para rezar una plegaria por su amigo. “Que descanse en paz Tractor. Otro de mis ex compañeros de equipo muerto a tan temprana edad”, escribió El Rey en su twitter.

La desconfianza que siempre rodeó a su rotundo físico le cerró las puertas de un regreso en una Liga que recordaba la desgracia de Reggie Lewis. Traylor tuvo que estar un año parado para decidir irse al Fin del Mundo, a Finisterre, a Vigo, para encontrar una segunda oportunidad. En el colista de la LEB-2 (2005-06), Traylor se plantó para firmar un contrato condicionado, a prueba. Ni esta precariedad le borró su sonrisa y el agradecimiento de una oportunidad a un club y una ciudad de la que se enamoró y donde se le recuerda con cariño. El idilio de diez partidos no terminó tan bien deportívamente (descenso) pese a sus números sobresalientes (13.9 puntos y 9.6 rebotes), pero fue la primera huella de una senda que llevaría por Turquía (2008), donde fue el mejor pívot de la TBL con el Kepez Bld Antalya (14.3 puntos y 8.4 rebotes), e Italia, donde de nuevo la mala suerte le hizo topar con un club que no le pagó, ese Martos Nápoles (2009) que terminó jugando con juniors.

Pero donde realmente Robert volvió a ser feliz fue en las playas del Caribe. No está mal el sitio. A Puerto Rico llegó tras su experiencia en Vigo gracias a una oferta de los Cangrejeros de Santurce, con los que consiguió el título de Liga. En las últimas temporadas se había pasado a los Vaqueros, son los que el año pasado logró el subcampeonato y el título de mejor defensor. Esta temporada, tras una estancia en los Halcones de Xalapa mejicano dirigidos por el canario Iván Déniz, había logrado 81 puntos y 63 rebotes en diez partidos.

Traylor, en Vigo, mostrando su mejor cara

Su primo avispado, Lewis, recibió ayer la noticia en un correccional de Florida. El chico avispado de la abuela Jessie tomó el camino fácil, el torcido, el que se esconde en cualquier esquina de un suburbio americano. La policía lo detuvo en el 2004 siendo considerado el mayor traficante de la historia de Míchigan. Los agentes estatales asumen que traficó con cocaína y marihuana por valor de 178 millones de dólares. Traylor ganó durante su carrera en la NBA ‘solo’ 11 millones, suficiente para entrar en los planes de su familiar, que implicó al Tractor en la compra de dos inmuebles cuya intención real era blanquear las ganancias del tráfico de droga. Robert se enfrentó por ello, y por evasión de impuestos, a una pena de dos años de cárcel que condonó por cooperar con las autoridades y por su intachable  reputación como ciudadano. Porque, tras la muerte de la abuela Jessie, esa que se sentaba detrás del banquillo de los Wolverines para animar a su grandullón, era Traylor quien organizaba para los vecinos y chicos de su barrio las famosas barbacoas de su familia.

07
Abr
11

Como pasar de la NCAA a la NBA hecho un campeón


Pregunta de Trivial. ¿Qué tienen en común Bill Russell, Henry Bibby, Magic Johnson y Billy Thompson? Pensar, pensar…

Seguro que algunos lo habéis acertado y los que no tengáis ni idea no os preocupéis que para algo está este post. Los cuatro nombres propios de ahí arriba confluyen en una anécdota. Ambos se podrían haber retirado tan panchos con veintipocos tras lograr en un ‘plis plas’ (siempre me gustó esa expresión) la doble corona del básket americano. Este cuarteto es el único que ha logrado de forma consecutiva el título de la NCAA y el de la NBA. Habrá que esperar a la próxima temporada para saber si se podrá alargar el club, dado que ningún miembro de Duke, campeones en el 2010, está en ningún roster profesional de la NBA (ni Brian Zoubek ni Jon Scheyer completaron el salto). ¿Lo lograrán si no hay lockout y pasan el draft Kemba Walker, Alex Oriakhi o Jeremy Lamb?

Volvamos al principio. Y eso, como en muchas otras cosas, es referirse a Bill Russell. Romper barreras era la especialidad de este chico criado en el racismo de Luisiana y que irrumpió en el baloncesto para cambiar el orden de las cosas, algunas reglas de la NCAA incluídas. Antes de que Red Auerbach logrará una jugada maestra y unirlo a los Celtics en el 1956, el miembro del Hall of Fame había logrado dos títulos consecutivos de la NCAA con promedios que superaban la veintena en puntos y rebotes con la Universidad de San Francisco (ver vídeo de Russell en SFU) junto a un tal KC Jones. Para colmo, ese verano se colgó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Montreal antes de obtener el primer de sus once anillos como miembro estelar de los Orgullosos Verdes (ver archivo de NBA.com). Como rookie promedió 14.7 puntos y 19.6 rebotes.

El testigo de Russell lo tomó otro apellido reconocible: Henry Bibby, actual entrenador asistente de Lionel Hollins en los Grizzlies (antes Sparks, USC…) y padre de Mike, base de los Heat. Antes de obtener estos dos ‘titulos’, Henry fue el base titular del para muchos mejor conjunto que ha pisado un parqué en la NCAA. John Wooden condujo a los Bruins de UCLA a diez títulos universitarios entre 1963 y 1975, siendo Bibby el base titular en tres de estas conquistas (1970-1972) y ejecutando el conocido sistema UCLA con los bloqueos de Bill Walton. Tras licenciarse como senior y ser drafteado tanto en la NBA como en la ACB en segunda ronda, el base de North Carolina terminó ingresando en otro equipo mítico, el que llevó al anillo a los Knicks. Bibby fue el guardaespaldas de Walt Frazier y Earl Monroe (4.2 puntos en 8.2 minutos) en el último campeonato que se celebró en el Madison (1973) antres de emigrar por otros equipos y terminar en la CBA, Liga que también ganó (ver estadísticas en NBA).

Y qué decir de Magic Johnson, un hombre nacido colgando de una sonrisa. La historia de este chico de Lansing está cargada de galardones, pero quizá sea el transcurso de esta anécdota la que marca gran parte de su exitosa carrera. Aquella recordada final de la NCAA de 1979 entre los Spartans de Michigan State y los granjeros de Indiana State es uno de los partidos que los buenos aficionados guardan en su videoteca y supuso el nacimiento de una de las rivalidades que elevó la NBA a categoría internacional: Magic vs Bird. Johnson se llevaría esa batalla (ver el desenlace de la Final) y se uniría al nuevo proyecto de los Lakers de su nuevo propietario: Jerry Buss. El Showtime nació de la punta de sus dedos (18.7 puntos y 7.6 asistencias en su primer año, pese a ello el ROY fuera para Bird) y tuvo un remate de temporada sólo aplicable a los ídolos y que es una de las anécdotas que más se recuerdan en su biografía. En el sexto partido de las Finales ante los Sixers, con Kareem lesionado, Paul Westhead decidió que el rookie entrase como pívot titular. Magic repitió todas las rutinas que su ídolo de juventud seguía en todos los partidos y en la pista se comportó como lo que era, una gran estrella (42 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias, ver vídeo). Historia del básket (ver estadísticas de Magic en la NBA).

Billy Thompson (55)

El último en conseguir este ‘doblete’ es quizá el nombre menos estelar, pero igual se merece un recordatorio. Billy Thompson era un alero de 2.00 criado en New Jersey y que llamó la atención desde la época de la high school, participando en el prestigioso Torneo McDonalds. Reclutado por la Universidad de Louisville, con los Cardinals completó todo el periplo universitario, venciendo a Duke en la Final Nacional de 1986, siendo el máximo anotador de ese equipo (ver ficha de los Cardinals). Ese verano se presentó al draft (nº 19), siendo elegido por los Hawks, que lo traspasarían junto a Ron Kellogg a los Lakers a cambio de los servicios de Mike McGee y Ken Barlow. Thompson se integró en el ‘showtime’ como suplente de Worthy y jugando 12 minutos (5,6 puntos) por encuentro (ver estadísticas NBA). Fue integrante de los Lakers que lograron los campeonatos de 1987 y 1988, aunque este año una lesión le privó de una progresión mayor y formó parte del draft de expansión con destino a Miami, donde firmaría dos temporadas por encima de los diez puntos en los recién creados Heat. Terminó su carrera en el Hapoel de Jerusalen y se retiró jugando en el Peñarol de Mar del Plata argentino.

06
Abr
11

De Jacob Tucker a Jay Chou (vídeos)


Leer no está de moda. Mejor dejarse los ojos delante de una pantalla con cuatro vídeos mal colgaos. Esa es la filosofía baratuja, por lo menos hoy, de Puertatrás. Dejémonos de análisis concienzudos y vayamos directos a la tontuna. Una selección de productos audiovisuales para pasar el ratillo y considerar que el baloncesto tiene una cara B Lamar (guiño, guiño, guiño) de divertida.

Terminado el chorreo de la NCAA con una soporífera final entre los ‘fallo todo debajo del aro y un poquillo más lejos, también’ Butler y los perrillos de Uconn, llega el momento de revisar lo mejor del March Madness. He encontrado por la red alguna recopilación gloriosa, pero nada que ver con el momentazo de gloria que vivió este chaval de Illinois en el concurso de mates de los mejores saltimbanquis de la Liga Universitaria. El pipiolo se llama Jacob Tucker y no llega al 1.80 de estatura, pero es capaz de machacarla como una bestia parda. El base de Illinois College tiene registrado un salto vertical de 125 centímetros y es capaz de hacer ‘volcadas’ como estas, con las que venció en el Concurso de Mates previo a la Final Four. Que los blancos no la saben machacar es un dicho pasado de moda, pero con Jacob toma un nuevo significado. Brutal.

El guiño de antes iba por esta perla. En otras ocasiones hemos mentado en este nuestro blog la presencia fantasmal del reallity de Khloe Kardashian y Lamar Odom. Esta fascinante pareja, finalmente, saca a la luz su vida privada, algo que todos los amantes al básket estábamos esperando como agua de Mayo. Aquí os dejo las primeras imágenes del capítulo inaugural, en el que la guapa de origen armenio tiene celos del mejor amigo del alero de los Lakers. No me digan que no tienen más ganas de enchufarse a esta serie de que empiecen los playoffs.

Sigamos con los Lakers. Pese a que Stoudemire vuelva a la carga con el sambenito de que Pau es blandito y que los Nuggets le añadieran un segundo borrón a su casi inmaculada racha desde el All Star, la verdad es que los angelinos siguen estando en plena forma. Kobe Bryant no aparece en las listas de candidatos al MVP, pero su tirón es incuestionable allá por donde pisa. Aprovechando el parón del All Star, la Mamba Negra se las ideó para grabar un vídeo clip para el cantantes juvenil Jay Chou, una especie de Justin Bieber chino con un toque de hip hop neocomunista y gusto por los malabarismos entre las artes marciales y el baloncesto de playground. Kobe se presta a hacer un largo cameo con el asiático, mercado que no hay que despreciar, cantar algún verso y posar finalmente para Sprite, que es lo que importa. Una rareza.

Otros de los que ya hablamos en Puertatrás fueron de los Lebrons, la serie animada que se centra en la figura del alero de los Heat. Mañana se estrena en su propio canal de Youtube, desde donde podrán ver los episodios. Lebron se encarna en cuatro personajes diferentes, que engloban su personalidad: el niño, el atleta, el hombre de negocios y el abuelo. Una auténtica chorrada que suponemos será infumable y cuya sentido no es otro que vender camisetas y accesorios. ¿Cuánto durará el invento?

 




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