Lebron, Jordan y los demás


Jordan o Lebron. Papa o mama. Estos debates suelen encender a los puretas, a aquellos que creen que como antes no hay nada. Que cómo crujía el pan de la infancia untado en nocilla, que si nevaba más y mejor cada enero, que si nos quedaban chachi piruli los pololos o los chándales de tergal. Lo que quieras. La nostalgia manda. Quizá sea verdad y nadie pueda superar la mitología de MJ23. Argumentos haberlos ‘hailos’. Que si él tumbó a Magic y Bird, a Thomas y Barkley, a Olajuwon y Ewing, que siempre que quiso logró el anillo, que no hubo competidor como él. Siempre fue el ídolo total. A King James le ha perseguido una fama de presuntuoso en sus inicios, de traidor en su Florida pubertad y de héroe at home en su regreso a Akron. Ahora encima es el viudo emocional del legado de Kobe. Se ha redimido de sus pecados de juventud.

Personalmente me gusta bien poco esos agravios estadísticos, esos mensajes facilones que partido a partido, en una especie de cholismo mentiroso, afirman que la actuación de este jugador no se repetía desde la construcción de las pirámides. Así se encumbra a Harden o a Doncic, enormes peloteros, que orbitan en galaxias aún lejanas del Olimpo. No han ganado nada. Son héroes, no Dioses.

Realmente lo que me preocupa y me lleva al teclado es la poco oportuna definición individual de los triunfos en baloncesto. Porque este sigue siendo un deporte en equipo. Que Lebron y Jordan son la leche, infinitos, pero ninguno de ellos podría ser sin los otros, sin sus compañeros y sus entrenadores. Este foco personal se entiende en la dicha por la comparación y en la luz publicitaria, pero no en un término deportivo justo y educativo.

Repasemos la nómina de grandes campeones de la NBA y veremos que su asalto a los cielos nunca fue en solitario. En su cordada hubo otros sherpas que en muchos casos terminaron en el Hall of Fame. Por ejemplo Bill Russell, el primer Señor de los Anillos, obtuvo sus once campeonatos junto a Bob Cousy, Tom Heinsohn, Frank Ramsey, Bill Sharman, Sam Jones, KC Jones o John Havlicek, todos con cartelito dorado en Springfield.

¿Seguimos? Porque si miramos más adelante quizá Wilt Chamberlain no hubiera sido lo mismo sin Hal Greer, Gail Goodrich o Jerry West. Con ellos se engarzó sus dos arandelas doradas. Su sucesor en las alturas, Kareem Abdul Jabbar se acompañó en sus éxitos de Oscar Robertson, Spencer Haywood, Magic Johnson, Jamaal Wilkes, Bob McAdoo y James Worthy. Nos sirva la referencia al gancho más famoso de la historia para encuadrar la visión global de Showtime ochentero y su acumulación de Hall of Famers.

Mismo encuentro con Larry Bird. Su carrera no hubiera sido la igual sin Kevin McHale, Robert Parish, Nate Archibald, Dennis Johnson o hasta Bill Walton.

Nos adelantamos a las cercanía. ¿Qué pasa con Kobe? Pues que se alió con Shaquille O’Neal y Phil Jackson en sus tres primeros anillos y luego tuvo como compañero a Pau Gasol, entre otros futuribles a un lugar en la historia, y repitió con su entrenador fetiche.

No paramos sin analizar al bueno de Michael Jordan. El mejor para muchos tuvo que rondar con Scottie Pippen, Dennis Rodman y, obviamente, con Phil Jackson. Sin contar a Kukoc, Grant, Paxson o Harper, sin puesto en el HOF pero sí en la memoria del aficionado.

La lista de Lebron no es menos corta. En Miami estaba a cargo de Dwayne Wade, Chris Bosh y Ray Allen, en Cleveland se puso al lado de Kyle Irvine y en Los Angeles sus lugartenientes son Anthony Davis, Rajon Rondo o Dwight Howard. Casi nada.

Y podemos seguir con otras leyendas que sin lo mejor de los amigos al lado no hubieran podido atender a la gloria. Con estos compañeros del cielo del baloncesto, de la historia, pero también de otros que bajaron el culo para defender, cerraron el rebote, anotaron el triple liberado, forzaron la falta en ataque, insuflaron apoyo cuando no jugaban, pusieron el bloqueo cuando tocaba o llegaron a la ayuda imposible.

Porque por encima del brillo de los más grandes siempre cabe recordarle a los más pequeños, a aquellos que aprenden a jugar al baloncesto, a jugar con los demás, que este deporte y esta sociedad es una cosa de todos. De Lebron, Jordan y los demás.

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