La leyenda del hombre tranquilo


El Isábena se congela en estas fechas. Debajo de la capa de hielo aún circula el río que avanza silencioso hacia su desembocadura en el Ésera. Hace frío. Los siete niños de la escuela se aprietan en el transporte que les lleva a un colegio que se ha quedado muy grande por la despoblación y el envejecimiento del valle.

Roda es precioso, un lugar único, el más pequeño en España en tener una catedral, cabecera del Obispado que luego voló a Lleida con los Bienes. Un rincón con apenas decenas de vecinos que se multiplican con los festivos y el estío, cuando el Isábena se quita el resfriado y baja ágil hacia Graus y su destino empantanado.

Si preguntas en el lugar no todos se acuerdan de Pep. Hace tiempo que ya no pasa por ahí, aunque no muchos forasteros calzan los dos metros por esos parajes ganaderos y truferos, de excursión entre la soledad, de montañas con sonidos a viento y alma. Quizá por eso fue la elección familiar del refugio vacacional. O quizá porque se parezca a Sant Joan les Fonts, con ese mismo puente medieval, ese aroma a nieve derretida en primavera, a resina de pinar en invierno y a camino de barro en otoño.

Pep Cargol es ese hombre tranquilo del que no extraña que se perdiera por Roda entre temporadas y canastas. Que tampoco extraña que se decidiera por Zaragoza, la ciudad de su mujer, cuando se retiró, precisamente, tras jugar en la primera aventura del ‘nuevo CAI’. Ese mismo hombre que te ponía a tono los tobillos en una salita de CDM Pepe Garcés o leía en la radio las estadísticas de LEB sentado junto a Dani Agüelo con pelo y Álex García más cercano a la edad que cita su cara adolescente.

Ese hombre, sí, tranquilo en la reiteración y en calma al que Pepe Arcega presentó en un bar cerca de la Romareda y que hubiera seguido algún añito más. Que sonó incluso antes para jugar en el Stadium Casablanca, en EBA. Ese padre de tres hijos al que no es difícil ver por las canchas escolares de Zaragoza. Ese entrenador de esa cantera que empezaba a reverdecer con la camiseta del Olivar y el corazón rojo al latido de Abós. Ese asistente de su amigo Joaquín, de su profesor Casadevall y del ‘salvavidas’ Luis Guil, que tuvo que pasar a primer espada en una corrida con Miuras cuando le cayó la destitución a Jota Cuspinera. Ese técnico, que sin mucho garbo (5-11 fue su balance) pero más oficio, sacó a esa plantilla de una edificio que se derruía con Gary Neal como único bombero cualificado.

Cargol mantiene ese paso pausado y esa silueta recortada que persiguió Larry Bird en esa condena que fue el Open McDonalds del 1988, el primero en que se soñó con ganar a un NBA. Ese chaval que con quince años marchó con su hermano Xavi a Barcelona, al que entrenó Andreu Casadevall en Santa Coloma y Manel Comás hizo debutar en la élite antes de irse aún junior a la ‘Casa Blanca’ para ser el ‘anti Andrés Jiménez’. Un catalán de pulso cardíaco lánguido que escucha a Manel, el grupo, en la intimidad y cuya canción favorita es ‘Paraules de amor’ de Serrat.

Larry y Pep

Pep Cargol es el hombre por el que pocos, o quizá nadie, menos yo, apostaba como arquitecto del mejor Casademont de la historia. Es el Director Deportivo invisible y susurrante, como el Isábena helado, que está haciendo de lo extremadamente fácil lo imposible. El DT del equipo que colidera con el Barça y su Madrid la Liga Endesa.

Ese tipo sosegado que ha decidido que su línea es la recta, no caer en las curvas de lo y los desconocidos. Sin inventos, con poca gracia, que ni pretende. Un dato revela su ecuación: De sus quince fichajes en estas dos temporadas únicamente tres no tenían pasado ACB y de ellos, se puede decir que en dos ha acertado en su elección de melón por abrir: Stan Okoye y Javier Justiz (el otro es Johnny Berhanemeskel, que cumplió).

Mejor fichar bonito y conocido que mejor por conocer. La lista de susfichajes atesora toneladas de partidos en la Liga Endesa: Fran Vázquez (607 partidos y 17 temporadas), Rodrigo San Miguel (446 partidos y 14 temporadas), Nacho Martín (297 partidos y 11 temporadas), Nemanja Radovic (148 partidos y cinco temporadas), Latavious Williams (100 partidos y cinco temporadas), DJ Seeley (71 partidos y tres temporadas), Seibutis (68 partidos y dos temporadas), Robin Benzing (62 partidos y dos temporadas), Tryggvi Hlinason (50 partidos y dos temporadas), Nico Brussino (46 partidos y dos temporadas) y Dylan Ennis (39 partidos y dos temporadas). Más Fabio Santana (6 partidos en dos temporadas).

Alguien que ha hecho retornar como veteranos a cuatro jugadores que ya sabían perfectamente dónde venían, un hijo prodigo eterno como Rodrigo San Miguel, un ‘combo’ hambriento como Dylan Ennis y dos especialistas con roles definidos y veteranía como Robin Benzing y Nacho Martín.

Un ‘manager’ cuyas incorporaciones en mitad del curso y con el viento a favor no han sido experimentos con gaseosa Tigre, ni jugones con cartel NBA o Euroliga y rodillas destrozadas ni motos sin cadena, sino un helicóptero Williams y un Ennis dejando los casinos de Mónaco encantado por la niebla y cierzo del Ebro.

Un señor cuya filosofía no deja con la boca abierta a nadie, para que tampoco entren moscas ni moscones. Que trajo a un entrenador con más años de mili y cuajo que un legionario barrigudo de Melilla, un Porfirio Fisac que acapara los láser de los focos con su discurso de barrio y autoculpa, mientras Pep marcha entre las sombras del que no quiere ni que le reconozcan. Algo, no reconocerle su meritazo, que sería una soberana estupidez.

Pero la leyenda de este hombre tranquilo es la del éxito de este semifinalista de ACB, de este billete tempranero para estar en la Copa del Rey, de este chorreo de victorias, de esta seguridad, de los 10k en la grada, de este equipo que ilusiona y cómo en la ciudad que siempre soñó con esto. Esa ciudad en la que Pep simplemente quiere ser uno más.

Cargol en la presentación de Dylan Ennis

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