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El ruido de Málaga


Málaga es bella. Málaga es el jolgorio de verdiales y petardo de la Feria de día. Málaga son sus cofradías de cristo y banda de corneta aguda de llanto de Semana orgullosa. Málaga es La Rosaleda celebrando un gol de una gaviota. Málaga es el Pimpi Florida cantando una de Rafael. Málaga es una terraza en Pedregalejo atestada de turistas. Málaga es la garganta de Diana Navarro y de Antonio Molina. Málaga es Chiquito zapateando por la cornisa del Guadalmedina. Málaga es su gente, alegre, juerguista, veraniega en diciembre, culta, currante y amada. Málaga es la risa.

Dicen que Málaga es ciudad de baloncesto. Su Unicaja verde, recuperando su bandera y su Euroliga. Es el hervidero de Los Guindos, es Cabezas, Berni y Gabriel, es Alberto Díaz y Domantas Sabonis. Málaga es el Carpena encendido. Dicen que Málaga es baloncesto.

Si leen los párrafos anteriores no sólo verán a Málaga, también la escucharán. Sonidos definidos de ciudad, vecinos, alegría y deporte. Esa sinfonía que ahora me duele. Recuerdo el ruido de Málaga, el roce del balón sobre el cemento, la chiquillería correteando, el golpe seco del aro, el pitido aleccionador y la zapatilla resbalando. Ese que ahora cierra colegios y deja a niños y niñas sin jugar. Sin soluciones.

Las denuncias aisladas han hecho que cerrase ayer la familia del club Puerta Oscura bajo la presión de una querella penal. No pueden pagar la multa de 12.000 euros que consta en la ordenanza municipal por exceso de decibelios. A partir de las 20:00 deben callar porque a alguien le molesta las risas del deporte. Hace unas semanas fue el Adesa quien tuvo que clausurar sus sesiones en el Lex Flavia por el mismo motivo. Otros clubes que entrenan al aire libre, en colegios e institutos de la ciudad, sienten la amenaza del candado desde antes del verano. Mientras esto ocurre la mejor idea que se le ha ocurrido al Ayuntamiento de Málaga es señalar a la Junta, al rival político, como responsable por competencia educativa y no firmar hasta septiembre, ya con el problema en ebullición, el convenio que regula el uso de las instalaciones escolares por entidades deportivas, y que permitiría a estas permanecer hasta las 22:00 entrenando en las mismas. Tarde una acción que podría haber servido de tiempo muerto para todos.

PuertaOscura

No es la primera vez que el ruido se entromete como frente entre vecinos y actividades lúdicas en Málaga. Hace unos años, en 2011, se decidió que las bandas de Semana Santa tuvieran una excepción en la normativa y pudieran ensayar desde las 20:00 hasta las 22:00 por ser un ‘hecho singular’ y subrayar el valor cultural y social de la tradición de la ciudad. Quizá tomar una medida similar con entidades deportivas que pretenden propagar buenos hábitos entre los adolescentes podría entenderse como lógica, dentro de respetar ciertos límites entendibles en el descanso de los malacitanos.

El cierre de clubes está empezando a hacer ruido. Periodistas, entrenadores, jugadores, entidades, agentes deportivos y sociales están propagando la indignación de una decisión a todas pintas desmesurada y que deja claro que los renglones de la normativa tienen grietas miserables. Levantar la voz suele ser una buena forma de que los que deciden se quiten la venda de los ojos y empiecen a escuchar a la realidad.

El ruido de la indignación hace que ahora se contempla la insonorización de los patios y se prometen obras inminentes,  inversión que se alargará en el tiempo y que podrían haber sido acometidas desde hace meses. El gasto, ya sabemos, recaerá en la saca común de los malagueños y será un apaño ante otra realidad que subyace dentro de este debate: la falta y mala gestión de pabellones polideportivos municipales en Málaga y el olvido del deporte popular durante años y años.

En tiempos de caceroladas y disturbios, la palabra diálogo está siendo introducida en el diccionario de los políticos con significados interesados. Quizá en su mención pura y no pervertida, ese diálogo podría ser una solución más digna y humana para dejar que los chavales vuelvan a las canchas. Primero para entender si es un conflicto individual, de un tiquismiquis o de un currante madrugador, o realmente influye a un colectivo mayor, a una comunidad,  una barriada o a una asociación vecinal. Entablar un canal de entendimiento entre el vecino molesto, ver sus circunstancias reales y si la solución recae en ellas, y los clubes sería un canal más apacible que poner multas, querellas y candados a la espera de muros. Quizá si a ese vecino se le explicase qué es lo que hacen los de ahí abajo y los de abajo entendiesen que hay límites para el descanso quedaría todo más claro. Porque los de arriba tienen que darse cuenta que los de abajo no sólo hacen ruido, evitan que esos jóvenes estén a esas horas con el botellón en la mano, atontorrándose ante una pantallita, se sociabilicen contra el ‘bulling’ y la intolerancia, busquen respuestas en la cooperación como equipo, cuiden sus cuerpos y sus mentes, sean una familia de deporte y amistad. Sean Málaga.

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