19
May
14

Que hace un rival como tú…


 

Tengo que confesar que un día Cargol me tocó una pierna. Nada de frivolidades. El linimento nos separaba y su intención no era más que hurgar en mis ligamentos en busca del origen del dolor que me azuzaba la rodilla. Tumbado en esa camilla, viendo las estrellitas, incluso en ese momento entre fisioterapeuta y paciente no podía ver en él otra cosa que a ese señor vestido de blanco, de corto, colgándose del aro del pabellón Príncipe Felipe. Esa fotografía de Pep Cargol machacando la última canasta de esa Final Four de Zaragoza persigue al ahora entrenador de El Olivar y al madridismo entero. Fue hace 19 años, en el 1995, cuando la bandera blanca se coronó en lo alto del olimpo del básket europeo y nunca más se supo. Tan lejano queda que no es que ya se hayan retirado todos los jugadores de esa plantilla, sino que este año ha debutado en la Liga Endesa el hijo de su máximo exponente, Arvydas Sabonis.

Hace unos meses entrevistaba a Nikola Mirotic. Era una mañana en Pozuelo. Tranquila, de cielos celestes. En la trastienda los chicos de Informe Robinson estaban grabando una maravilla con El Chacho. Mirotic contestó con serenidad y como los toreros valientes, sin esconderse tras el capote de los tópicos. Quedaba trecho por delante, pero no ocultaba que este año su objetivo principal sería la Euroliga. En uno de los costados de la pista, en un panel reposaban una colección de fotos antiguas con hombres de hombros anchos henchidos de gloria. Todo apuntaba a que esos que empezaban su calentamiento frente a mis ojos de tigre se reservaban un espacio en esa pared.

real-madrid-copa-europa-1995

Pero llegó Milán y el Maccabi para tintar de amarillo esa página escrita en blanco que vuelve impoluta al cajón donde también se amarillea la foto de Pep Cargol. Con el guión escrito para la ‘novena’ los reglones se torcieron en los arreones individuales de Hickman, los triples de Smith, las diabluras de ‘playground’ de Rice (26 puntos y sin un Draper que le hubiera podido retar en el recreo de The Wire), los vuelos en caída libre de Tyus y la defensa espiritual de Blu y Pnini. Demasiadas frases inverosímiles que no cuadran con los titulares que se presentían de lo que iba a ser. Quizá esa improvisación, no identificarse ante el rival esperado (el CSKA, por ejemplo, o el Barça como se vio el viernes) desubicó a un Real Madrid que pecó de verse seducido por el reflejo que tenía enfrente. El Madrid jugó los últimos minutos al ritmo individualizado que marcaban los exteriores del Maccabi, con demasiadas acciones en primera persona y no en términos corales, aquellos que le hicieron exhibir un estilo campo abierto y libre albedrío, con ejecutores múltiples, de anotación fácil y seducción total. Todo se esfumó porque se perdió esa identidad en una lucha interna por querer ser el protagonista de la noche, donde Sergio Rodríguez (21 puntos)  y Nikola Mirotic, queriendo hacer lo que no había hecho en la primera parte, tomaron el timón de la remontada y Rudy Fernández (4/11 en tiro con un dedo a la virulé) y Sergio Llull (0/7 jugando al escondite) quedaron descoloridos en una encerrona planteada por David Blatt con alma de guerrilla.

Pero pienso que el Madrid empezó a perder esa final ante Zalgiris. La derrota en Lituania en la última jornada del Top 16 envió al Madrid a una eliminatoria trampa ante el Olympiakos. Los 36 puntos de Justin Dentmon ese día en Kaunas fueron un preámbulo de la batalla que al equipo de Pablo Laso le esperaba en cuartos por entrar en la Final Four. Esos cinco partidos casi sin respiro, con dos derrotas de desgaste en Atenas, pusieron el ritmo NBA el calendario que quedaba por delante. Una cuenta atrás sin pausas  que desfondó y desenmascaró a un aspirante que parecía intratable y directo a romper en pedazos esa foto de Cargol. En ese largo tramo hasta Milán recuerden que mediaron otras dos derrotas dolorosas ante el Valencia y el Barcelona, los dos perseguidores en la Liga Endesa que se atrevían a creer que la distancia con los de blanco no es tan insalvable. En ambos encuentros, los jugadores del Madrid se mostraron nerviosos, superados por los acontecimientos y señalando a los árbitros como la parte contratante de sus males. Este último tramo ha generado unas dudas que el proyecto blanco había avistado como muy cerca en Pernambuco durante toda la temporada. Lejísimos. Esos brotes de dudas los puso a fuego de caldera el Maccabi con su ímpetu sin temores, la remontada en una emboscada como filosofía y una grada que ardía.  Bien hubiera cambiado el calor de Tel Aviv por el frío táctico del CSKA.

El viernes, mientras Rice volaba (haciendo pasos) para meter la canasta que aniquilaba las ansias de revancha de Messina, en Las vistillas de Madrid, Burning ejecutaba un concierto dentro del programa de las desteñidas fiestas de San Isidro. Los macabeos rompían la norma y ponían en una aprieto los planes triunfales de los chicos de Laso. Quizá en esos momentos, antes de que el Madrid sacudiese a un Barcelona sin identidad (sin Navarro), sonarán los acordes de ‘Qué hace un rival como tu en una final como esta’… Siempre nos quedará Zaragoza, verdad, Pep.

 


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