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Ago
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¡O-shi-riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!


¡O-shi-riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

La respuesta fue la deseada. Las carcajadas rebotaban entre los tableros mientras los niños intentaban sentarse sin dejar de botar. Escuchar a un adulto gritar la palabra ‘culo’ activa el resorte de la risa en cualquier niño del mundo. Aunque sea un tipo de Zaragoza ‘charrando’ en japonés. En Madrid o en Tokio, donde sea, el baloncesto es diversión. Su naturaleza de juego, su razón de ser antes de ser adulterada por la competición, destroza las barreras del idioma. Deja correr una pelota y la comunicación fluirá con el ritmo del bote. No hay más.

Nueve días en Japón dan para mucho. Para muchos entrenamientos, charlas y clinics. En Tokio, Chiba, Sakura y Tochigi. A eso íbamos Iñigo de la Villa y un servidor, a representar al Estudiantes y al baloncesto español, invitados por unos amigos cercanos y a encontrar a un buen puñado de nuevos colegas. Era devolver la visita que ellos hicieron hace unos meses para aprender juntos y disfrutar enseñando a los chavales. No sabíamos muy bien qué nos íbamos a encontrar: el nivel de los jugadores, el conocimiento del juego, la calidad de la organización, todos esos detalles que empujan hacia el desastre o el placer una experiencia tan diferente al día a día. Suerte que el baloncesto no defrauda por muy altas que sean las distancias entre culturas, que lo son y mucho. Poder intercambiar ideas en un lugar tan exótico como Japón ha sido una experiencia única en lo deportivo, profesional y personal. Siempre satisfactoria cuando de por medio hay una pelota y un grupo de chavales sonrientes.

Clinic en Tochigi

Clinic en Tochigi

Pocos días antes del aterrizaje en Narita, Japón había caído al noveno puesto del AsiaBasket de Filipinas. Lejos de las medallas, las tertulias en las que salía el tema terminaban en resignación y en el optimismo hacia el futuro. La esperanza se deposita en la creación de la nueva Liga (NBL) y el giro paulatino hacia otros métodos de entrenamiento, lejos del modelo americano que impera en el país desde hace décadas. El fichaje de Piti Hurtado por el Levanga Hokkaido, el primer español al frente de un equipo de élite, encaja en esta circunstancia, como la llegada al servicio técnico de la selección nipona del alemán Torsten Loibl.

Su esperanza no es un sueño. Entre los más de 100 jugadores de entre 8 y 16 años he visto un nivel técnico superior al medio de un chico de su edad en España, sobre todo en el uso del bote y finalizaciones. La evolución es mejor entre las adolescentes, pese a que da ‘dentera’ ver como sobrevive entre ellas el tiro con dos manos. No cabe duda de que la base técnica está consolidada y el método de aprendizaje de fundamentos del juego da sus frutos. He ahí el problema. La educación en Japón, el infinito respeto a la tradición, se consolida en la estricta disciplina que roza el maltrato. La figura del entrenador es sagrada y el uso del palo físico un enfermo despropósito no erradicado que está en el debate del educador. El fallo no es una elección y los minijugadores se afanan en alcanzar el grado máximo de ejecución. La frustración del error no es digerida. Los suicidios de adolescentes (más de 1.000 en 2012) son un agujero en una sociedad exigente.

No son todo malos hábitos. No hay entrenamiento que no finalice con todos los jugadores recogiendo el material sin decírselo setenta veces y las filas se hacen solas, aunque a cambio todo ejercicio viene precedido de una serie de pautas repetitivas que dilatan el dinamismo en los entrenamientos. Cuesta entender que para jugar solo necesitas separar en dos a un grupo y tirar una pelota entre dos aros. Les cuesta entenderlo un mundo. Porque estos códigos son una cuestión nacional. En Japón nadie come o bebe por la calle y ni hay un papel en el suelo. Tampoco puedes entrar al parqué con unas zapatillas usadas en otra superficie. Por tradición, te explican.

Todo está controlado. Ordenado. Una habitación de un hotel es un museo de utensilios para todo tipo de cosas. Puedes perder algo en una estación por la que pasan miles y miles de personas al día y volver al par de horas y encontrar el objeto extraviado en el mismo lugar. Lo he verificado. En los largos trayectos de tren, los viajeros suelen echar largas cabezadas para aprovechar el tiempo mientras dejan sin vigilancia sus IPod o tablets sin riesgo a perderlas. Hagan lo mismo en un trayecto del metro de Madrid. Los desplazamientos se hacen con horas de antelación. Llegar tarde es un insulto. Hasta las fiestas están programadas al minuto. Organización marcial. Orden milimétrico.

Entrenamiento en Chiba con Iñigo de la Villa

Entrenamiento en Chiba con Iñigo de la Villa

Es una moneda con dos caras. Desde la repetición se consigue la perfección, como en un montaje de elementos electrónicos en una fábrica de Kawasaki, pero se diluye el pensamiento crítico y la creatividad. Los jóvenes jugadores tienen dificultad para entender el juego y tomar decisiones no guiadas en las que puedan desarrollar su excelencia técnica. Los aplausos cuando se hace un malabarismo con el balón en vez de pasar al compañero solitario no ayudan. Fallan a la hora de pensar y ejecutar algo que no se les ha dicho que tienen que hacer. Lo que realizan no parece saber muy bien por qué lo hacen ni cuándo es mejor decidirse por una u otra acción. En las sesiones faltan ejercicios con situaciones reales de juego, abiertas a varias opciones y eso dificulta la construcción del equipo como un elemento coordinado.

Pero no nos vamos a poner muy técnicos. O no demasiado. Porque quizá este análisis de pizarras, que nos pedían para rectificar y ‘copiar’ nuestro sistema, solo esconde que el baloncesto puede ser algo universal, pero su interpretación contiene matices locales nacidos de la cultura y su hija la educación. Mejores unos para unas cosas y otros para otras, ninguno perfecto y traducible como obra completa. La copia perfecta no es posible sino la adaptación a las realidades propias tras un intercambio de ideas. Pero hablamos de baloncesto y de cualquier enseñanza. En ese diálogo entre culturas se entiende la riqueza del ser humano.

Pero en todo esto no reside la esencia del viaje. Las filosofadas entre vagones llenos de gente mientras el mundo pasa repetido en gris por la ventanilla, la extraña sensación de firmar un autógrafo detrás de otro sin sentirse una estrella, las bromas con Taka o Shin en una taberna de vaso largo, la bondad impagable de Yoshi, volar en un monorraíl o cruzándose Siberia en ‘mejicano’, encontrar un Protos de Moñi en un rincón de polvo, esa sensación de no saber donde estas y que no te importe un pimiento, tener al mejor compañeros de viaje del que aprender, charlar de San Fermín ante unos desconocidos que escuchan interesados… pequeños pedazos que dan valor a una experiencia única y repetible. Por hacer divertir a unos niños jugando al baloncesto. Donde sea.

アップする間もなく


2 Responses to “¡O-shi-riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!”


  1. 21 agosto 2013 a las 17:59

    Bonita experiencia la que compartes con nosotros… Personalmente no me extraña nada de lo que comentas sobra la sociedad japonesa, pues llevo más de una década trabajando en una empresa nipona. No cabe duda que por lo que a la disciplina y el orden se refiere son los putos amos… Precisamente por eso llevan tanto tiempo punteros a nivel mundial en muchas cosas. De todos modos lo que comentas de lo lejos que llevan algunas cosas y lo extremadamente estrictos que son en otras también es cierto… Y además es algo que siempre choca inevitablemente con el carácter latino, totalmente opuesto en ese sentido (unos por mucho y otros por poco…).

    Tal vez por eso nunca terminan de despegar en baloncesto, pues por más mecánica, método y disciplina que le eches, el basket también necesita de improvisación… Y ellos jamás dejan margen a la improvisación; todo debe de estar bien estudiado y preparado con antelación.

    Saludos.

  2. 2 Santi
    21 agosto 2013 a las 21:24

    Me encanta, tenemos pendiente charlar de basket y lo que se tercie con tercios delante y no en la oficina teneindo los dos cosas que hacer, joder


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