08
Abr
13

Educando a una estrella (2)


Muchas caras son conocidas. Serpentear por los grupos que se agolpan entre las dos canchas del BAHK es como hacer una rueda de reconocimiento del baloncesto español. Las sillas se quedan diminutas para encajar los cuerpos de dos metros de muchos exjugadores, algunos metidos a directivos. No faltan los entrenadores de diferentes colores, incluso federativos. “Ese escolta del Gran Canaria está promediando quince puntos en júnior”, desvela un experto técnico.

Se identifica fácilmente a los padres, en primera fila y nerviosos, dando ánimos a sus ‘chicos’. En el balcón superior, la pasarela queda para aficionados anónimos, entre los que se cuela algún agente que se balancea de corro en corro, trayecto que copian algunos periodistas. Varias cámaras graban el partido o buscan la mejor fotografía. Algunas centran el enfoque en los jugadores destacados. En uno de los grupos de conversación se rumorea que el Real Madrid va detrás de un Infantil de primer año del CAI Zaragoza.

La expectación en cada campeonato formativo crece. Quizá la Minicopa es su expresión máxima al estar al acceso de un público y unos medios de comunicación que no suelen elevar la mirada por encima del cerco del básket profesional. Aquí les cae de paso. La organización cifró en unas mil personas la asistencia a la final en Vitoria, número superior al de cualquier Campeonato de España como el de Minibásket y categoría cadete que hace unas semanas se celebró en San Fernando (Cádiz). Controlar este aumento de la presión y diluir sus efectos es un objetivo de los entrenadores y los clubs en la etapa de desarrollo de los jugadores en canteras ACB. El control del llamado entorno, amalgama de factores que rodean al adolescente y que suelen resaltarse solo cuando tienen un efecto negativo, es una de las metas marcadas por las direcciones deportivas y plasmadas en códigos de conducta que guían la experiencia de los educadores  en su toma de decisiones.

Las normativas de comportamiento no actúan únicamente como un regulador del régimen disciplinario y alcanzan cuestiones más amplias y diversas, como el seguimiento lectivo de los jugadores o consejos nutricionales. Su redacción parte en buena medida del sentido común y son herencia de situaciones que se han podido ver o de la prevención de otras nuevas que están apareciendo y pueden afectar al equipo. La irrupción de las redes sociales, por ejemplo, es un tema que se está abriendo en estos momentos y que no es ajeno a la preocupación de los clubs. Esta lista de deberes está presente en el día a día del grupo y son una herramienta educativa al marcar unos límites.  “Hay unas normas de club, que son la parte más básica de comportamiento: de imagen, vestimenta, puntualidad, hoteles… funcionamiento normal de equipo y que tenemos colgado en el vestuario. Por encima de estas normas están las que ponemos en los propios grupos sobre el respeto, sobre el resto de cosas que queremos construir”, explica José Luis Pichel, entrenador del Real Madrid infantil. “En el equipo hay un reglamento. Está dentro de nuestra planificación. Incluye de todo: cómo tenemos que estar en los entrenamientos, que no se puede hablar con la grada, tema de las aguas… Pero también que cuando un compañero cae al suelo hay que ayudarle y si es un rival, igual. Cuando haces las normas sale un listado muy grande, así que priorizas entre las que consideras más importantes  y poco a poco vas inculcándolas en ellos”, señala Rubén Muñoz, del Barcelona.

La confección de este código recae en manos del cuerpo técnico que dirige la cantera y es perfilado por el propio entrenador, sus ayudantes y, en algunos casos, se considera la opinión de los jugadores para elaborar la ley interna que regirá la actuación de todo el colectivo. Es otra forma de involucrar al jugador en la toma de decisiones y hacerle partícipe de un reglamento que elije y debe respetar y acatar por el bien común. “Nosotros establecemos unas normas  porque ellos son muy pequeños, pero hay una serie de temas (puntualidad, minutos de juego…), que sí lo hablamos. ¿Os parece bien que este jugador que llega tarde sea titular o no juega? ¿O se castiga si falta más de dos días? Todo se valora y luego hay excepciones.  Hay actividades sociales, como una Semana Blanca y algunas actividades normales de su edad, que sí les facilitamos que vayan. No son profesionales de esto y tampoco podemos ser sistemáticos”, afirma Sergio Jiménez, del Asefa Estudiantes.

La relación con los padres

La interacción con el entorno también queda regulada, aunque no siempre plasmada en un papel. Los menores, por ejemplo, tienen prohibido hablar con la prensa y hacer declaraciones hasta llegar a la mayoría de edad, como ocurrió con Ricky Rubio durante sus primeras temporadas en la Liga Endesa. Se intenta apartar del foco al jugador precoz para quitar importancia a los mensajes que se dirijan hacia ellos de gente ajena al trabajo del grupo. “Está prohibido que les hagan entrevista. No podemos evitar que les hagan foto. Pero delante de ellos no le queremos dar mucha importancia, para que ellos no se la den. Queremos que se lo pasen bien, que disfruten”, indica Rubén Muñoz.

Más difícil de dibujar son las fronteras que limitan la influencia del círculo más íntimo del jugador, donde entran sus padres y sus agentes deportivos. La relación con los tutores de los menores, factor principal de su educación, supone en ocasiones una fuente de conflicto por divulgar opiniones contrarias a la del equipo sobre el jugador y aumentar las expectativas sobre él. La sinceridad suele ser la mejor forma de vacunar estas posibles situaciones. “Somos bastante sinceros con los padres, le contamos lo que hay porque es más fácil si la comunicación es clara para que sepan cómo está esforzándose el jugador, cuál es su trayectoria, viendo qué previsiones tenemos… Pero pasa como muchas cosas. Es una cuestión de gestión de expectativas. La de los padres parten muchas veces de la irrealidad y esta gestión es la que puede influir al jugador. Esa parte tratamos de ser sinceros, que llegan pocos chicos, que lo importante es el proceso”, indica José Luis Pichel, del Real Madrid.

En los últimos años ha crecido la alarma sobre la imitación de actitudes poco recomendadas y agresivas en las gradas de los pabellones de baloncesto. “La realidad es que en el baloncesto vemos algún caso, pero luego nos vamos al fútbol y decimos, ¡madre mía, no tenemos ningún problema!”, señala José Luis Pichel. Más allá de la comparativa con otras modalidades, los entrenadores entrevistados para este reportaje quieren subrayar que en la mayoría de los casos no hay incidentes con la influencia paterna en sus jugadores y que, por contra, suele ser positiva y refuerza las decisiones del técnico. No cabe duda de que padres y profesores/entrenadores son actores fundamentales en la construcción de los menores y están condenados a entenderse y apoyarse en su propuesta educadora. “Sí se da el caso de padres algo descontrolados, se les llama la atención y se les dice que no están haciendo un beneficio al chico ni al club. Son la excepción. En general, tenemos jugadores buenísimos, pero no viene de serie, viene de casa. Nosotros solo podemos reforzarlo. Si  yo no tuviera un padre que no fuera humilde, no fuera responsable, no fuera serio, yo lo cortaría, porque tenemos una serie de condiciones, o haríamos un plan específico. Hay chicos que se quedan fuera durante unas semanas por saltarse una serie de normas. Esta temporada no se ha dado la circunstancia”, comenta Sergio Jiménez.  El técnico del Real Madrid coincide en esta visión: “Hay padres que perjudican a sus padres en el rendimiento deportivo, pero hay otros que son muy beneficiosos. Que nos ayudan a mantenerlos de una forma excelente. Siempre está la visión del padre hincha o mánager, que llama mucho la atención, pero la cantidad de padres que ayudan y que son la base no se comenta. Y yo me encuentro afortunadamente con mucha más gente que está ayudando que está poniendo trabas”.

Las cuestiones más problemáticas y generales suelen abordarse desde las direcciones de cantera de los clubs ACB, con recomendaciones más que obligaciones, pero cada entrenador gestiona la interacción con los padres en el día a día y marca la línea a seguir en cada caso. Ahí entra el método profesional e individual. A Sergio Jiménez, del Asefa Estudiantes, le gusta hablar directamente con sus jugadores y hacerles responsables de su comportamiento, aunque este, por su condición de menores, esté supeditada a la acción de sus progenitores. “Particularmente, pero es una forma personal, no del club, yo intento hablar lo mínimo posible. Sí hablo mucho con los niños. Les hago responsables, les hago autónomos. Sé que el niño no llega tarde, no falta a un entrenamiento por una cosa. Sé que el niño no se va un fin de semana a esquiar a Baqueira y falta al partido, porque no tiene dinero ni medios. Pero sí es cierto que con el que hablo es con el niño, al que le pido la responsabilidad de que hay que salir antes de casa, de que no puede faltar porque tiene que estar con sus compañeros, para que sea independiente el día de mañana”, apunta el preparador del Infantil de la entidad del Ramiro de Maeztu.

Clasismo y racismo

jugadormadridinfantil

 

Bajo las declaraciones de Sergio Jiménez crece otro escenario que entra en el debate de la educación en las canteras ACB. La obligación de una atención extra por parte de los padres excluye a aquellos que no pueden por nivel socioeconómico conceder este apoyo a sus hijos. ¿Son equipos solo al alcance de las élites? “Creo que son todos más o menos del mismo nivel. Son de diferentes ciudades de Barcelona. No hay ningún jugador con problemática social”, indica Rubén Muñoz sobre sus jugadores en el Infantil del Barcelona. “Estoy convencido de que de los ocho equipos de Minicopa, el 80% de los jugadores forman parte de un estamento medio-alto porque sino no podrían hacerlo. ¿Qué se les está pidiendo? Que vengan tres días a la semana a los entrenamientos, que vengan a los partidos, que costeen parte de estas cosas, la gasolina, todo… ¿Esto lo puede llevar una familia que ingrese unos 800 euros al mes? Es inviable a estas edades, porque al niño lo lleva el padre, entonces en otras condiciones, el padre y la madre estarían trabajando diez horas y no podrían. Estos chavales no son sólo unos privilegiados deportiva o físicamente, también a nivel socioeconómico”, teoriza Sergio Jiménez, entrenador del Asefa Estudiantes, que también habla de la solidaridad que existe en la plantilla en este aspecto o como jugadores del equipo ACB donan material para canteranos con necesidades.

José Luis Pichel difiere de esta opinión con el ejemplo que tiene en su propio equipo. Tampoco cree que se excluya en el grupo por cuestiones raciales y no que el colectivo suele ser una muestra consonante con lo que pasa en la sociedad española. “En absoluto hay problemas raciales o sociales. Llevo muchos años, seis y siete en el Real Madrid y jamás me he encontrado algún problema. Pero al final es la realidad. Los dos chicos de raza negra que tenemos en el Infantil, uno vino con su familia, súper humilde, desde Camerún con ocho años a buscarse la vida, y el otro, sus padres son guineanos pero ha nacido en España. La realidad que tenemos en España es muy rica. En el deporte, una vez que estamos en la pista, todos estamos a lo mismo. No hay mayor problema”, subraya José Luis Pichel, que, no obstante, habla de que desde el club se actúa y apoya cuando un jugador y su familia tienen situaciones de riesgo.

Agentes de influencia

Otro actor externo con una influencia entre jugadores jóvenes son los agentes que aparecen en sus vidas en edades cada vez más tempranas. La proliferación de becados y la internalización de la búsqueda de ‘perlas’ ha provocado que la lucha por fichar se acelere y alcance ya hasta etapas de minibásket, siendo obligada una buena relación entre los clubs y las agencias. Los equipos ACB suelen controlar con un tutor la actividad de estos chicos y chicas que llegan de un lugar lejano, que no cuentan en su rutina diaria con el apoyo paterno. En estos casos, con más énfasis en jugadores procedentes del extranjero, la mano del agente suele servir de guía para el menor. En la Minicopa, por ejemplo, el Barcelona invitó al serbio Andrija Marjanovic, que tuvo sólo unos días para adaptarse a sus compañeros. “Venía con su agente, pero no creo que le afectara demasiado. Lo hemos traído para verlo e intentar incorporarlo el año que viene o al siguiente. Es tradición y no somos el único club que aprovecha la competición para ver su progresión. El idioma ha sido algo complejo porque nos dijeron que no sabia inglés. Ha hecho un gran esfuerzo y tiene nociones del idioma. Se ha integrado en dos días, se divierte y lo ha aprendido todo rápido. Su comentario al primer día es que me reí mucho en el vestuario”, apunta su técnico en el Barcelona, Rubén Muñoz.

Marjanovic

Andrija Marjanovic / ACBPHOTO

 

Los entrenadores vuelven a negar la mayor y no creen en que los agentes supongan un mal en la progresión de los jugadores, más en etapas tan tempranas en la que la proliferación de estos profesionales aún no está extendida y son los padres los que tienen la palabra definitiva. “Como agentes ayudan muchísimo a los chicos, proporcionándoles muchas cosas. El agente en si no es malo, pero sí el comportamiento de la agencia, que marca si están ayudando o no. En edades tan tempranas el trato con el agente casi no existe”, incide José Luis Pichel.

Utilizando el mismo argumento se mueve Sergio Jiménez, del Asefa Estudiantes, que considera que la utilidad de los agentes se inicia cuando el jugador demuestra que tiene condiciones para alcanzar el mundo profesional y antes su entrada en escena no tiene sentido. “Intentamos alejaros de los agentes porque, generalizando, son intereses personales. Hay buenos agentes, que son capaces de empatizar con el jugador y darles buenas oportunidades. En el día de mañana hay que tenerlos, porque igual que un club apuesta por ti deja de apostar y este agente puede colocarte en otro equipo. Es importante, pero se ha perdido el equilibrio. Todo está gestionado por ellos, por los agentes. Así está el tema, con cosas buenas y cosas malas”, opina Sergio Jiménez, que, sin embargo, sí cree que hay excepciones con talentos que explotan de forma excepcional y temprana y que sí necesitan esta ayuda para gestionar su carrera profesional, que no para acelerarla. Lo malo es generalizar y no visualizar cada caso por separado:  “Me hace gracia porque hoy en día se dice que son muy jóvenes y lo importante es que disfruten. Pero hoy la sociedad y el baloncesto están muy estructurados y sería muy excepcional que un chaval con 18 pueda trabajar en la élite. Es muy complicado. Pero sí hay chavales de 14 años que pueden estar en este nivel, un Ricky Rubio que siendo cadete puede jugar en ACB. ¿Por qué no lo va a hacer? Otra cosa es que ahí se meta el agente. Hay chicos como Luka Doncic que tienen un nivel de rendimiento dos o tres años por encima de su generación. Pero otros tienen que ir poco a poco, cada uno son un caso único. Y no hay que tratar a todos por igual”.

Este reportaje es la continuación de una serie dedicada a la educación dentro de las canteras ACB con la excusa de la celebración de la Minicopa. Puedes leer la primera parte pinchando aquí.


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