21
Feb
12

Wat Misaka, mi querido enemigo (1)


Las calles eran polvo. Todo era polvo. Arriba el sol y abajo las piedras, el mismo desierto infinito en el que los conquistadores españoles buscaron la imaginaria ciudad dorada de Cíbola. Allí no hay más que la nada. La única riqueza la reflectaba el brillo sílice de la cúspide del Topaz, cuya lejana sombra era un alivio que no cruzaba el perímetro de la alambrada. Cerca del espino no hacia mucho había muerto abatido por las balas James Wakasa. Tras el incidente las medidas de seguridad se habían suavizado para calmar los ánimos y los internos podían salir a trabajar o ir a la universidad fuera del ‘campo de relocalización’. En el último recuento eran más de 8.000, la quinta población más grande del estado de Utah en esa primavera del 1943. Wat Misaka sólo cruzó una vez los controles para ver a su amigo Masateru ‘Tut’ Tatsuno, interno con su familia tras ser obligados a malvender su casa en San Francisco. Ambos jugaban al baloncesto en el equipo de la universidad estatal, pero en raras ocasiones lo hacían juntos. Si alinear a uno ya resultaba conflictivo, tener dos nisei (americanos de origen japonés) en el mismo equipo podría resultar una provocación intolerable para cualquier aficionado. El entrenador Vadal Peterson no quería arriesgarse. Todos tenían un familiar, un vecino, un amigo en la Guerra. Todos habían llorado por Pearl Harbor. Por eso cuando en 1944 los ‘Utes’ fueron al Madison Square Garden a jugar el Torneo de la NCAA, ‘Tut’ se quedó en casa, en un campo de piedras, en medio desierto rodeado por la alambrada. La gloria aguardaba a Wat en New York.

Porque 68 años antes de que Jeremy Lin iluminara el cubo de la 7ª Avenida otro pequeño base de ojos rasgados escuchó el aplauso desbordado de los neoyorquinos. La actual explosión en el juego del estadounidense de origen taiwanés y la onda expansiva que ha originado en medios y redes sociales tuvo su chispazo en este menudo base japonés. Una pequeña llama que rompió las barreras de la segregación y el racismo convirtiéndose en el primer jugador no caucásico en competir en la NBA en un tiempo en el que más de 110.000 japoneses o americano-japoneses fueron desplazados por miedo al sabotaje de la costa Oeste y encerrados en campos de concentración en plena Segunda Guerra Mundial. Un periodo de batalla en el que Wat y los suyos eran ‘japos’, ‘amarillos’, el enemigo. Pero esta historia empieza mucho antes y un lugar lejano de escalofriante recuerdo: una pequeña granja cerca de Hiroshima.

Funeral de James Wakasa, abatido en el campo de Topaz

Huyendo de la dureza de la tierra, huérfano, Fusaichi ‘Ben’ Misaka tomó un barco hacia Estados Unidos para trabajar en la construcción del ferrocarril en 1902. Tenía 19 años. Al poco tiempo se instaló en Ogden (Utah) y abrió una peluquería junto a su mujer, Tatsuyo, con la que se había casado en 1922 en un breve retorno a su país. Poco después, en la semana previa a la Navidad de 1923, nació su primogénito, al que llamaron Wat. La calle 25 de Ogden no era el mejor sitio para criar a un niño. Hasta once prostíbulos se alineaban entre fumaderos de opio y tabernas de mala fama, centros de delincuencia, violencia y asesinato en un área donde se agolpaba la población inmigrante discriminada por los barrios pudientes de mayoría blanca y mormona. Los Misaka sabían que siempre serían los últimos en ser atendidos en una tienda o que en el cine deberían ocupar los peores asientos. Pero Wat vivió ajeno a esa realidad. Era buen estudiante, sociable y echaba una mano en el negocio familiar sino estaba practicando atletismo o béisbol, siempre en las ligas exclusivas para japoneses. “Mientras hiciera mis tareas, me quedase fuera de problemas e hiciera mis deberes, todo estaba bien”, recordaba a una entrevista de un diario de Salt Lake City. Él, simplemente, era feliz. Esa calle era su patria.

Cuando Ben murió en 1939, Tatsuyo se vio acorralada sin trabajo y con una familia que mantener. Volver a Hiroshima era una alternativa para escapar del hambre y el estigma de una mujer sola cuidando de sus tres hijos. Pero Wat, con 15 años, se negó a volver a una tierra de la que su padre había escapado y que no sentía como suya. “Usted puede tomar a mis hermanos e irse. Pero yo me quedo”. Su cabezonería, seguramente, le salvaría de la bomba que pulverizó la ciudad nipona y le permitió cumplir su sueño de estudiar ingeniería en la universidad mientras seguía jugando al baloncesto. Un ‘amigo blanco’ pagó la licencia de la peluquería y la madre aprendió el oficio de su difunto marido, mientras Wat seguía echando una mano mientras acudía al college local de Weber State, donde ya había ganado fama de escurridizo defensor en varios campeonatos y notaba menos los efectos de la xenofobia en un ambiente culto y tolerante. Así, un 7 de diciembre de 1941, mientras barría el suelo de flequillos y melenas cortadas, puso la radio para entretener la rutina. La noticia hizo saltar por los aires la tranquilidad. Cazas japoneses habían atacado Pearl Harbor. La guerra era inminente.

Jóvenes llenaron las oficinas de reclutamiento pidiendo venganza. Voluntarios para una carnicería en Midway, Guadalcanal, Guam, Peleliu o Iwo jima. Las filas de nuevos reclutas vaciaron las aulas y los gimnasios. Con un solo becado, Vadal Peterson, entrenador de la Universidad de Utah, no quería echar a perder la temporada y cancelar el programa de baloncesto como habían hecho otros centros. Se vio obligado a poner un anuncio para completar su plantilla con los pocos alumnos que no habían corrido al frente (los estudiantes de ingeniería y medicina estaban exentos). Wat y Matsudo, interno en Topaz aunque tenía un permiso para ir a las clases, por cuya genética no podían alistarse, respondieron a este otro reclutamiento. Otro ‘paleto’ de Ogden, un fuerte mormón excluido del servicio militar por un problema de rodilla y que nunca se había atrevido a pisar la calle 25, jugaría con ellos. Se llamaba Arnie Ferrin, apellido inscrito en la primera gran dinastía de la NBA: ganaría dos títulos de la NBA con los Lakers de Minneapolis de George Mikan.

Equipo de la Universidad de Utah de la temporada 1943-44 con Misaka (21) y Tatsuno (17)

La temporada fue buena pese a todas las barreras. Su pabellón, el Einar Nielsen Field House, había sido por el ejército como cuartel y debían habilitar el gimnasio femenino para entrenar y jugar en pabellón en Salt Lake City cuyas dimensiones no eran reglamentarias. Peterson se adecuó a lo que tenía dado que todos los jugadores eran de 30 kilómetros a la redonda y los mejores físicos vestirían durante un par de temporadas el uniforme caqui del ejército. Ideó un equipo correoso, pegajoso en defensa y que explotaba las habilidades ofensivas de Arnie Ferrin. Si no eran pocas las dificultades del momento, la hostilidad de las aficiones rivales al ver a un nisei en el rival no ayudaba, por lo que Peterson evitaba ponerlo en el quinteto para ‘suavizar’ su entrada. Japs go home! Los insultos eran constantes e incluso en medio de un partido Misaka fue ‘secuestrado’ durante un ataque por un grupo de hinchas del adversario que lo retuvieron tras la banda. El miedo a estos incidentes llevó hasta a situaciones cómicas, como en la previa de un importante encuentro. Misaka no aparecía y sus compañeros pensaron que habría sufrido alguna represalia racista. Sin embargo, al volver a su habitación lo encontraron plácidamente echando una cabezada. Se había quedado dormido. “Seguramente nunca fuimos conscientes de todas las adversidades que tuvo que pasar en esos días por jugar con nosotros”, se sincera Ferrin en un documental sobre su compañero. “Yo simplemente prefería no escuchar lo que me decían y seguir jugando al baloncesto”, contestaba Misaka en una entrevista.

Con todas las incomodidades en los desplazamientos, solo tres derrotas (18-3), casi todas ante potentes academias militares ‘reforzadas’ por soldados ilustres, les llevaron a obtener la invitación para el prestigiono NIT que se celebraría en Nueva York. Un esguince de tobillo en el partido anterior del pívot y estrella Fred Sheffield permitió a Wat Misaka, especializado como ‘sexto hombre’, jugar más minutos de lo habitual en la primera ronda ante los Wildcats de Kentucky. Sus rasgos orientales y su rapidez, su habilidad defensiva pese a su altura (1.70), iniciaron un idilio con la afición del MSG y la prensa de la Gran Manzana que fraguaría su destino. “Su juego espectacular provocó rugidos de aprobación. Viéndole uno se pregunta cuál sería la reacción de una multitud de Tokio en un evento deportivo en este momento, si uno de los jugadores se llamara Kelly o Doolittle”, se preguntaba Wilbur Wood en el New York Sun, según recogía un artículo de ESPN. Pero su presentación en NY no fue suficiente, así como el informe técnico que Vadal Peterson había comprado por 25$ a un ‘experto’ y que había resultado ser un engaño, y los Utes perdieron ante el imponente quinteto de Adolph Rupp (46-38).

Wat lucha un balón ante Kentucky

Tras unos días  asistiendo al Copacabana, tocando el cielo desde el Empire State Building o paseando por los muelles repletos de barcos de guerra (“Te imaginas que subo corriendo gritando Banzai”, bromeaba Wat con Arnie Ferrin), con las maletas hechas para volver a casa, el infortunio ajeno les abrió una puerta inesperada para convertirse en la primera “Cenicienta” de la NCAA. Un mortal accidente de tráfico de la expedición de Arkansas (un directivo muerto y dos titulares gravemente heridos) provocó su abandono prematuro del cuadro final del torneo universitario y la organización decidió cubrir su baja con los chicos de Utah. Tres largas jornadas de viajes desde New York les llevarían a Kansas City para disputar la fase regional. Ni el cansancio pudo con el espíritu de un equipo que logró derrotar a Missouri (45-35) y a Iowa (40-31) para volver a la Capital del Mundo como campeón del Oeste y disputarse el título nacional con Dartmouth, nutrida por estrellas universitarias reclutadas por los Marines que deberían volver a filas al terminar el partido fuese cual fuese el resultado.

El 28 de marzo de 1944, el cosmopolita Madison estaba a reventar. Unos 15.000 espectadores, récord hasta entonces en el deporte universitario, aguardaban entusiasmados a los ‘granjeros’ de Utah y, sobre todo, a su japonés (algunos periódicos lo ‘camuflaron’ como hawaiano inducidos por el propio Vadal Paterson para apaciguar los ánimos). Las apuestas eran 7-1 en su contra. El juego alegre y veloz, intenso en defensa, volteó los pronósticos y llevó por primera vez a una final universitaria a la prórroga en medio de la nube de humo que envolvía la pista. La bruma del tabaco casi impidió ver cómo el último tiro entraba en el aro y los Utes se proclamaban campeones de una nación en Guerra con un ‘enemigo’ como aliado. Era la victoria de “los niños abandonados de la postemporada”, como escribiría Irving Marsh en el New York Herald Tribune. Con 22 puntos Arnie Ferrin sería proclamado MVP del torneo y el equipo pasaría a la historia como “The Whiz Kids”.

Dos días después volverían a un Garden entregado para disputar el partido de la Cruz Roja, promovido para recaudar fondos para la Guerra (40.000$ esa noche), y ganar ante los locales de St.John’s, campeones del NIT. Y Misaka volvería a ser ovacionado pese a que el rival jugaba en casa. “Fuese real o no, sentí menos prejuicios contra mí en Nueva York que en otros sitios. Los neoyorquinos son grandes fans de los oprimidos y realmente sentí su apoyo, incluso en el partido ante St.John’s”, contaba Wat Misaka en NBA.com.

En el viaje de vuelta a Utah el responsable de los ferrocarriles acomodó a la expedición en un lujoso coche cama y agasajó a los héroes con fresas y carne, manjares difíciles de hallar en la carestía de los tiempos bélicos. En una parada del trayecto, ‘Coach Peterson’ llamó a Masateru Tatsuno para que se pusiera su mejor traje y se incorporase al desfile en coches descapotables que serviría de celebración a su llegada a Salt Lake City. Nada más pisar el andén, Wat Misaka se encontró a su madre con una carta sellada con el membrete del ejército. Wat debía incorporarse en un mes al servicio militar para ser enviado donde años atrás no quiso ir. El ‘Tío Sam’ veía el final de la Batalla del Pacífico tras sus avances en Filipinas y necesitaba traductores japoneses para recabar toda la información posible de los capturados antes del desembarco final. Ya no importaba tanto el color de la piel y los nisei eran expuestos ahora como un símbolo de la libertad americana (dos regimientos de nisei habían liberado cerca de Munich el campo de concentración de Dachau). Durante una larga instrucción en Minneapolis y Alabama demostró su buena puntería y conoció la caída de Berlín cuando viajaban hacia California para ser embarcados hacia su primer destino: Manila. En mitad de la eterna travesía en barco, Misaka y su batallón fueron informados de la explosión de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki. El 14 de agosto del 1945 se firmaba la rendición incondicional en medio de la algarabía que se formó en la cubierta del buque. Su misión sería en tiempo de paz.

Nada más llegar fueron internados en un circuito de carreras. Toda una paradoja. “Era muy parecido a los campos de internarnamientos en los que vivían los nisei en Estados Unidos”, ironizaba en una entrevista a una radio de Utah. El soldado Misaka fue asignado a un campo de prisioneros gracias a la mediación de otro ‘nip’ de Ogden (unos 3.000 vivían en el Norte de Utah). Allí realizando labores de traducción en los interrogatorios, juicios y otras actividades para el servicio de inteligencia, que utilizó a más de 3.000 nisei durante la contienda. En la enorme prisión de Luzón (unos 150.000 prisioneros) entabló relación con alguno de los altos mandos del Ejército y Marina Imperial japonés, de los que guarda palabras de admiración. Quedó impresionado con el orgullo marcial de los generales Homma y Yamashita, hombres cultos que entregaban todas sus pertenencias a soldados de menor rango sabedores de que morir fusilados era la única opción honorable antes de la vergüenza de volver a Japón como perdedores. Wat cuenta que guarda con cariño una carta que Homma le escribió de su puño y letra agradeciéndole el trato recibido en su cautiverio. Fue fusilado el 3 de abril de 1946.

Pero también conoció la otra cara de la moneda, a chicos como él, nacidos en Estados Unidos que habían emigrado a Japón antes de Pearl Harbor y habían sido alistados voluntariamente o a la fuerza para defender las posesiones del Emperador Hirohito. A uno de ellos, que conocía porque su padre era el encargado de comerciar con productos nipones en Ogden y tenía nacionalidad estadounidense, lograron incluso ‘salvarle’ la vida al corroborar su origen ante las autoridades.

Unos meses después fue enviado a Japón. Allí permanecería nueve meses. En un principio se encargó de comprobar que las ediciones de los periódicos en japonés no se saltasen los límites de la censura, pero pronto recibió otra misión que le acercó a la realidad. Debería formar parte del destacamento de interrogadores que redactaban informes sobre el efecto moral de los bombardeos en los civiles. Wat fue trasladado a diferentes partes de la isla principal, incluído Hiroshima en la provincia natal de su familia. “Solo se mantenían en pie los esqueletos de los árboles carbonizados”, relataba Misaka. Comprobó en primera personal la devastación nuclear y felizmente como su tozudez adolescente de quedarse en Estados Unidos seguramente había salvado la vida a toda su familia. Lo verificó al visitar la casa de un tío detrás de una colina. Allí comió ostras, desconociendo los efectos de la radiacción en ese momento, y almuerzo al que más tarde culparía de que no pudiera tener hijos hasta doce años después de su matrimonio. Fue una de sus pocas excursiones fuera de su tarea militar porque cuando pisaba la calle notaba en las miradas que allí, otra vez, sus rasgos le condenaban. “No importa donde mirase, yo era un traidor a los ojos de la gente […] Era un hombre sin país, porque los japoneses me veían como un traidor y los americanos no confiaban en mí porque veían a un japonés”.

Licenciado del ejército, volvió a Estados Unidos donde su historia de superación a las barreras del racismo y la discriminación no había hecho más que comenzar, sin saber que volvería pronto al Garden y que una camiseta de los Knicks le aguardaba con su nombre, el nombre del enemigo que era coreado por los neoyorquinos. “Yo no intentaba hacer nada fuera de lo normal, ignoraba cualquier discriminación y evitaba la confrontación. Todos en el equipo eran blancos y simplemente actuaba como uno de ellos, como si no hubiera diferencia”.

Continuará…


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