17
Oct
09

Adiós maestro


En una comida con Óscar Quintana su nombre apareció como postre y enseguida nos embriagamos con las anécdotas que nos contaba su amigo. El resto de los temas se paralizó y todo convergió hacia ese hombre calvo, de piel tostada y pajarita en el cuello que nos hacía esbozar una sonrisa recordando su original forma de narrar el baloncesto y la vida de madrugada. Cuando se pasó a La Sexta y nos dejó huérfanos de su lenguaje en su mundo en común, el baloncesto, no le reprochamos nada a Andrés Montes. Aún más, le defendí cuando mis amigos futboleros criticaban sus excensos y su falta de narración. Nadie duda ahora de que su ‘tiki-taka’ adornará en la memoria los logros de la selección de fútbol que el acompañó con sus comentarios.

Él no inventó seguramente el estilo, sus alaridos tras un triple o un tapón venían de Ramón Trecet y antes de los USA. Simplemente se expresó como nos contaba Óscar Quintana que era, un tipo distinto, original, tremendamente olvidadizo y de buen humor. Formó con Antoni Daimiel durante once años una pareja que nos acompañó por las noches de la NBA. Eran dos tipos extremadamente diferentes, tanto que se unían en su divergencia. Montes se quedaba en la superficie, en la chispa, el mote, el chiste, las historietas antiguas, los recuerdos de un restaurante de Detroit (ver vídeo), la ensalada César, las películas de Van Damme,  de sus viajes a Kaunas… Daimiel era la reflexión, la información hasta el último detalle, la voz lánguida que sabía callar o rellener los huecos de las anécdotas de Montes, le seguía el rollo, el minimalismo ante la exageración de su compañero. Una pareja inigualable que pesa todavía en la comparación con sus sucesores.

Ayer se nos murió Andrés Montes y me dio pena, esa pena sincera por aquel que no conoces, pero ha formado parte de tu vida al compartir amor por el baloncesto y con el que te han reído, sentido bien, imitado, admirado. Montes no solo adosó un nuevo léxico al periodismo, llegó más allá, a las canchas, y más allá, a la calle. Todos los jugones son hijos suyos.   

Cuando en el último Eurobásket, al concluir la retransmisión de la final (el mejor epílogo para una carrera), se despidió de la Sexta albergué la ilusión de que nos lo devolvieran a las noches de la NBA. Ahora se nos marcha para siempre, pero nos deja su recuerdo, sus miles de inventos, una nueva forma de hablar de deporte y de esa vida que puede ser maravillosa. Descanse en paz en el cielo de los jugones.

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