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mar
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Wat Misaka, mi querido enemigo (y 2)


Este reportaje viene de una primera parte que puedes leer aquí

No hubo desfiles para Wataru a su vuelta a Estados Unidos. No los necesitaba ni los quería. Nunca se había sentido un héroe. Simplemente, sus pies seguían recorriendo la senda con paciencia, paso a paso, fuera sorteando borrachos en la calle 25 de Ogden, defensores en el Madison Square Garden o miradas heridas entre la destrucción de Hiroshima. Él se limitaba a caminar hacia su destino, fuera cual fuera. Quizá por eso su llegada a Utah no fue nada traumática porque reingresaba en un pasado que la guerra no había destruído y sólo tenía que continuar hacia delante desde el mismo punto de partida. Ese mismo que quedó esperándole en las aulas donde quería terminar su ingeniería y en la pista donde la aguardaba la camiseta roja de los ‘Running Utes’.

Las dos campañas sin ‘Little Wat’ no habían sido tan exitosas para los muchachos de Vadal Peterson. Solo alcanzarían como campeones el torneo nacional en 1945 con un récord de 17-2, pero perdieron en primera ronda con la Oklahoma A&T del mítico entrenador Hank Iba y el interminable Bob Kurland –considerado primer jugador de 7 pies de la historia–, que a la postre firmaría el primer bienio triunfal en la NCAA.

La siguiente temporada mantenía a los Utes en un segundo plano pero con opciones de recuperar con Misaka los laureles que aún no habían marchitado. Contaba Vadal Peterson con dos all-American como Ernie Ferrin y Vern Gardner y el veterano Dick Smuin como único superviviente, junto a Misaka y Ferrin, del título de 1944. Las condiciones de entrenamiento habían mejorado tras la retirada de los militares del centro de prácticas y la normalización académica de la competición. La liga regular transcurrió sin muchos sustos y la plantilla fue calentando motores para el momento clave de los cruces. Un balance positivo de 16-5 permitía al grupo de Vadal Peterson obtener la invitación para volver al NIT y al Madison Square Garden, aunque no era suficiente para colarse en la lucha por el entorchado nacional, entonces limitada a ocho participantes.

El caprichoso destino hacía que Wat Misaka volviera a Nueva York. Su regreso no pasaría desapercibido para los medios de la Gran Manzana. ‘KiloWatt’, como lo apodó un periodísta por su electrizante aparición en pista, seguía siendo un ídolo pese a sus dos años de servicio por la patria. Sufriendo ante Duquesne (45-44) y West Virginia (64-62), los Utes se plantaron con muchas penurias en la final ante, de nuevo, la poderosísima Kentucky. Los ‘azules’ de Lexington querían revalidar su título en el NIT y por ello mantenían bien alto el cártel de favoritos que sostenían Ralph Beard, considerado como el mejor base de todo el país, y Alex Groza.

La gran expectación generada, más de 15.000 ‘newyorkers’ llenaron las gradas, en torno a Misaka por los devotos locales no quedó decepcionada y su relación de amor se amplificaría tras esa noche. Su defensa asfixiante y pegajosa como una tarde de agosto, negando el contacto con el cuero a Ralph Beard, desnortó la táctica de Adolph Rupp. “Dejó a Beard en un solo punto. Y porque cometió una falta sobre él”, relata Ferrin. Los ‘Big Blue’ de Kentucky perecieron entre la maraña de trampas de los Utes que tuvieron a un pequeño japonés como mejor guerrillero. “El pequeño Wat Misaka, nacido en Estados Unidos pero de ascendencia japonesa, fue el mejor de sus compañeros al no parar de interceptar pases haciendo que la noche para Kentucky fuera desesperante”, escribió el redactor del New York Times en la crónica del partido. El bajo marcador de 49-45 propició que la universidad del estado mormón levantara el prestigioso NIT, convirtiéndose en el primer centro en aglutinar los tres principales torneos académicos (NCAA, NIT y AAU). Pese a la exhibición defensiva de Wat, su compañero Vern Gardner sería proclamado MVP de la final, asignación que fue abucheada desde los abarrotados graderíos del MSG. La epopeya de los chicos de Peterson se agrandaría poco después como la dimensión del rival abatido. Los Wildcats lograrían un bicampeonato universitario pasando a la historia como el ‘Fab Five’ original. “Nos sentimos como si fuéramos campeones del Mundo”, rememora Wat.

Era un final ‘made in USA’ con un ‘japo’ como protagonista. Ni en Hollywood podían escribir un mejor ‘happy end’ para la carrera de Wat. Levantando su segundo título en dos años, protagonista de la final tras volver de la guerra y siendo ovacionado por el mejor y más grande ‘teatro’ de baloncesto del Mundo. La gloria nunca imaginada para un chico criado entre prostíbulos y marginado por el color de su piel. Pero se equivocaba. Otro pequeño paso del destino le llevaría de regreso a ese lugar en el que retumbaba su nombre. De repente sonó el telefono de la barbería de la calle 23. Al habla el entrenador. Vadal Peterson le citaba en el Hotel Utah, un céntrico y lujoso edificio de Salt Lake City. Debía ir bien vestido.

Cuando Wat estrechó la mano de Ned Irish no podía creérselo. Había viajado hasta la puerta de su casa para hacerle una oferta que no podría rechazar: ser un Knick. El presidente del equipo más famoso del planeta ‘drafteaba’ en el puesto 60 a un nisei llevado por el ‘boom’ que en la ciudad había originado su presencia en el NIT y que ahora se repite sin trabas raciales, más bien todo lo contrario, con Jeremy Lin como ‘cenicienta’ del cuento. Con un contrato garantizado de 3.000 dólares por temporada, toda una pequeña fortuna, Misaka tenía una camiseta azul con el número 15 esperándole en el Garden.

En octubre de 1947, con 24 años, Misaka tomó un tren y se plantó en mitad de la pretemporada de un equipo profesional. Joe Lapchick sería su entrenador en un vestuario repleto de jugadores que habían triunfado en centros escolares de Nueva York. El ambiente ya no era igual de fraternal que en las clases de Utah y tuvo que soportar las típicas novatadas. No todos le recibieron con los brazos abiertos. Era un paleto en medio de una gran metrópoli. Para suavizar el abismo de todos los cambios que debía afrontar, le emparejarían con otro novato local como cicerone.  Su compañero de habitación del Hotel Belvedere sería otro rookie que compatibilizaba el baloncesto y el béisbol profesional, Carl Braun. Pronto se hicieron inseparables en sus paseos, donde Wat era frecuentemente parado por desconocidos para halagar su juego en el NIT. Juntos iban a los entrenamientos y a los partidos de preparación durante esas tres semanas, pero también a los combates de boxeo, a las salas de fiestas, a los estrenos de Broadway, al estadio de los Yankees, incluso no era extraño que Braun invitase a cenar a Wat en su casa familiar de Long Island… Era feliz y sin saberlo estaba haciendo historia. Wat se estaba convirtiendo en el primer ‘no blanco’ en jugar en la ABB, liga nacida cara utilizar los pabellones los días libres que dejaba el hockey hielo y que dos años después se convertiría en la NBA. Ese mismo año Jackie Robinson rasgaría las mismas barreras de la discriminación siendo el primer negro en participar en las Grandes Ligas de béisbol con los Brooklyn Dodgers.

La afición de los Knicks acogió con júbilo a su exótico ídolo, pero los directivos del club no las tenían todas consigo, nerviosos ante los posibles incidentes que la presencia de Wataru podría producir en los desplazamientos, pese a que en la competición solo había equipos del progresista Este. De repente, después de haber sido por primera vez titular en un partido ante los Steam Roller de Providence, sin aviso previo, Misaka volvió a encontrarse en una oficina del MSG frente al semblante del señor Irish. La sonrisa que amanecía en Utah era ahora un línea recta de seriedad en el rostro del presidente. Los Knicks habían decidido tras tres partidos (anotó 7 puntos) ‘cortar’ al chico de Ogden. La prensa justificó la decisión por su debilidad física, pero el trasfondo racista era evidente hasta en el silencio de la época. “Me sorprendió, no me lo esperaba”, recuerda ‘Kilowatt’. “Me dijeron que era decisión del entrenador, que los directivos no querían echarme pero no tenían opción. Ahora me gustaría poder volver a ese momento y preguntarle por qué”. Tras jugar un año en una liga local solo para japoneses, se retiraría y nunca más volvería a jugar al baloncesto.

Otro paso más al puerto de partida. Misaka regresaría, dónde si no, a Utah para formar una familia (se casaría en 1952 con su novia Katie y tiene dos hijos) y desarrollar su carrera como ingeniero mecánico. Antes recibiría otra llamada. En una parada de su viaje a Ogden, en Chicago, tendría un sorpresivo ofrecimiento que podría haberle cambiado la vida. Abe Saperstein, fundador y entrenador de los Harlem Globertrotters le reclamaban como aliado y le ofrecía un contrato por unirse a sus filas. Wat rehusó su intento con amabilidad y se perdió en el anonimato. Al menos esa llamada le sirvió para considerarse apreciado como jugador de baloncesto.

La sociedad americana cambio al mismo ritmo con el que el destino jugaba con Wat. Paso a paso, los derechos de las minorías fueron reclamados y adquiridos en una lucha que hoy no ha cesado. El deporte fue un agente normalizador de muchas causas y en el baloncesto la comunidad afroamericana encontró un campo donde reivindicar sus derechos, pero los logros eran esquivos en el recuerdo de un pionero como Wataru Misaka, solo reconocido entre la comunidad asiática. “La mitad de los que vivíamos en los campos teníamos 18 años, por lo que puedes imaginar qué significaba él para los adolescentes. Fue un héroe, toda una inspiración, y, tal vez, la esperanza de que a pesar de que en la Costa Oeste fuésemos tratados como ciudadanos de segunda clase en otras partes de los Estados Unidos no fuéramos tratados como enemigos”, comentó en una entrevista Marielle Tsukamoto, presidente de la Liga de ciudadanos americano-japoneses. El silencio sobre su figura fue quebrado en 2009, cuando dos directores de cine, Bruce Alan Johnson y Christine Toy Johnson, se interesaron por su existencia y rescataron su vivencia en un documental llamado Trascending: La Historia de Wat Misaka.

La difusión de la película, premiada en varios festivales, despertó reconocimientos de urgencia dormidos durante décadas en el olvido. La ceremonial y políticamente correcta NBA no podía dejar pasar esta oportunidad para lavar su imagen ante el emergente mercado asiático y las malas connotaciones en sus intereses presentes que tenía el histórico olvido. En medio del escaparate del All Star de Phoenix en febrero del 2009, el propio David Stern reconoció su valentía y su ejemplo para romper barreras. No fue la única restitución del legado de Misaka. En agosto del mismo año, Wat volvería por primera vez a Nueva York desde su agria despedida. Invitado por los Knicks, el jugador pisó el simbólico parqué en el que un día rebotó su nombre coreado. Apellido, no obstante, que no aparecía entre la lista de integrantes en el espacio dedicado al equipo de la temporada 1947-48 dentro del estadio neoyorquino. Su número, el 15, colgaba del techo, pero no en su honor, sino rememorando a Earl Monroe y Dick McGuire. Demasiadas ausencias accidentales. Meses más tarde, el 20 de diciembre, durante un partido contra los Bobcats, todos estos agravios serían resueltos cuando los Knicks invitaron a Wat para ser recibido con una enorme ovación en mitad de la pista. Merecido homenaje.

Tampoco en el Salón de la Fama había un hueco para él en el apartado de ‘diversidad’ hasta la promoción del documental, cuando curiosamente y como si fuera un mal chiste su nombre sí figuraba dentro de los mejores  jugadores de bolos del Estado de Utah desde 1996. La renconciliación con su leyenda le llevó hasta la misma Casa Blanca. En un acto con la comunidad asiática, en octubre del 2010, Barack Obama le invitó y remarcó su ejemplo integrador desde su “espíritu competitivo como atleta”.

La irrupción de Jeremy Lin ha vuelto a limpiar el polvo de las hemerotecas para rescatar de la tranquilidad a Wat. Sus historias encuentran trayectorias paralelas en dos mundos contrapuestos, donde la libertad se descompone en múltiples colores y ya no en blanco y negro. Misaka no tiene una palabra de discordia para su pasado, ni un llanto o reclamación, quita peso a la trascendencia de su historia y luce una sonrisa en cada una de las fotografías que de él se encuentran. Contesta desde la distancia cuando le preguntan sobre el fenómeno de ‘Linsanity’, no acepta las comparaciones por humildad, rechaza parentescos, pero sí desvela una conexión que acrecienta su humanidad. Una anécdota que retrata a Wat. Cuando Lin no jugaba en los Warriors, Misaka decidió mandarle una carta a las oficinas de Oakland para animarle a no abandonar su aventura y para motivarle a reunir fuerzas para como él, continuar hacia su detino paso a paso. Lin, en una entrevista reciente, reconoció que recibió la misiva y que fue una inspiración conocer la historia de Wataru. “Él es más alto que yo y juega muy bien el pick’n'roll, jugada que en mi época era considerada falta”, reconoce Misaka en un reportaje de George Vecsey (NY Times), que reconoce que la sociedad ha cambiado en su relación racial y que la NBA es una organización internacional inimaginable en los años 40.

Con 88 años y jubilado desde 1981, Wat Misaka sigue viviendo en Utah junto a su mujer. No va a ver a los Jazz ni a los Utes, aunque los sigue desde la televisión mientras cuida a sus tres nietos. Ha cambiado los bolos por el golf, porque la pelota pesa menos. En breve volverá a reunirse con sus compañeros de los equipos de 1944 y 1947 para celebrar el 65 aniversario del triunfo en el NIT, la mejor “noche de mi vida”, como él afirma.

En la reunión no estará Masateru Tatsudo, el otro nisei al que le apartaron de la gloria porque dos japoneses en el mismo equipo “eran demasiados” y que vivía encerrado en el campamento de concentración de Topaz. En las imágenes de Trascending se recoge la grabación con una cámara de 8mm que hizo el hermano de Masateru, Dave, que recuerdan el único día que Wat Misaka cruzó la alambrada del campo. Cuando regresaron de  Nueva York tras vencer la final de la NCAA en 1944 y antes de enrolarse en el ejército, Misaka fue a casa de su amigo para entregarle la manta conmemorativa que habían recibido todos los compañeros del equipo de Utah por vencer la NCAA. “Fue la primera y única vez que estuve en el campamento, y fue un verdadero shock para mí. Había oído historias y visto fotos, pero comprobar el ambiente del desierto sombrío fue muy deprimente. Sonreí mucho en esa película, pero sentía dentro de mí toda la injusticia de todo esto”, recuerda Wat Misaka. La tela granate, descosida por el tiempo, el olvido y la rabia, durmió bien guardada por Tut hasta su muerte en 1997.

La familia Misaka al completo

21
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Wat Misaka, mi querido enemigo (1)


Las calles eran polvo. Todo era polvo. Arriba el sol y abajo las piedras, el mismo desierto infinito en el que los conquistadores españoles buscaron la imaginaria ciudad dorada de Cíbola. Allí no hay más que la nada. La única riqueza la reflectaba el brillo sílice de la cúspide del Topaz, cuya lejana sombra era un alivio que no cruzaba el perímetro de la alambrada. Cerca del espino no hacia mucho había muerto abatido por las balas James Wakasa. Tras el incidente las medidas de seguridad se habían suavizado para calmar los ánimos y los internos podían salir a trabajar o ir a la universidad fuera del ‘campo de relocalización’. En el último recuento eran más de 8.000, la quinta población más grande del estado de Utah en esa primavera del 1943. Wat Misaka sólo cruzó una vez los controles para ver a su amigo Masateru ‘Tut’ Tatsuno, interno con su familia tras ser obligados a malvender su casa en San Francisco. Ambos jugaban al baloncesto en el equipo de la universidad estatal, pero en raras ocasiones lo hacían juntos. Si alinear a uno ya resultaba conflictivo, tener dos nisei (americanos de origen japonés) en el mismo equipo podría resultar una provocación intolerable para cualquier aficionado. El entrenador Vadal Peterson no quería arriesgarse. Todos tenían un familiar, un vecino, un amigo en la Guerra. Todos habían llorado por Pearl Harbor. Por eso cuando en 1944 los ‘Utes’ fueron al Madison Square Garden a jugar el Torneo de la NCAA, ‘Tut’ se quedó en casa, en un campo de piedras, en medio desierto rodeado por la alambrada. La gloria aguardaba a Wat en New York.

Porque 68 años antes de que Jeremy Lin iluminara el cubo de la 7ª Avenida otro pequeño base de ojos rasgados escuchó el aplauso desbordado de los neoyorquinos. La actual explosión en el juego del estadounidense de origen taiwanés y la onda expansiva que ha originado en medios y redes sociales tuvo su chispazo en este menudo base japonés. Una pequeña llama que rompió las barreras de la segregación y el racismo convirtiéndose en el primer jugador no caucásico en competir en la NBA en un tiempo en el que más de 110.000 japoneses o americano-japoneses fueron desplazados por miedo al sabotaje de la costa Oeste y encerrados en campos de concentración en plena Segunda Guerra Mundial. Un periodo de batalla en el que Wat y los suyos eran ‘japos’, ‘amarillos’, el enemigo. Pero esta historia empieza mucho antes y un lugar lejano de escalofriante recuerdo: una pequeña granja cerca de Hiroshima.

Funeral de James Wakasa, abatido en el campo de Topaz

Huyendo de la dureza de la tierra, huérfano, Fusaichi ‘Ben’ Misaka tomó un barco hacia Estados Unidos para trabajar en la construcción del ferrocarril en 1902. Tenía 19 años. Al poco tiempo se instaló en Ogden (Utah) y abrió una peluquería junto a su mujer, Tatsuyo, con la que se había casado en 1922 en un breve retorno a su país. Poco después, en la semana previa a la Navidad de 1923, nació su primogénito, al que llamaron Wat. La calle 25 de Ogden no era el mejor sitio para criar a un niño. Hasta once prostíbulos se alineaban entre fumaderos de opio y tabernas de mala fama, centros de delincuencia, violencia y asesinato en un área donde se agolpaba la población inmigrante discriminada por los barrios pudientes de mayoría blanca y mormona. Los Misaka sabían que siempre serían los últimos en ser atendidos en una tienda o que en el cine deberían ocupar los peores asientos. Pero Wat vivió ajeno a esa realidad. Era buen estudiante, sociable y echaba una mano en el negocio familiar sino estaba practicando atletismo o béisbol, siempre en las ligas exclusivas para japoneses. “Mientras hiciera mis tareas, me quedase fuera de problemas e hiciera mis deberes, todo estaba bien”, recordaba a una entrevista de un diario de Salt Lake City. Él, simplemente, era feliz. Esa calle era su patria.

Cuando Ben murió en 1939, Tatsuyo se vio acorralada sin trabajo y con una familia que mantener. Volver a Hiroshima era una alternativa para escapar del hambre y el estigma de una mujer sola cuidando de sus tres hijos. Pero Wat, con 15 años, se negó a volver a una tierra de la que su padre había escapado y que no sentía como suya. “Usted puede tomar a mis hermanos e irse. Pero yo me quedo”. Su cabezonería, seguramente, le salvaría de la bomba que pulverizó la ciudad nipona y le permitió cumplir su sueño de estudiar ingeniería en la universidad mientras seguía jugando al baloncesto. Un ‘amigo blanco’ pagó la licencia de la peluquería y la madre aprendió el oficio de su difunto marido, mientras Wat seguía echando una mano mientras acudía al college local de Weber State, donde ya había ganado fama de escurridizo defensor en varios campeonatos y notaba menos los efectos de la xenofobia en un ambiente culto y tolerante. Así, un 7 de diciembre de 1941, mientras barría el suelo de flequillos y melenas cortadas, puso la radio para entretener la rutina. La noticia hizo saltar por los aires la tranquilidad. Cazas japoneses habían atacado Pearl Harbor. La guerra era inminente.

Jóvenes llenaron las oficinas de reclutamiento pidiendo venganza. Voluntarios para una carnicería en Midway, Guadalcanal, Guam, Peleliu o Iwo jima. Las filas de nuevos reclutas vaciaron las aulas y los gimnasios. Con un solo becado, Vadal Peterson, entrenador de la Universidad de Utah, no quería echar a perder la temporada y cancelar el programa de baloncesto como habían hecho otros centros. Se vio obligado a poner un anuncio para completar su plantilla con los pocos alumnos que no habían corrido al frente (los estudiantes de ingeniería y medicina estaban exentos). Wat y Matsudo, interno en Topaz aunque tenía un permiso para ir a las clases, por cuya genética no podían alistarse, respondieron a este otro reclutamiento. Otro ‘paleto’ de Ogden, un fuerte mormón excluido del servicio militar por un problema de rodilla y que nunca se había atrevido a pisar la calle 25, jugaría con ellos. Se llamaba Arnie Ferrin, apellido inscrito en la primera gran dinastía de la NBA: ganaría dos títulos de la NBA con los Lakers de Minneapolis de George Mikan.

Equipo de la Universidad de Utah de la temporada 1943-44 con Misaka (21) y Tatsuno (17)

La temporada fue buena pese a todas las barreras. Su pabellón, el Einar Nielsen Field House, había sido por el ejército como cuartel y debían habilitar el gimnasio femenino para entrenar y jugar en pabellón en Salt Lake City cuyas dimensiones no eran reglamentarias. Peterson se adecuó a lo que tenía dado que todos los jugadores eran de 30 kilómetros a la redonda y los mejores físicos vestirían durante un par de temporadas el uniforme caqui del ejército. Ideó un equipo correoso, pegajoso en defensa y que explotaba las habilidades ofensivas de Arnie Ferrin. Si no eran pocas las dificultades del momento, la hostilidad de las aficiones rivales al ver a un nisei en el rival no ayudaba, por lo que Peterson evitaba ponerlo en el quinteto para ‘suavizar’ su entrada. Japs go home! Los insultos eran constantes e incluso en medio de un partido Misaka fue ‘secuestrado’ durante un ataque por un grupo de hinchas del adversario que lo retuvieron tras la banda. El miedo a estos incidentes llevó hasta a situaciones cómicas, como en la previa de un importante encuentro. Misaka no aparecía y sus compañeros pensaron que habría sufrido alguna represalia racista. Sin embargo, al volver a su habitación lo encontraron plácidamente echando una cabezada. Se había quedado dormido. “Seguramente nunca fuimos conscientes de todas las adversidades que tuvo que pasar en esos días por jugar con nosotros”, se sincera Ferrin en un documental sobre su compañero. “Yo simplemente prefería no escuchar lo que me decían y seguir jugando al baloncesto”, contestaba Misaka en una entrevista.

Con todas las incomodidades en los desplazamientos, solo tres derrotas (18-3), casi todas ante potentes academias militares ‘reforzadas’ por soldados ilustres, les llevaron a obtener la invitación para el prestigiono NIT que se celebraría en Nueva York. Un esguince de tobillo en el partido anterior del pívot y estrella Fred Sheffield permitió a Wat Misaka, especializado como ‘sexto hombre’, jugar más minutos de lo habitual en la primera ronda ante los Wildcats de Kentucky. Sus rasgos orientales y su rapidez, su habilidad defensiva pese a su altura (1.70), iniciaron un idilio con la afición del MSG y la prensa de la Gran Manzana que fraguaría su destino. “Su juego espectacular provocó rugidos de aprobación. Viéndole uno se pregunta cuál sería la reacción de una multitud de Tokio en un evento deportivo en este momento, si uno de los jugadores se llamara Kelly o Doolittle”, se preguntaba Wilbur Wood en el New York Sun, según recogía un artículo de ESPN. Pero su presentación en NY no fue suficiente, así como el informe técnico que Vadal Peterson había comprado por 25$ a un ‘experto’ y que había resultado ser un engaño, y los Utes perdieron ante el imponente quinteto de Adolph Rupp (46-38).

Wat lucha un balón ante Kentucky

Tras unos días  asistiendo al Copacabana, tocando el cielo desde el Empire State Building o paseando por los muelles repletos de barcos de guerra (“Te imaginas que subo corriendo gritando Banzai”, bromeaba Wat con Arnie Ferrin), con las maletas hechas para volver a casa, el infortunio ajeno les abrió una puerta inesperada para convertirse en la primera “Cenicienta” de la NCAA. Un mortal accidente de tráfico de la expedición de Arkansas (un directivo muerto y dos titulares gravemente heridos) provocó su abandono prematuro del cuadro final del torneo universitario y la organización decidió cubrir su baja con los chicos de Utah. Tres largas jornadas de viajes desde New York les llevarían a Kansas City para disputar la fase regional. Ni el cansancio pudo con el espíritu de un equipo que logró derrotar a Missouri (45-35) y a Iowa (40-31) para volver a la Capital del Mundo como campeón del Oeste y disputarse el título nacional con Dartmouth, nutrida por estrellas universitarias reclutadas por los Marines que deberían volver a filas al terminar el partido fuese cual fuese el resultado.

El 28 de marzo de 1944, el cosmopolita Madison estaba a reventar. Unos 15.000 espectadores, récord hasta entonces en el deporte universitario, aguardaban entusiasmados a los ‘granjeros’ de Utah y, sobre todo, a su japonés (algunos periódicos lo ‘camuflaron’ como hawaiano inducidos por el propio Vadal Paterson para apaciguar los ánimos). Las apuestas eran 7-1 en su contra. El juego alegre y veloz, intenso en defensa, volteó los pronósticos y llevó por primera vez a una final universitaria a la prórroga en medio de la nube de humo que envolvía la pista. La bruma del tabaco casi impidió ver cómo el último tiro entraba en el aro y los Utes se proclamaban campeones de una nación en Guerra con un ‘enemigo’ como aliado. Era la victoria de “los niños abandonados de la postemporada”, como escribiría Irving Marsh en el New York Herald Tribune. Con 22 puntos Arnie Ferrin sería proclamado MVP del torneo y el equipo pasaría a la historia como “The Whiz Kids”.

Dos días después volverían a un Garden entregado para disputar el partido de la Cruz Roja, promovido para recaudar fondos para la Guerra (40.000$ esa noche), y ganar ante los locales de St.John’s, campeones del NIT. Y Misaka volvería a ser ovacionado pese a que el rival jugaba en casa. “Fuese real o no, sentí menos prejuicios contra mí en Nueva York que en otros sitios. Los neoyorquinos son grandes fans de los oprimidos y realmente sentí su apoyo, incluso en el partido ante St.John’s”, contaba Wat Misaka en NBA.com.

En el viaje de vuelta a Utah el responsable de los ferrocarriles acomodó a la expedición en un lujoso coche cama y agasajó a los héroes con fresas y carne, manjares difíciles de hallar en la carestía de los tiempos bélicos. En una parada del trayecto, ‘Coach Peterson’ llamó a Masateru Tatsuno para que se pusiera su mejor traje y se incorporase al desfile en coches descapotables que serviría de celebración a su llegada a Salt Lake City. Nada más pisar el andén, Wat Misaka se encontró a su madre con una carta sellada con el membrete del ejército. Wat debía incorporarse en un mes al servicio militar para ser enviado donde años atrás no quiso ir. El ‘Tío Sam’ veía el final de la Batalla del Pacífico tras sus avances en Filipinas y necesitaba traductores japoneses para recabar toda la información posible de los capturados antes del desembarco final. Ya no importaba tanto el color de la piel y los nisei eran expuestos ahora como un símbolo de la libertad americana (dos regimientos de nisei habían liberado cerca de Munich el campo de concentración de Dachau). Durante una larga instrucción en Minneapolis y Alabama demostró su buena puntería y conoció la caída de Berlín cuando viajaban hacia California para ser embarcados hacia su primer destino: Manila. En mitad de la eterna travesía en barco, Misaka y su batallón fueron informados de la explosión de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki. El 14 de agosto del 1945 se firmaba la rendición incondicional en medio de la algarabía que se formó en la cubierta del buque. Su misión sería en tiempo de paz.

Nada más llegar fueron internados en un circuito de carreras. Toda una paradoja. “Era muy parecido a los campos de internarnamientos en los que vivían los nisei en Estados Unidos”, ironizaba en una entrevista a una radio de Utah. El soldado Misaka fue asignado a un campo de prisioneros gracias a la mediación de otro ‘nip’ de Ogden (unos 3.000 vivían en el Norte de Utah). Allí realizando labores de traducción en los interrogatorios, juicios y otras actividades para el servicio de inteligencia, que utilizó a más de 3.000 nisei durante la contienda. En la enorme prisión de Luzón (unos 150.000 prisioneros) entabló relación con alguno de los altos mandos del Ejército y Marina Imperial japonés, de los que guarda palabras de admiración. Quedó impresionado con el orgullo marcial de los generales Homma y Yamashita, hombres cultos que entregaban todas sus pertenencias a soldados de menor rango sabedores de que morir fusilados era la única opción honorable antes de la vergüenza de volver a Japón como perdedores. Wat cuenta que guarda con cariño una carta que Homma le escribió de su puño y letra agradeciéndole el trato recibido en su cautiverio. Fue fusilado el 3 de abril de 1946.

Pero también conoció la otra cara de la moneda, a chicos como él, nacidos en Estados Unidos que habían emigrado a Japón antes de Pearl Harbor y habían sido alistados voluntariamente o a la fuerza para defender las posesiones del Emperador Hirohito. A uno de ellos, que conocía porque su padre era el encargado de comerciar con productos nipones en Ogden y tenía nacionalidad estadounidense, lograron incluso ‘salvarle’ la vida al corroborar su origen ante las autoridades.

Unos meses después fue enviado a Japón. Allí permanecería nueve meses. En un principio se encargó de comprobar que las ediciones de los periódicos en japonés no se saltasen los límites de la censura, pero pronto recibió otra misión que le acercó a la realidad. Debería formar parte del destacamento de interrogadores que redactaban informes sobre el efecto moral de los bombardeos en los civiles. Wat fue trasladado a diferentes partes de la isla principal, incluído Hiroshima en la provincia natal de su familia. “Solo se mantenían en pie los esqueletos de los árboles carbonizados”, relataba Misaka. Comprobó en primera personal la devastación nuclear y felizmente como su tozudez adolescente de quedarse en Estados Unidos seguramente había salvado la vida a toda su familia. Lo verificó al visitar la casa de un tío detrás de una colina. Allí comió ostras, desconociendo los efectos de la radiacción en ese momento, y almuerzo al que más tarde culparía de que no pudiera tener hijos hasta doce años después de su matrimonio. Fue una de sus pocas excursiones fuera de su tarea militar porque cuando pisaba la calle notaba en las miradas que allí, otra vez, sus rasgos le condenaban. “No importa donde mirase, yo era un traidor a los ojos de la gente [...] Era un hombre sin país, porque los japoneses me veían como un traidor y los americanos no confiaban en mí porque veían a un japonés”.

Licenciado del ejército, volvió a Estados Unidos donde su historia de superación a las barreras del racismo y la discriminación no había hecho más que comenzar, sin saber que volvería pronto al Garden y que una camiseta de los Knicks le aguardaba con su nombre, el nombre del enemigo que era coreado por los neoyorquinos. “Yo no intentaba hacer nada fuera de lo normal, ignoraba cualquier discriminación y evitaba la confrontación. Todos en el equipo eran blancos y simplemente actuaba como uno de ellos, como si no hubiera diferencia”.

Continuará…

27
oct
11

‘Elevate’, el debate de África


El discurso de Matt pasa de la zarzuela chulapa a los ‘okupas’ de Lavapiés con un chorro de pasión a presión. No baja la intensidad cuando describe el ambiente del Rupp Arena, el ruedo de los Wildcats. Matt es americano, nació en New York, pero su vida le ha llevado por tantos rincones que no sabe exactamente de dónde es, aunque me lo presentan como ‘Matt, el de Kentucky’. “El baloncesto universitario es el orgullo del Estado. Llevar la camiseta azul lo es todo”, me cuenta mientras le echa doble de picante al guiso chino que compartimos sin pan. “Pero el sistema de formación es peor que en Europa. Me gusta más cómo lo trabajáis aquí. En la NCAA los chicos están un año porque quieren irse a la NBA y si no son muy listos no aprenden nada entre tantos viajes y partidos, yendo a tan pocas clases y con tantas facilidades con el programa de deportes”, relata mientras contrapone los ejemplos de John Wall y DeMarcus Cousins, a los que vio jugar durante su estancia en el campus de Lexington.

A pocos kilómetros de allí, un chico congoleño prueba estos días en Magariños. Es cadete, pero entrena con varios equipos, incluido el junior, donde su despliegue físico desborda menos que entre sus iguales. Anicet Lavodrama y otros miembros de You First le acompañan a todos los lados, le llevan a los entrenamientos, a casa, le hacen de traductores, le cuidan… No le faltan las palomitas mientras observa como el Estudiantes remonta al Lagun Aro en el Palacio, esa cancha donde su compatriota Serge Ibaka lucirá de blanco mientras el lockout aguante. En él, como un espejo inmaculado, se refleja un sueño que confluye en la misma encrucijada que el de todos esos chavales que ahora o en los próximos meses vendrán a España, a Europa, ‘a probar’, a jugar al baloncesto en un sitio o en otro.

Tampoco muy lejos de donde come Matt, unos días antes, se desplegaba otro mantel en el que se  mezcla con los platos el tema de los chicos y chicas africanos que llegan a los clubs españoles. “Para un Ibaka que llega hay muchos otros que se quedan en el camino. Fichamos a chicos para las canteras para ganar un campeonato de España, pero sabemos que no valen para la ACB, ni LEB. Pero todos lo hacen y tenemos que ser competitivos”, reconoce un entrenador madrileño mientras con otros comensales recogen historias de sueños rotos, de chicos que sólo jugaban porque querían comprarle un taxi a su padre o abrir una tienda en su pueblo con el dinero que ganarían ese año. “Lo mejor para estos chicos es irse a Estados Unidos y tener una educación en alguna universidad, allí se preocupan más por su educación”, continúa este técnico que no sabe quien es Matt, el de Kentucky. Sin saberlo, los dos desconocidos abren un debate que es de todos.

Esta semana se ha estrenado en Estados Unidos el documental ‘Elevate’. La película producida por ESPN muestra el viaje de cuatro jóvenes africanos en la persecución de alcanzar la gloria del baloncesto. Salidos de la Academia Seeds de Senegal, Dethie Fall, Assane Sene, Aziz N’Diaye y Byago Diouf reciben una beca de institutos del otro lado del charco. Durante varios años, la directora Anne Buford (hermana del GM de los Spurs) trabajó en este proyecto que sigue los pasos de estos cuatro senegales durante su temporada de debut en el baloncesto americano. El desconocimiento recíproco en la brusca adaptación de un joven africano y la sociedad norteamericana dan toques de humor a un historia que en su parte más benévola da la razón a ese entrenador madrileño, pero también, en sus aspectos menos indulgentes, los que hablan de la dureza del cambio, de aquellos que no lograron dar el salto, de los obstáculos que se van sucediendo, apoya el veredicto de Matt.

Mi opinión es otra, contraria a la de mis dos nuevos amigos. Puede que la academia Seeds, fomentada por Amadou Gallo Fall, con vinculación ejecutiva en la estructura de la NBA en África y exscouter de los Mavs, tome en su seno una buena intención incuestionable, la apertura de una ventana hacia el deporte, la educación, el crecimiento económico y todos los valores positivos que en su práctica se adhieren en un entorno hostil por pobreza económica en contraposición al oasis del sueño de Occidente que es innegable. Adosada a este esfuerzo no hay que obviar que queda el reclutamiento de promesas para la causa del baloncesto universitario y profesional en los Estados Unidos. Pienso, considero, que el esfuerzo debería encaminarse a proporcionar ese sueño entre los suyos sin pedir nada a cambio, no fuera de ellos, sin becas ni meses de prueba, sin tener que arrancar a una juventud fuera de su entorno protector tan pronto, generar proyectos de baloncesto educativo, social, ético, bajo el mecenazgo de los clubs internacionales que no vean en ese continente una veta de éxito, un pívot de largos brazos y musculatura colosal o en escolta veloz y anotador, sino una oportunidad de sembrar lo mejor de su deporte amado de forma desinteresada, compartir la experiencia de sus entrenadores, enseñar cultura deportiva y de las otras, enseñanza del ser humano y que sea el desarrollo deportivo de cada uno el que lo aúpe a esa oportunidad en otros lugares cuando toque y sin que manipulaciones. Que sólo ellos se beneficien de nosotros sin pedir nada a cambio. El baloncesto como herramienta, no como amplificador de la persecución de una ambición que acaricia la  cruel utopía. El proyecto de Casa España de la FEB encierra esa esencia de solidaridad, aunque se desdice por las nuevas reglas de asimilación que promueve el éxodo de adolescentes africanos y de otros países para pescar algún Ibaka que llevarse a la selección. Sin contar con otros aquellos que se quedan enganchados a las redes por las que casi nunca pasa ese sueño que les prometimos.

19
ago
10

Ve las fotos de los rookies de la NBA y el pique entre Wall y Cousins


La NBA suele citar a los rookies de la siguiente temporada antes de empezarse los training camps para que posen con sus nuevas camisetas antes los fotografos, imágenes que utilizará Panini para el album oficial de cromos. La oportunidad sirve para ver juntos a las futuras estrellas de la Liga, para empezar a sembrar la semilla de futuras rivalidades forjadas en las canchas universitarias y hasta para reencontrar a viejos compañeros de aula. Ese fue el caso de John Wall (pick 1 por los Wizards) y DeMarcus Cousins (pick 5 de los Kings), que el año pasado coincidieron en la prestigiosa Kentucky junto a las otras primeras rondas  Eric Bledsoe, Patrick Patterson y Daniel Orton. Base y pívot protagonizaron una de las imágenes más insólitas de la postseason al enfrentarse en un uno contra uno desigual en kilos. ¿Cuál fue el resultado? Véalo por usted mismo en este vídeo que encontré en Dime.

En la sesión hubo varios protagonistas propios, entre ellos el propio John Wall, que se declaró hincha de los Dallas Cowboys, aunque, como nuevo inquilino de Capitol City, piensa apoyar a los Redskins (vaya bobada!). El indeseable Lance Stephenson, el novato de los Pacers, que fue detenido la semana pasada por agredir (tirarla por la escalera) a su novia, dijo que quiere resarcirse mostrando su seriedad en Indiana y quiere hablar con Larry Bird, que ya le ha mandado un duro mensaje sobre las dudas que suscita su comportamiento. Sin embargo, la situación más curiosa fue la de Xavier Henry, el jugador que draftearon los Grizzlies en el duodécimo puesto y que aún no ha firmado su contrato, por lo que tampoco jugó la Summer League. El equipo de Tenneesse no quiere abonarle el máximo salario que el convenio estipula para un novato drafteado en esa posición y le ofrece una cifra menor con incentivos, lo que rechaza el jugador. Parece que en los próximos días podría darse un acuerto. Mientras, Henry, alero de Kansas, posó con una camiseta que no sabe todavía si va a defender. Cosas del mákerting.

Si quieren ver la sesión de fotos de los novatos y reconocer las caras que dentro de poco les serán más conocidas (sobre todo si no siguen la NCAA), pueden cliquear en el enlace oficial de la página de la NBA.

http://www.nba.com/multimedia/photo_gallery/1008/2010.rookie.photo.shoot/content.1.html

16
may
10

‘We are Lebron’


La que nos va a caer encima. La eliminación de los Cavs no ha hecho más que retorcer un poco más el interminable culebrón de la pregunta que interroga a la NBA a cada paso: ¿Dónde jugará la próxima temporada Lebron James? Mientras un asesor de Barack Obama, declaró en la ESPN que al presidente de los Estados Unidos le haría ilusión que fichara por los Bulls, aunque ‘no le quiere presionar’, un grupo de celebridades de Cleveland se ha unido para ‘cantarle’ al chico de Akron todo su amor. En una poco acertada versión del ‘We are the World’, un elenco de políticos (incluído el Gobernador de Ohio), jueces, deportistas, músicos, famoseo de tres al cuarto, le piden de esta forma tan poco original y pésima al Chico de Oro que se quede en su ciudad, que lo es todo para ellos, y que no se marche ni a Chicago, ni a New York, donde le esperan con los brazos abiertos e incluso la afición de Boston, jocósamente, le coreó el nombre de la capital del mundo cada vez que lanzó un tiro libre en el sexto partido de la eliminatoria. Para rizar el rizo, Jay-Z, rapero amiguísimo de James y propietario de parte de los Nets (recientemente comprados por el ruso Prokhorov), ha declarado en los medios americanos que espera tener esta temporada una mayor responsabilidad en las decisiones de la franquicia, en la que dicen que podría recalar O’Neal para motivar a los aficionados a desplazarse al nuevo pabellón de Newark. Y por su parte, en Cleveland se sigue especulando con la marcha de Mike Brown del banquillo de The Q, aunque John Calipari insiste en que se quedará en Kentucky. ¿Más humo? No sé, ni quiero pensarlo. Porque lo único que sé es que Lebron ya no está en el playoff y sólo anhelo que decida pronto y nos dejen de dar la murga los famosos de Ohio y los medios USA con el temita de King James.

Aquí podréis ver el vídeo de ‘We are Lebron’




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