Entradas Etiquetadas con: ‘Edu Martínez

08
sep
12

Crónica de un campus


La camiseta le rebosaba por todas las partes. A Marc le costaba una vida soltar esa pelota que abultaba tanto como él. “Mañana me la devuelves. Me la tengo que llevar a Sant Boi”, hacía prometerte. No había pérdida. Entre el granulado naranja se divisaban unos garabatos. “Me la ha firmado mi amigo Bebe (Lucas Riva)”, desvelaba orgulloso el valor de su tesoro. Cerca Joseda y Pedro seguían tirando hasta el último aliento. Raquel les miraba atenta hablando como ella lo hace, con una sonrisa. Carlos no paraba de retrasmitir un uno contra uno imaginario en un Insular repleto de ‘píos, píos’. “¿Cuándo vendrá el Chacho?”, preguntaba desde el primer día este descaro grancanario de 10 años. Por allí corría Paula ‘acariciando’ a su mascota la pelota. “Así me dejará pasarla sin tener que cogerla con las dos manos”, repasaba la lección aprendida esa mañana. Mientras Laia, orgullosa, contaba a todos que su grupo había enlazado 74 pases sin fallo como “un buen equipo” y Cristina se enfundaba la camiseta del Estu que su entrenadora Marta le había regalado por su cumpleaños. “Ahora soy del Cajasol y del Estudiantes”, afirmaba la sevillana de 9 años inseparable de Iria y Beatriz. Juntos se apuraban en el revuelo. Los ‘peques’ sabían que después de estirar llegarían los monitores para llevarlos a la piscina. Cada segundo había que gastarlo en botes, risas, pases imposibles, carreras sin descanso, tiros desde el centro del campo, bromas…

Todo fue muy diferente el primer día del Campus Liga Endesa. Apenas cruzaron palabras. El silencio tímido de las horas de encuentro inicial rodeaba a los 19 ‘linces’ que de nada se conocían. Unos llevaban ya años jugando y otros no sabían apenas coger la pelota. Daba igual. La consigna era divertirse, aprender algo de baloncesto y ser un verdadero equipo, buenos compañeros y amigos. Ese eran los objetivos que marcó Paco Torres, coordinador técnico del campus, a los diez entrenadores del Asefa Estudiantes (Marta Sánchez, Javier García y Sergio Ruiz), Real Madrid, Fuenlabrada y Majadahonda, técnicos de destinos distintos, pero que en las innumerables charlas encontramos puntos de encuentro en la enseñanza de valores, la ilusión por enseñar más allá de la competición y la pasión sin colores por este deporte. Todo era nuevo, incluso para nosotros, en el primer campus oficial que llevaba meses organizando la ACB. Hasta el último momento se estuvieron puliendo los detalles para que los 100 seleccionados de toda España encontraran su casa en el ‘fuerte’ del Club Las Encinas de Boadilla del Monte.

Mis ‘linces’ con Suárez y el ‘Chacho’ / CampamentoLasEncinas

Dadas las diferencias, los primeros ejercicios sirvieron para dividir por su experiencia deportiva a los chavales, intentando respetar la edad y los grupos que mantenían en las actividades (canoas, bicicleta, tirolinas…) y visitas (Parque de Atracciones y Madrid) que completaban el campus. El segundo día ya empezó el trabajo técnico, con tres horas en pista que concluían con diferentes competiciones de tiro, habilidades y, los más ‘grandes’, un torneo 5×5 que mezclaba a todos los niveles y dónde se ponía en práctica todo lo aprendido, que no fue poco. “Alo es una jugona”, sentenciaba Víctor, aunque todos le llamaban ‘Zaragoza’ o ‘el maño’. El jerezano Pablo se empapaba la melena para el siguiente partido. Toni calentaba su muñeca y la lengua mientras apuntaba las canastas de otros. Alejandro ya sabía lo que era ser un ‘palomero’ y el ramireño Ignacio exhibía lecciones de patio.  Ni el calor ni el trabajo eran un inconveniente para saciar la sed de baloncesto y de pasar un buen momento que todos los jugadores y jugadoras fueron sintiendo mientras avanzaban unas jornadas que cada vez se nos hacían más cortas a todos. Eso pasa cuando uno se lo está pasando bien, ¿verdad?

A mitad de la mañana, en el receso del almuerzo, recibimos la visita de maestros ilustres. Primero fue Quino Colom (Fuenlabrada) quien dejó claro a todos que los estudios (él estudia Psicología) no deben estar por debajo del deporte. Si no fuera poco con eso, directamente del colegio llegaron Jaime Fernández, Edu Martínez y Lucas Riva (Estudiantes). Más de una hora se pasaron firmando todos los autógrafos posibles, posando para mil fotos e, incluso, marcándose una samba con los más valientes. “Pero si le llegaba a la cadera”, bromeaba risueña Paula. A Sergio Rodríguez y Carlos Suárez (Real Madrid) les tocó saltar a la pista después de ser ‘acribillados’ a preguntas, algunas, de lo más incómodas: “¿Qué sentisteis tras el triple de Marcelinho?”. Sus nombres quedaron estampados en 100 camisetas y en 100 recuerdos para toda una vida.

Y pese a que nadie quería, llegó la despedida, con los últimos partidos y circuitos, amenizados por Juanma  López Iturriaga. Cada uno con su diploma y su pelota y nosotros, son la satisfacción del objetivo cumplido, llegó la hora de la despedida. Y como en todos los campus los créditos del final fueron los adioses que son hasta luegos, los abrazos y las lágrimas que son contratos de amistad eterna, el intercambio de ‘tuentis’ y ‘guasaps’ para no perderse en la distancia… “Pero seguro que el año que viene todos repetimos”, consolaba a Carlos a sus compañeros. Marc no tiene duda de ello. Y se traerá con él su balón firmado y sus 99 nuevos amigos. Su equipo.

 

Todo el equipo del Campus

Esta crónica fue publicada por ACB.com

29
jun
12

El viaje de Norio


Jacobo Rivero ha escrito un libro. Quien no se haya enterado ya está tardando en entrar en su blog o ir a la libreria más cercana a devorarlo (y comprarlo). Porque no se lee, se devora y se disfruta. Pero esa es otra historia de la que he hablado y hablaré, aquí y en otras plazas, en otro momento. En ‘El Ritmo de la Cancha’, el creador de Sputnik, compañero e instigador de proyectos y amigo nos conduce por un viaje por el mundo persiguiendo una pelotita naranja para contarnos historias de vida, lucha, rebeldía, de satisfacción por hacer lo que a uno le gusta… son lugares comunes entre personajes sin uniones en el primer vistazo, pero con inumerables encrucijadas similares, humanas.

Cuando Norio Sassa me mandó su primer email pensé ‘la que me ha caído encima’. Mi amigo Yoshihiro Tomita (lo conoceréis si sois seguidores de Puertatrás) me había puesto en contacto con este entrenador profesional de Japón. Pocos datos tenía de él. Solo que era bicampeón universitario de su país, asistente en la selección U20 y profesional con los Hitachi Sunrockers, el cuarto mejor equipo de la JBL y dónde jugaba un conocido, Christian Maraker. En su primera nota me comunicaba su deseo de ver ‘entrenamientos profesionales’ y una fecha de llegada de un vuelo procedente de Munich que, por supuesto, no había negociado conmigo. El aterrizaje llegó tarde. Con semanas de retraso. Las mismas que fluían las lágrimas del descenso del Estudiantes, lo que dificultaba sus deseos de seguir de cerca al equipo en ACB. Tras algún movimiento por mi parte, estirando contactos, esquivando otros, le planteé otras alternativas que aceptó, no sé si entendiéndolas o acatándolas sin más.

Gracias a la predisposición de Pablo Borrás y José Domingo, conseguí que Norio se hospedase en la Residencia del Estudiantes junto a los becados del club y a Martín, un anfitrión extraordinario. Pronto, Javier Medori se encargó de ser su ‘ciccerone’. Un lujo. La ‘Resi’ quedaba cerca del ‘Magata’ por lo que las visitas matutinas para ver las sesiones magistrales de Ángel Goñi se hicieron obligadas. al igual que las charlas entre platos en la Casa de Aragón. Norio empezó a pronunciar los nombres de Jaime Fernández, Edu Martínez, Jayson Granger, Víctor Serrano, Javier Beirán… y hasta a mi me procuró un reencuentro con mi pasado caísta al cruzarme con Charly Martínez diez años después.

Alguna tarde tomamos el tren regional para ir a Fuenlabrada y contemplar el trabajo de postemporada de los jóvenes del club ACB gracias a la coordinación de Jorge Sanz y una noche nos convertimos en halcones de Palacio para ver el Real Madrid-Banca Cívica del playoff. Pero casi todo el tiempo se agotó en la calle Serrano. Más allá del profesionalismo, la curiosidad de Norio le llevó a querer seguir desde los entrenamientos del EBA hasta el último ejercicio de un mini del Ramiro y el ‘lujazo’ de echarse una pachanga en el patio con Edu y otros amigos dementes. Siempre con la pregunta afilada, comprendió la organización del básket formativo español y se le abrieron los ojos al saber que en la casa había más de 50 equipos. En Japón la distribucción es como en Estados Unidos (colegios, institutos y universidades) y las competiciones son escasas, asi como el nivel de entrenadores. Ahora, Norio memorizaba palabras como cadete, benjamín o sub’21, mientras calzaba una cara de asombro al saber que chicos de 8 años competían cada fin de semana y entrenar era más un juego divertido que una repetición mecánica de tecnicismos.

Y la guinda llegó el fin de semana, con un viaje hasta Zaragoza para ver las finales del Campeonato de España junior, charlar con Manuel Aller (con Manuel Castro como traductor) y otro componentes de la Federación Española, ser entrevistado por Raquel Machín e Ibón Landa y conocer a otros entrenadores y amigos del baloncesto español… incluido Rudy Fernández, que se interesó por la visita de mi, ya entonces, buen amigo Norio.

A esas horas, mientras compartíamos una ensalada y un plato de pasta en La Birosta, se aventuró a fantasear con llevar a Japón a los Juegos Olímpicos o reproducir el sistema de cantera que había percibido esos días en sus propio club. Todo apuntado en su libreta, todo llevado a preguntas y respuestas. Norio ya no era un desconocido ‘japo’ ni un mero entrenador de baloncesto, si no un amante de de este deporte que, como yo, como tantos, había agarrado esta pasión al vuelo de Jordan (su infancia la pasó en Chicago, donde vio a MJ en directo). Yo le enseñé lo poco que sé y él me abrió las puertas de su realidad, de la pobreza organizativa del baloncesto de su país, los métodos arcáicos que retienen los entrenadores nipones, la falta de competiciones de cantera, de cómo jugadores o técnicos de allí podrían completar su formación allí… En esas charlas nos fuimos conociendo y desveló que detrás de ese técnico hambriento había una persona alegre y curiosa, que comprendía sin traducción las palabras apasionadas con las que Ángel Goñi en el Ramiro o Carlos Iglesias en Azúa delimitaban la invisible frontera entre baloncesto, vida y aprendizaje o que no dudó ni un momento en descartar una tarde de su viaje con la visita a una destartalada cancha en el Sur de Madrid con unos chicos y chicas que nunca esperaban esa visita.

Comprendí entonces, en ese detalle, en esa pista de aros torcidos y tableros marcados, que como tan bien retrata Jacobo en su libro, ese espacio podría haber sido cualquier otra cosa, cualquier escenario o cualquier mesa, cualquier mundo compartido, cualquier lugar común en el que las palabras y los hechos no necesitan de traductores. Donde la vida es un viaje con múltiples caminos, que se suben y se bajan como una montaña, con la guía de la felicidad, el sentido común y el amor. El amor al baloncesto. El amor por la vida.




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