En uno de esos canales que ahora tenemos todos entre uno de series anticuadas y otro de basura enlatada, me he almorzado un partido de fútbol de Copa de Europa del Barcelona y la Juventus. Era de mediados de los 80. Veía a los jugadores correteando valientes sin enlazar dos pases buenos y como un carcamal pensaba cómo había cambiado el juego en estos años. La comparación era imposible horas después cuando contemplaba los mil toques del Barcelona de ahora y el golazo de Messi ante el Arsenal.
Todo lo cambió Johan Cruyff cuando recaló en el catálogo de la modernidad futbolera de un país como Holanda, una cultura abierta y profundas raíces liberales. No creo que fuera una coincidencia que la eclosión de 1992, el pistoletazo hacia la modernidad de España, se uniese con esta nueva cultura que impuso el Dream Team del ‘Flaco’. Esta propuesta sigue firme, evolucionada, bajo la tutela de Guardiola, un hijo de esa generación y sigue germinando no solo en La Masía, sino contagiada en el resto de secciones, donde la identidad del Barcelona es uniforme y apoyada en los valores de un estilo y una filosofía apegada a la tierra, a la cantera, y al poder económico. Xavi Pascual redefine el libro de estilo en versión básket, pero el poder de las secciones, desde el atletismo, al balonmano o el hockey patines… es absoluto a nivel nacional y europeo.
Tampoco es coincidencia que al mismo ritmo que el Barcelona ha ido levantando pisos de su fortaleza, el Madrid se ha desnortado de sus orígenes y encuentra la solución en ‘exportar’ talento a base de dinero. El éxito se quiere consumir como hamburguesas, rapidito y sin masticar, y a cualquier precio. No se invierte en paciencia.
El Madrid fichó a Ettore Messina en el verano del 2010 y repitió el modelo del ‘entrenador todopoderoso’ con José Mourinho en el fútbol, la obsesión de Florentino, el dueño del corral. El crédito como ‘celebrity’ se le fue agotando a Messina con su áspero comportamiento y su aire totalitario configurando una plantilla a su antojo sin lograr los objetivos de grandeza por la vía rápida. Se fue creando enemistades y la marcha de Antonio Maceiras como director de la sección le dejó sin su mejor aliado en un club volcado en el fútbol.
He leído en medios y blogs los análisis (on invito al de mi amigo Karusito o al de Maragota) sobre la salida de Ettore Messina, su última entrevista en La República y diferentes reacciones. Yo ni soy madridista, ni vivo en Madrid, ni sigo de cerca la realidad de la sección, pero considero que la dimisión de Messina, el buen o mal hacer de Juan Carlos Sánchez y Alberto Herreros, el talante de la prensa, los intereses de algunos jugadores, el pasotismo de la afición… no son las verdaderas razones por las que el Madrid sigue rodeado de un ambiente de dudas e inestabilidad. Con el equipo en plena lucha por la ACB y la Euroliga, tras ser finalista de la Copa, la salud deportiva no se diagnostica como preocupante, pero sí el envoltorio sigue denotando que algo falla. La falta de una dirección más honda, de peso, de largo recorrido, una línea maestra inalterable a nombres, coherente con un pasado, respetando los principios que crearon la leyenda, revitalizando la cantera… sigue siendo la ausencia más profunda y sangrante para una sección que fagocita a directivos, entrenadores de prestigio y jugadores con pedigrí (y otros no tanto) y que en vez de mirar al Barcelona debe reconocerse así mismo en una versión más actual. Mientras España disfruta de una generación de campeones despreocupados, de jóvenes sin tabús… la sección de baloncesto del Madrid circula suicida por dirección contraria perseguida por sus fantasmas y las urgencias. Se ha ido Messina y se irán otros en el futuro hasta que llegue la coherencia. El debate continúa.





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