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23
jun
11

Al séptimo día, el mejor fue el campeón


Dice el Génesis que Dios hizo el mundo en una semana ‘y el séptimo día descansó’.

Un grupo de madres y padres viajamos, como no, una hora antes desde Gran Canaria hasta Zaragoza, desde donde esperábamos regresar tres días después, pero nuestros hijos retrasaron el regreso hasta el séptimo día del campeonato, para nuestro mayor disfrute en tierras aragonesas.

Ahora de vuelta a “una hora menos”, me ofrecen el reto de aportar mi opinión sobre el torneo, como padre de un jugador del colegio, el Canterbury Lions, equipo de la isla de Gran Canaria que sorpresivamente ganó, al favorito Gran Canaria, en la final del campeonato de Canarias, cuando en la liga regular y en los playoffs únicamente le ganó una, de las varias veces que se enfrentaron. Y una más, que ponía “orden lógico a la realidad de este año” en el partido por el tercer puesto del campeonato de España cadete y digo lógico, porque aunque padre, que no ciego, puede reconocer que el Granca, fue mejor en ese partido, al que llegó mejor anímica y sobre todo físicamente, su principal fortaleza durante toda la temporada. Pero lo que para un equipo ACB estar entre los tres primeros, supone un éxito, para un equipo de colegio, alcanzar el cuarto puesto de un Campeonato Nacional cadete significa más que un sueño hecho realidad, difícilmente superable.

La expedición del Canterbury en el Campeonato de España cadete, de vuelta a su hora menos

Y esa realidad, aunque perdimos, la alcanzamos el séptimo día del campeonato, en el que los chavales algo tristes y rotos por el esfuerzo de una semana, presenciaron desde la grada una gran final, Joventut vs Barcelona, aquella que se les negó el sexto día de vida en Zaragoza, cuando a nuestros chicos le despertó la tristeza de la derrota, después de 10 segundos para alcanzar la “eternidad”, frente al oficio de un Barcelona que tiene “cuasi” de todo y para cada momento; llegaron igualados al final de un partido, en el que también se identifican los equipos, las ligas en las que juegan durante el año, y sobre todo, aparecen los jugadores, no siempre los mismos, pero casi, con un “algo más” (congénito y/o adquirido) …. y en este caso, fue Cantenys con 5 puntos, que incluía un triple frente a un jugador de más de dos metros, pero especialmente, Cuso (para mí el jugador del partido), quien convirtió tres de tres en tiros libres en el momento de máxima tensión, momento donde los fallos, hubieran permitido al Canterbury haber tenido grandes opciones para ganar el partido en el Pabellón Príncipe Felipe, todo un premio, para un equipo de colegio que juega en cancha de cemento. Sin embargo, una vez superado esos momento y lo de “esto hace grande al baloncesto”, pudimos disfrutar, sin nervios, de otra gran partido, en el que la tristeza se trasladó a los chavales del Barça frente a, en mi opinión, la alegría del mejor equipo del campeonato, el Juventut.

Pero para llegar a ese día, disfrutamos un quinto día también increíble, para la sana envidia de los que vivimos una hora menos, en las magníficas instalaciones de Zaragoza (Pablellón Siglo XXI), y enviamos nuestras felicidades a quienes corresponda. Ese día, contra el Unicaja, que el año anterior nos ganó, en la fase de sector en Sevilla de 40, con sus chicos del 94 y los nuestros del 95; se tornó este factor y ganamos un partido difícil, en el que se evidenció que el año próximo, Unicaja es un claro favorito, con poco que refuerce su juego interior, y que Montoro es un jugadorazo.

En el cuarto día de alegrías nos encontramos con el organizador y el sueño comenzó a no ser tanto, después de ganar un partido, igual de difícil que todos los anteriores y posteriores. Me impresionaron los jugadores altos del CAI, quienes mantuvieron un tú a tú con Jonathan y Bouarama, quienes con algo de ayuda, siempre, poco valorada de sus compañeros exteriores, y al igual que el día del Unicaja, dejaban en la cuneta a otro gran equipo.

El Canterbury cadete, campeón de Canarias

El tercer día en Zaragoza tenía que haber sido el de la vuelta, pero el día anterior nuestros hijos (los nuestros y especialmente los adoptivos) nos habían clasificado, permitiéndonos acudir al único partido sin la angustia, ni las obligaciones del resto, anteriores y posteriores. Allí nos enfrentamos al mejor equipo del campeonato (y faltó poco para otra sonada victoria). El Joventut, si tiene de “todo y para todo”, empezando por su entrenador.

Hicimos fotos a nuestros hijos, defendiendo o tirando delante de futuros ACB, como Agustí Sans o Marc Bouza, o extraordinarios jugadores como Gomila. Ya tienen fotos para sus hijos y nietos, como en nuestro caso, la tenemos junto a Epi o López Iturriaga, en un campeonato de España Junior allá en la prehistoria. La vida hace ciclos vitales y este fue uno de los que para algunos, como el que escribe, cerró este campeonato, gracias a nuestros hijos, al fin al cabo en estos equipos todos son hijos nuestros.

Pero para cambiar gustosamente los billetes de avión, teníamos que pasar por el segundo día, ese día los padres, casi ni comimos, pero de la ansiedad y los nervios pasamos a celebrar la victoria sobre el Manresa, como si del campeonato de Canarias se tratara. Manresa, tercero de la liga catalana mereció igualmente estar entre los mejores (aún no entiendo cómo se llega a confeccionar estos grupos, claramente desequilibrados).

Y todo tiene un principio, como lo del génesis, el primer día en “una hora más”, ganando a otro equipo, que podría estar entre los 12 mejores, el Marín de Galicia, un equipo con un chaval congoleño, como nuestro Jonathan, quien ya nos había dicho, que era el mejor jugador del Congo. Y así fue, sufrimos hasta los cinco últimos minutos cuando Cedric cometió su quinta falta personal.

Y así transcurrió la semana junto a este deporte que adoramos, que nos ayudó a formarnos, a adquirir carácter, a respetar a todos y cada uno de nuestros adversarios, a compaginarlo con la Universidad, a hacer amig@s, para siempre, donde quiera que hay una cancha, y que nos ha permitido vivir, cuando no revivir intensamente junto a nuestros hijos un campeonato de ensueño, de gran nivel en todos sus aspectos, con detalles para reflexionar y mejorar, como en la organización de los grupos, y alabar las instalaciones de una Zaragoza remozada. Seguro que esto lo compartimos muchos ….. y muchas.

Me hubiera gustado hablar más de y del baloncesto del Canterbury, de cada uno de los 10 chavales que lo conforman, no tanto de nuestras estrellas (ya se ha hablado y se hablará de ellos en el futuro), sino más bien del resto, de los “normaluchos” como alguien escribió. Del baloncesto que verdaderamente atesoran (Alberto, Dani, Gabri, Arturo, Kike, Sebas, Ale y Vega) “nuestros ídolos particulares”. Talento, del que no disfrutamos en este campeonato, en parte, porque para seguir un día más, hay que ganar o ganar. Pero que me sorprendió, como espectador anónimo, escuchar en la grada, de quienes saben realmente de esto, el reseñar el valor de estos chicos más anónimos, pero igualmente indispensables, en cada uno de los equipos.

Pero el campeonato acabó, volvemos a casa, volvemos a los estudios, a ese eje neurálgico que debe guiar la formación de nuestros chavales, alrededor del cual el baloncesto constituye el complemento ideal, para hacerlos mejores individual y colectivamente, sin la influencia de la “famosa hora de más o menos”, en un país de todos.

Y al séptimo día descansó y nosotros también. En Canarias tenéis vuestra casa.

Arturo Fernández, hijo de Antonio, lanza un triple en la semifinal ante el Barcelona

El artículo es de Antonio Fernández, padre de Arturo Fernández, jugador del Canterbury, equipo campeón de Canarias y cuarto en el último Campeonato de España. ‘Toño’ Fernández (1959) es catedrático en la Universidad de Las Palmas. Ha disfrutado y sigue disfrutando del baloncesto, desde donde nació, en la isla de La Palma, hasta Córdoba, Burgos y Hannover como jugador, y continúa pachangeando por varias universidades y canchas de medio mundo, siempre que el trabajo le deja un hueco. Como mérito principal, no ha podido enseñarle nada a sus hijos. Es Premio Canarias de Investigación (2008).

22
jun
11

Las astillas del tablero


Sabonis, Antúnez, Rogers, Jofresa, Orenga… Perfectamente esta podría ser la plantilla de un extinto All Star de la ACB de mediados de los 90. No hay que remontarse hasta tan atrás para desenrollar esta lista. Hablamos de la generación 2.0, de esos hijos que no solo comparten apellido con sus padres, sino también su pasión por el baloncesto.

En el último Campeonato de España cadete de hace un par de semanas fueron muchas las astillas que llenaron de orgullo a sus ilustres ‘palos’. Al revisar las estadísticas se comprobaba la presencia de los herederos de los que hace unos años eran ídolos y en la pista se divisaba el parecido, en ocasiones no sólo físico, sino también espiritual, en ese gesto insustituible que la naturaleza les ha hecho copiar.

“No es nada nuevo. Cada año hay un par o más. Hace unos años estaban los hijos de Creus, de Beirán, de Llorente… Yo, como seleccionador sub20, los he tenido a casi todos. Para mí es algo natural”. El que habla es Juan Antonio Orenga. Y sabe lo que dice. No sólo por su cargo de entrenador en la Federación, también como padre. Su hijo Gonzalo es uno de los bases del Estudiantes, club en el que también jugó y entrenó su padre y en el que su hijo mayor, Guille, es escolta en el equipo EBA. Efectivamente, ambos son exteriores. En casa del pívot… “Pero el tercero, Pablo, parece que va a ser más grande”.

Orenga y Antúnez

Esta diferencia de estatura promulga que la genética no lo es todo. ¿O no? ¿El secreto de la herencia baloncestística está en los genes? Parece complicado negarlo cuando se mira a la cara de Lucas (también base del Estudiantes) o David (escolta del Joventut). Ambos parecen el reflejo de sus padres, José Miguel Antúnez y Rafa Jofresa, que comparten con ellos los colores de su ‘escuela’. “Genéticamente hay una parte, pero tú terminas haciendo lo que ves en casa, por eso hay tanto hijos de actores que son actores, pero también hijos de médicos que acaban siendo médicos. Por eso es raro que el hijo de un jugador de baloncesto no juegue al baloncesto y haga, por ejemplo, fútbol. Lo raro es lo del hijo de Noah, que se haya pasado del tenis al baloncesto, pero lo habitual es seguir la tradición familiar”, comenta Orenga.

El ejemplo. Esa parece ser la clave del relevo familiar del baloncesto español. Además de los centímetros de regalo, ‘mamar’ básket desde la cuna es un nutritivo aporte para pasar etapas. Una referencia con doble dorso. El consejo está cercano, la facilidad para el entrenamiento extra, los recuerdos de la dureza del profesionalismo son propios, se sienten las horas de ausencia del padre entre partidos y entrenamientos, de ese sacrificio se aprende que el camino no es fácil y por ello es mejor entendido el esfuerzo. El otro lado, el oscuro, esconde la comparación contínua, el listón alto, las expectativas del tercero, que no ayudan a saltar al último nivel, adonde muy pocos trepan. “Pero para la gente que los conocen, los de su entorno, no es ningún problema. Ellos son ellos. Eso viene siempre de la gente del exterior”, afirma otro aludido, Johnny Rogers, que, al igual que Orenga, ya ha dejado de dar clases particulares a sus pupilos en el aula de los aros. “Si quieren algún consejo, intento dárselo, pero me he mantenido al margen. No les digo nunca nada de sus entrenadores, ni para bien ni para mal. Eso es su entrenador quien entiende el baloncesto de una forma y hay que entenderla”, declara el seleccionador U20. Esa posición de entrenador hace que Orenga tenga muy claro cómo debe interpretar el papel de padre y lanza un interesante mensaje para todo el gremio. Tomen nota, papás y mamás del mundo: “Como padre intentas llevar a cabo todo aquello que como entrenador le pides a los padres de tus jugadores. Es un deporte a través del cual se forman los chavales, a través del cual aprenden a convivir en grupo, viven experiencias muy bonitas, pero hay que alejarlo de todo lo que es ese padre que intenta ser entrenador, representante, que ve en su hijo una proyección hacia la NBA”. Sabias palabras.

La doble J de Rogers

Volvamos con Rogers. El español de California tenía que multiplicarse en el Campeonato de España cadete no fuera que luego tuviera que solucionar un conflicto de intereses al volver a Valencia. Tenía a sus dos niños en el campeonato: Joshua (Genovés, del 95) y Jordan (Valencia, del 96). “No le puse ese nombre por Michael, es que queríamos nombres que no pudieran traducirse, que se pudieran decir en castellano e inglés”, indica Johnny, cuyo hijo de primer año sigue sus pasos como internacional (Rogers jugó como español los Juegos de Sydney) y ha estado en las concentraciones de la selección. “Para ellos el resultado es muy importante, porque sacrifican muchas horas de entrenamientos, se lo toman muy en serio, y cuando llegan aquí, quieren ganar. Pero lo más emocionante es ver como han crecido juntos con sus compañeros desde chiquitillos”, comenta el exjugador de Madrid, Cáceres, Murcia, Valencia…

David Jofresa, rubio como su padre

Tampoco la de Rogers es una historia nueva. La suya viene ‘repe’. No es el primer estadounidense que echa raíces en España, se nacionaliza y comparte sus cromosomas con el básket de aquí. David Brabender y el recordado Sergio Luyk fueron sus antecesores. Pero aquí sí se marca una diferencia. El vástago de Wayne se formó integramente en España, mientras que el Cliff cumplió el ciclo paterno en St John’s. ¿Cuál el mejor modelo formativo: el de España o Estados Unidos? “El americano, porque se compatibilizan los estudios con el deporte. Además, en Estados Unidos, las Ligas a estas edades sólo duran tres meses, mientras que aquí están diez meses involucrados y eso les quita muchísimo tiempo. Es muy exigente. Dar el salto a profesionales es muy grande y a partir de los 18 años tienes que decidir si te dedicas a una cosa o sigues estudiando, por eso es primordial no dejar los estudios”, enuncia Johnny, que no sabe dónde seguirán jugando sus hijos. Él lo hizo en Stanford, más prestigiosa por su nivel académico que por el deportivo de los Cardinals. Y no le fue nada mal.

Hay sí que hay coincidencia. El baloncesto es una herramienta para la formación, pero no el futuro. Los libros esconden la llave del horizonte. Es una apuesta más segura. “Yo soy el primero que les dice que su futuro no va a estar encaminado al deporte, sino a sus estudios universitarios y si además están jugando a un nivel alto, quizá, compatibilizando las dos cosas, hay un día en el que puedan llegar. Yo he tenido muchos compañeros que no llegaron y se quedaron en el camino y tampoco llegaron a la otra parte, quedándose sin desarrollar una carrera o un trabajo y eso es lo que hay que fomentar, que lo tengan muy claro”, insiste Juanan Orenga y Johnny, le acompaña en la acertada causa del saber (otra vez, tomen nota): “Lo más importante son los estudios y con el baloncesto no se tienen que dar prisa. Además, en estas edades, el desarrollo físico es aún tardío  y aún deben formarse en ese sentido“. Esa trascendencia hizo que otros padres, más anónimos, criticaran que el nuevo modelo de 32 equipos alarga la competición y quita a los chavales muchas horas de clase y estudio con los exámenes al caer.

Domantas Sabonis lanza un tiro libre

El parecido de Domantas no es tan físico como simbólico. Es listo y tiene buena mano tanto para anotar como para pasar. Su ‘tato’ Tautvydas dice que es el mejor de los tres hermanos (el otro es Zygmantas). Pero los tres serán siempre los hijos de Arvydas Sabonis hagan lo que hagan. Domantas participó en el Campeonato de España cadete con el Unicaja 96 y compartía vestuario con otro hijo de… Francis Alonso, internacional U15, es hijo de Paco Alonso, actual entrenador de Tautvydas en el Axarquía de LEB Oro. Otras ramas de este árbol genealógico las nutrían Pablo Alocén (CAI e hijo de Alberto) o Alberto Abalde (Joventut), preseleccionado por Diego Ocampo para el Europeo U16, y cuya ilustre hermano, Tamara, vio como anotaba los tiros libres decisivos en la final ante el Barcelona. Familias en la familia del básket.




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