El discurso de Matt pasa de la zarzuela chulapa a los ‘okupas’ de Lavapiés con un chorro de pasión a presión. No baja la intensidad cuando describe el ambiente del Rupp Arena, el ruedo de los Wildcats. Matt es americano, nació en New York, pero su vida le ha llevado por tantos rincones que no sabe exactamente de dónde es, aunque me lo presentan como ‘Matt, el de Kentucky’. “El baloncesto universitario es el orgullo del Estado. Llevar la camiseta azul lo es todo”, me cuenta mientras le echa doble de picante al guiso chino que compartimos sin pan. “Pero el sistema de formación es peor que en Europa. Me gusta más cómo lo trabajáis aquí. En la NCAA los chicos están un año porque quieren irse a la NBA y si no son muy listos no aprenden nada entre tantos viajes y partidos, yendo a tan pocas clases y con tantas facilidades con el programa de deportes”, relata mientras contrapone los ejemplos de John Wall y DeMarcus Cousins, a los que vio jugar durante su estancia en el campus de Lexington.
A pocos kilómetros de allí, un chico congoleño prueba estos días en Magariños. Es cadete, pero entrena con varios equipos, incluido el junior, donde su despliegue físico desborda menos que entre sus iguales. Anicet Lavodrama y otros miembros de You First le acompañan a todos los lados, le llevan a los entrenamientos, a casa, le hacen de traductores, le cuidan… No le faltan las palomitas mientras observa como el Estudiantes remonta al Lagun Aro en el Palacio, esa cancha donde su compatriota Serge Ibaka lucirá de blanco mientras el lockout aguante. En él, como un espejo inmaculado, se refleja un sueño que confluye en la misma encrucijada que el de todos esos chavales que ahora o en los próximos meses vendrán a España, a Europa, ‘a probar’, a jugar al baloncesto en un sitio o en otro.
Tampoco muy lejos de donde come Matt, unos días antes, se desplegaba otro mantel en el que se mezcla con los platos el tema de los chicos y chicas africanos que llegan a los clubs españoles. “Para un Ibaka que llega hay muchos otros que se quedan en el camino. Fichamos a chicos para las canteras para ganar un campeonato de España, pero sabemos que no valen para la ACB, ni LEB. Pero todos lo hacen y tenemos que ser competitivos”, reconoce un entrenador madrileño mientras con otros comensales recogen historias de sueños rotos, de chicos que sólo jugaban porque querían comprarle un taxi a su padre o abrir una tienda en su pueblo con el dinero que ganarían ese año. “Lo mejor para estos chicos es irse a Estados Unidos y tener una educación en alguna universidad, allí se preocupan más por su educación”, continúa este técnico que no sabe quien es Matt, el de Kentucky. Sin saberlo, los dos desconocidos abren un debate que es de todos.
Esta semana se ha estrenado en Estados Unidos el documental ‘Elevate’. La película producida por ESPN muestra el viaje de cuatro jóvenes africanos en la persecución de alcanzar la gloria del baloncesto. Salidos de la Academia Seeds de Senegal, Dethie Fall, Assane Sene, Aziz N’Diaye y Byago Diouf reciben una beca de institutos del otro lado del charco. Durante varios años, la directora Anne Buford (hermana del GM de los Spurs) trabajó en este proyecto que sigue los pasos de estos cuatro senegales durante su temporada de debut en el baloncesto americano. El desconocimiento recíproco en la brusca adaptación de un joven africano y la sociedad norteamericana dan toques de humor a un historia que en su parte más benévola da la razón a ese entrenador madrileño, pero también, en sus aspectos menos indulgentes, los que hablan de la dureza del cambio, de aquellos que no lograron dar el salto, de los obstáculos que se van sucediendo, apoya el veredicto de Matt.
Mi opinión es otra, contraria a la de mis dos nuevos amigos. Puede que la academia Seeds, fomentada por Amadou Gallo Fall, con vinculación ejecutiva en la estructura de la NBA en África y exscouter de los Mavs, tome en su seno una buena intención incuestionable, la apertura de una ventana hacia el deporte, la educación, el crecimiento económico y todos los valores positivos que en su práctica se adhieren en un entorno hostil por pobreza económica en contraposición al oasis del sueño de Occidente que es innegable. Adosada a este esfuerzo no hay que obviar que queda el reclutamiento de promesas para la causa del baloncesto universitario y profesional en los Estados Unidos. Pienso, considero, que el esfuerzo debería encaminarse a proporcionar ese sueño entre los suyos sin pedir nada a cambio, no fuera de ellos, sin becas ni meses de prueba, sin tener que arrancar a una juventud fuera de su entorno protector tan pronto, generar proyectos de baloncesto educativo, social, ético, bajo el mecenazgo de los clubs internacionales que no vean en ese continente una veta de éxito, un pívot de largos brazos y musculatura colosal o en escolta veloz y anotador, sino una oportunidad de sembrar lo mejor de su deporte amado de forma desinteresada, compartir la experiencia de sus entrenadores, enseñar cultura deportiva y de las otras, enseñanza del ser humano y que sea el desarrollo deportivo de cada uno el que lo aúpe a esa oportunidad en otros lugares cuando toque y sin que manipulaciones. Que sólo ellos se beneficien de nosotros sin pedir nada a cambio. El baloncesto como herramienta, no como amplificador de la persecución de una ambición que acaricia la cruel utopía. El proyecto de Casa España de la FEB encierra esa esencia de solidaridad, aunque se desdice por las nuevas reglas de asimilación que promueve el éxodo de adolescentes africanos y de otros países para pescar algún Ibaka que llevarse a la selección. Sin contar con otros aquellos que se quedan enganchados a las redes por las que casi nunca pasa ese sueño que les prometimos.




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