La visita del CAI por Málaga fue de lo más decepcionante. Pese a que he visto casi todos los partidos de esta temporada por internet e incluso en el Príncipe Felipe, ver en vivo la derrota sin respuesta del equipo de Zaragoza ante el Unicaja me ha dejado una sensación muy diferente a otras derrotas televisadas y contundentes como la de Gran Canaria o el desastre de Manresa. Ayudan a esta pesimista percepción los mensajes que he podido recibir desde dentro y de los alrededores del equipo. Sin estar en las vísceras del club ni seguir el día a día del CAI, esta doble jornada he podido dibujar mejor el mapa de la realidad de la entidad y del equipo. Y no veo la estabilidad que debería haber por la fiable clasificación. O eso me ‘paice’.
Para empezar, ahora tengo claro que Abós no tiene el respaldo de bazas importantes de su plantilla. El gesto con Paolo Quinteros, que en el minuto tres dejó la pista como castigo a varias malas decisiones y salió cuando el Unicaja ya estaba rompiendo el partido, evidencia que la herida abierta el año pasado entre el técnico y el argentino no ha cicatrizado. Decisiones como la que tomó en Málaga, que a mi me parecen comprensibles aunque peligrosas para la estabilidad del grupo, pueden hacer que emane suciedad de nuevo de esa hemorrágea. Y no sería la única fuente de disonancia dentro de la plantilla.
No niego que Abós se merecía más que nadie entrenar este año al CAI por compromiso con la causa y por ser el responsable del ascenso. Quizá, pese a la impopularidad de la medida, el club podría haberse desprendido de los ‘críticos’ con el entrenador aragonés para que éste pudiera gestionar mejor a un grupo humano más neutral o afín a su causa. Se quiso ser prudente. O no sería tan fácil, claro. En mi impresión, además, la salida de Matías Lescano, pese a poder ser justificable en lo deportivo, descabeza de un líder moral y con voz propia en el seno de la plantilla.
Creo que el CAI es un equipo trabajado tácticamente, no depende de nadie y que explota con criterio alguno de sus fuertes, aunque no me ha sorprendido y sigo considerando que no se ha sacado el máximo rendimiento de una plantilla compensada y construída con operaciones impensables en otros tiempos como la cesión de Aguilar o la ‘caza’ de Cabezas, aunque podría pensarse que hay puestos mejorables. ¿Y en que equipo, no? Por diferentes motivos, entre ellos las lesiones que han impedido a Cabezas dar su mejor nivel y arrastra a la mejora al colectivo, Abós no logra motivar a sus jugadores para dar el paso al frente.
Las sensaciones captadas han reforzado una idea que me retumbaba hace tiempo. La prudencia que se traza con lógica entre las líneas del discurso del CAI es utilizado para conformarse con ganar los partidos esenciales en casa y no ampliar el horizonte y estirar los buenos augurios que se soñaron con la canasta de Van Rossom en el Palau. La racha fuera de casa atestigua este déficit de autoexigencia y justifica que se haya perdido una buena oportunidad de entrar en la Copa y ahora no se aspire a más que a salvarse. Con el precedente del descenso a la primera de hace dos años, no sería inteligente desde el club y el entorno jaztarse de que están para algo más que para eso, para la permanencia. Pero ese silencio público no debería trasladarse puertas adentro, donde en el vestuario y las oficinas de Zurita 21, la exigencia debería incrementarse.
Percibo muchos nervios cuando realmente la situación, en relación al objetivo marcado, está controlada y no se atisban peligros inminentes, aunque me comentan, aunque no hago de esta afirmación de una hipótesis sin tener datos para verificarla, que la salud económica del CAI no es tan fiable como podría parecer.
En Zaragoza la crispación baloncestística casi es el estado natural de las cosas cuando se habla de medios de comunicación. Se acrecentan males que son comunes en otros lugares, pero la polarización entre ‘me llevo bien contigo porque me cuentas cosas’ o ‘como no me filtras te meto caña’ parece constante y potenciada en esas latitudes. No es bueno para la estabilidad ni querer ver el mal en cualquier movimiento del técnico o del club ni esconder debajo de la alfombra los fallos y convertir en alabanzas las mayores ‘cagadas’.
No habrá cambios, ni debería haberlos mientras la grada no entre en el debate con peticiones capitales, pero creo que la dinamita está debajo de los pies de Abós y demasiadas manos estarían deseosas de hacer detonar su puesto. ¿Injusto o no? Esa valoración os lo dejo a vosotros.





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