Antes de enfrentarse ayer, el Unicaja y el CAI vivían separados de una sólo victoria. Hoy, tras el partido (105-80), el Unicaja y el CAI están separados de un universo de sensaciones.
Nada más terminar el encuentro, en el fastuoso videomarcador del Martín Carpena apareció un letrero. ‘Feliz Cumpleaños’. El cámara enfocó rápidamente al felicitado. Era Chus Mateo que, cazado por las cuatro pantallas gigantes, intentaba salir del foco de la atención por el túnel de vestuarios tras vencer su primer choque en ACB. Los aplausos se avivan como regalo de la paternal grada. Chus, quizá en un arrebato de una persona sensata, cierra los puños y los agita al aire en símbolo de la felicidad contenida. Contenida por un técnico crecido en el trabajo callado del ‘segundo’. Contenida por una afición deseosa de un cambio que ayer contempló real ante sus ojos.
En la otra esquina, noqueado, el CAI desfiló moribundo por el parqué, sin sangre ni remedios y con la sensación de que algo se está quebrando en el alma de un equipo. Su reguero de desesperanza, su salto de la confianza a la duda, de una versión ilusionante a otra difusa, carente de motivación, desvela la creciente inseguridad que el grupo o parte importantes de sus piezas tiene sobre el manejo de José Luis Abós, respaldado por el club, pero no tanto por alguno de sus jugadores.
El día y la noche. La oscuridad fue el CAI. La luz fue el Unicaja. La puerta abierta con la salida de Aíto ha traído aire fresco. Pocos días después de el debut de Chus Mateo en la Euroliga, se confirmaron algunos de los cambios y se afianzaron nuevas transformaciones en la transición hacia el nuevo modelo. Despojándose de las señas de identidad del Don Alejandro, el liberado Printezis fue titular y Tripkovic (solo seis minutos ante el Caja Laboral el jueves) y McIntyre dieron un paso al frente. El serbio realizó una exhibición de tiro ante la pasiva defensa aragonesa. Sus 24 puntos en ocho tiros sin fallos, con ovación final (hubo otra para Carlos Jiménez y McIntyre), desvela que quizá no es un jugador sólo utilizable tras agotadores carretones. McIntyre sigue con sus condiciones físicas mermadas, pero sus 11 puntos y 9 asistencias abren una grieta hacia la rehabilitación.
El partido nació igualado porque el CAI quiso aprovecharse de la baja de Archibald y cargar su ataque en el poste con Hettsheimeir ante Freeland y porque el Unicaja no salió confiado.
Todo cambió en el segundo cuarto. El constante pick’n'roll que marcó Mateo fue minando al CAI, que se empecinó en defender la fórmula con un 2×1 con el base que encontró al lanzador liberado ante el desajuste de las ayudas aragonesas (31 puntos en el segundo cuarto). La buena distribucción propició buenos lanzamientos, tanto en la continuación como con el tirador abierto, y el acierto provocó el nacimiento de la confianza en unos y la desconfianza en otros. Abós, que había castigado con banquillo a Quinteros, no alteró el guión y siguió jugando dentro si no era Van Rossom o Miso quien ejecutaban la pizarra. Pero la descompensación fue creciendo al ritmo de la diferencia mental, la creencia en qué había que hacer sobre la pista.
La renta del Unicaja fue creciendo paulatinamente mientras que la defensa del CAI seguía sin contestar sin alteraciones tácticas (minimas presiones o zonas sin resultado) ni reacciones individuales. Solo la salida de Quinteros, con varios robos y decisiones por su cuenta en el estático, acercaron algo al equipo aragonés a un ilusión que no existió: meterse de nuevo en el partido. Un Unicaja encarrilado en la vía del optimismo, con una afición volcada con su renacida ilusión, contempló cómo su equipo apretaba la defensa (14 puntos del CAI en el tercer cuarto) y encontraba en las jugadas de bloqueo, directo o indirecto, a sus tiradores para mantener su machacón ritmo de anotación sin que nadie cambiara nada en el CAI. La cifra de 26 asistencias totales y los porcentajes de tiro (25/37, 68% de dos, y 13/22, 59% de tres) habla de la facilidad del Unicaja para romper una defensa coja en dureza y energía.
Creer o no creer era la diferencia. El CAI, desmotivado, sin objetivo, se dejó llevar en una derrota indolora por previsible, mientras unos jugadores terminaron cuadrando sus estadísticas y otros (Barlow estuvo fatal como Chubb) ni aparecieron. Que no estuvieran Pablo Aguilar ni Cabezas no es una excusa para un equipo falto de liderazgo en la pista ni soluciones, al menos ayer, en el banquillo.
El Unicaja, todo el Unicaja, creyó. Creyó hasta lograr superar los cien puntos en mitad de la fiesta elevando a la gloria a Tripkovic y Printezis como martires de Aíto resucitados. Y creyó en que algo ha cambiado. Porque realmente es así. La tensión, la negatividad ha desaparecido y la contención de la grada se ha vuelto ahora apoyo incondicional hacia sus jugadores y su nuevo técnico, ese que se fue agitando el puño mientras Abós miraba al suelo.





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